Democracia de Mayte, de Raúl del Pozo en El Mundo
VICIOS DE LA CORTE
Desde que un tipo de Jefferson, que se llamaba George H. Gallup, acertó que en la pelea entre Franklin D. Roosevelt y un tal Landon el ganador sería aquel hombre que luego vimos extinguirse en la silla de ruedas entre Stalin y Churchill, desde entonces digo, los políticos adoran a una deidad llamada demoscopia que es, lógicamente griega y que significaría etimológicamente algo así como espionaje al pueblo. Surgieron los sondeos de opinión, derrumbaron los oráculos para hacer hoteles y campos de golf, y las sibilas se quedaron sin trabajo; algunas de ellas, errabundas y seductoras, como las sirenas o las escilas de seis cabezas, se han colocado como agentes del azar inevitable y llaman a la puerta para preguntarte si eres partidario de que la gente bese la mano a las señoras, qué piensas de la eutanasia y el onanismo sin extremos o si no te parecen incorrectos la desmesura y los dogmas.
Preguntan, en realidad, por el centro, el origen de la Transición y de la monarquía parlamentaria. El centro es una leyenda, un misterio, un mito que se transmite de siglo en siglo, de generación en generación. Pero el caso es que yo nunca me he tropezado con un centrista en mi vida, ni en la peluquería, ni en el café, ni en los garitos, y mucho menos en el Parlamento, a donde voy todos los miércoles. Durante el tiempo en que Carlitos practicó conmigo en la Clínica Centro la electroterapia y los rayos láser, mientras yo metía la mano a una palangana con agua y me corría por todo el cuerpo la corriente, escuché hablar a los enfermos y a los fisios, y no recuerdo a ningún centrista.
No hay más que ver las tertulias de la rabia y la idea, la navaja debajo del tapete, los farolillos temblando en las esquinas de Ferraz o de Génova. ¿Dónde están los centristas que yo no los veo? Ni los veo, ni los oigo, pero según los demoscópicos son dos millones y deciden quiénes son los inquilinos de La Moncloa. ¿En qué lugar habitará esa silenciosa mayoría de la posmodernidad? Su clave, según los expertos, es la moderación. Por eso, Mariano Rajoy ha vuelto a invocar a esa gran señora de los pensamientos. «El PP ganará las elecciones con una apuesta por la moderación, la lógica y el sentido común».
Muy bien, señores, muy bonita la mesura, el justo medio, el discurso suave, pero a mí me gustaría que me dijeran, además de decir no, cuál es su alternativa para 'Ternera', Mayte Zaldívar, los cayucos, Montenegro, Québec, y sobre si a los trollistas y a los etarras les damos puerta o deben seguir en Alhaurín.
Me parece muy bien que hayan dejado de leer a Milton Friedman y lean a Horacio; quiero saber si además de su promesa de comedimiento, templanza, freno y prudencia, hay algo más para el caso de que las equivocaciones de Zapatero mandaran todo a tomar por el saco.
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