Esta ciudad, que lleva el nombre de nuestro club...".

Se atribuye la frase al despiste de un presidente del FC Barcelona.

No sólo el Barça se honra con el nominativo de su cabecera. Igualmente llevan el Barcelona otros dos grandes clubs: el Real Tenis Barcelona y el Club Natació Barcelona. Totalmente distintos, coinciden en su nombre pero también en su calidad de pioneros de sus respectivos deportes. Los dos primeros cumplieron su centenario hace ya unos años. El tercero, el Natació, los va a cumplir dentro de pocas semanas con el entrante 2007.

Si en fútbol hay algunos otros clubs centenarios en España, y supongo que no irán muy a la zaga los tenistas, en cambio, en natación el CN Barcelona es único. Cinco años después de su creación aparece el de Bilbao.

Acabo de mantener una charla con el actual presidente del CNB, Sebastià Millans, y sus próximos colaboradores. Me han hablado del programa de actos, así como del libro que a propósito del centenario saldrá de la pluma del compañero y cronista barcelonés Lluís Permanyer. Recorrimos las últimas instalaciones del gran Natació, hoy comparables a las de los clubs que existen en California. El club se ha extendido hacia el sur, donde no hace mucho tiempo se ubicaban los talleres de Vulcano, hoy trasladados junto al dique flotante. Esta ampliación ha permitido la creación de nuevas secciones deportivas: gimnasios, pádel, karate, submarinismo, windsurf y patines a vela, que son una ya clásica invención del club. No había visto yo la gran piscina, inaugurada a raíz de los Mundiales del 2003 y que se puede cubrir o descubrir, según los días y las horas. Cerca de esta enorme piscina hay, en un recodo caldeado, otra piscina en miniatura. Se ha instalado para los recién nacidos, hijos de socios. Hace tiempo se comprobó que los bebés, habituados al ambiente líquido del claustro materno, reencuentran en la piscina caldeada un medio para ellos conocido y mueven brazos y piernas como para nadar. Saben cerrar la boca cuando la tienen inmersa. Unas facultades acuáticas que pierden conforme pasa el tiempo y se incorporan a la sequedad terrícola en la cual ingresaron con su llanto, que si bien alegra a los familiares, demuestra el trauma de quien ingresa en el valle de lágrimas.

He admirado las instalaciones tan activas y que se ampliarán todavía más en el futuro pero, a decir verdad, mi interés se proyectó más hacia el pasado glorioso del club. Una etapa nostálgica para mí, puesto que fui socio en años anteriores a la Guerra Civil. Junto a la noble estancia donde estábamos aposentados, figuran enmarcados en la pared los nombres de los equipos de natación y de waterpolo sobresalientes en campeonatos mundiales y olímpicos. En los años 20 y 30 los equipos de waterpolo representaban a España en unos campeonatos donde figuraban entre los primeros. Entre ellos están mis amigos de aquellos tiempos e incluso dos entreparientes, los hermanos Ángel y Antonio Sabata. Ángel era el más rápido de los waterpolistas e incluso tuvo el récord de los cien metros libres. Están también, con sus fotos, los presidentes del club, que no han sido muchos porque el fundador, Bernat Picornell, lo fue bastantes años, pero ninguno ha llegado a los 32 años en la presidencia como mi hermano Luis. En su haber se cuenta la creación de la piscina de agua de mar, que en su tiempo fue la joya de la corona del club. Fue precisamente él quien, en un discurso conferencia que pronunció, evocó lo que era la natación en tiempos de los griegos y romanos. Citaba fuentes fehacientes e históricas - que no recordamos ni podemos preguntarle porque ya no está entre nosotros- que cifraban la natación como un signo de civilización, como el saber leer y escribir. Decían: "Los que no saben nadar son los bárbaros, que tampoco saber leer ni escribir".

El Club Natació Barcelona, con sus más de 8.000 socios, ha representado un lugar muy civilizado y abierto al horizonte marítimo, en tiempos en que, como se ha dicho, Barcelona vivía de espaldas al mar. Quizá es la especial convivencia de los socios de un club de natación, obligados a utilizar las mismas instalaciones y servicios, lo que obliga a un trato de exquisita educación, reñida con griteríos y alborotos. Ya en mi tiempo el CNB contaba con gran heterogeneidad de socios, a diferencia de otros clubs más homogéneos. Se podía ver jugar en los frontones pequeños, por ejemplo, al gran médico Gallart con unos abastecedores del mercado del Born, quienes terminado su trabajo, iniciado muy de madrugada, podían solazarse a mediodía. Debían de ser pocos los que no trabajaban porque el malogrado Carrasco i Formiguera, a quien veía muy a menudo, acudía al club al salir de su despacho. Otro destacado asiduo era Rossend Llates, estrella del periodismo. Editorialista del semanario Mirador y del diario La Publicitat,donde yo empecé a escribir en la sección universitaria. Ambos teníamos también un horario elástico que nos permitía acudir al club a horas desusadas.

El CNB se dispone a cerrar su primer siglo, que tanto se ha caracterizado por sus éxitos deportivos como por significar un espacio muy civilizado de la ciudad de Barcelona.