EL APUNTE
La prostitución ejercida en la calle siempre es símbolo de la peor degradación humana. No tanto por la calle donde se pueden encontrar a estas mujeres trabajando en el sexo, sino por la ingratitud que significa para una persona sufrir inclemencias de todo tipo, no sólo climatológicas, también psicológicas, para ganarse la vida. Criticar la prostitución desde una poltrona caliente y cómoda forma parte de los signos hipócritas de nuestra sociedad. El ejercicio de la prostitución debería ser únicamente una decisión personal. Pero no es así. Las mafias de trata de personas humanas, los proxenetas, las condiciones límites en que muchas mujeres se ven forzadas a vivir, y que al buscar una salida encuentran esta solución equivocada, la droga en muchos casos, se convierten en el ahogo de un colectivo. La policía y los políticos deben trabajar en ese sentido. Las redadas en masa, con los furgones policiales repletos de prostitutas, quedan bien por la tele pero sirven de poco. Se trata de ir al meollo de la cuestión, que en este caso es el negocio de los que controlan los beneficios de las mujeres de la calle.
alex.salmon@elmundo.es
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