Aunque tardía y con escasas posibilidades de éxito, la iniciativa trilateral (Italia, España y Francia) para reactivar el proceso de paz palestino-israelí es una idea acertada.

Las propuestas anunciadas, sin embargo, carecen de los incentivos imprescindibles para que israelíes y palestinos abandonen las armas y vuelvan a la mesa de negociaciones.

Un Gobierno palestino de unidad nacional es posible, pero si Hamas se empeña en rechazar las tres condiciones del Cuarteto (ONU, UE, EEUU y Rusia) -reconocimiento de Israel, renuncia a la violencia y aceptación de los acuerdos firmados hasta ahora por Israel y la Autoridad Palestina-, será muy difícil avanzar. Cambiar a Ismail Haniya por otro al frente del Gobierno palestino puede facilitar el diálogo, pero no basta.

El fin de la violencia, la segunda de las exigencias en la iniciativa, requiere acuerdos políticos internos tanto en Israel como entre los palestinos que hoy, tras los conflictos del verano y el ataque israelí en Beit Hanun, parecen imposibles. El intercambio de prisioneros, la tercera condición, sin duda ayudaría a preparar el encuentro imprescindible de Ehud Olmert con Abú Mazen y la nueva conferencia internacional propuesta por Miguel Angel Moratinos.

Sin el respaldo de la UE y el apoyo firme de EEUU, Rusia y el nuevo frente de rechazo -Irán, Siria, Hamas e Hizbulá-, todas estas ideas se quedarán en papel mojado.

Con la Hoja de Ruta en el baúl de los planes fallidos, la estrategia de retiradas unilaterales israelí abandonada, la muralla ganando metros, los asentamientos creciendo, EEUU debilitada por el desastre de Irak, la tregua en el Líbano pendiente de un hilo, Irán decidida a nuclearizarse, la Casa Blanca con un presidente desacreditado y las milicias de la región rearmándose, es más que urgente una iniciativa sólida y creíble de la UE. A falta de esa iniciativa, bienvenida sea, aunque reconozcamos sus insuficiencias, la propuesta trilateral.

Como señala Richard Haas en Foreign Affairs, con la invasión de Irak y el fracaso del proceso de Oslo concluyó la cuarta era, que él bautiza como «la era americana», del Oriente Próximo moderno. Esta cuarta era, de hegemonía de EEUU en la región, comenzó con el fin de la URSS y la victoria de la coalición en la guerra por Kuwait.

La quinta que ahora nace se caracteriza por una menor influencia estadounidense, el reforzamiento de Irán en la zona, el debilitamiento estratégico de Israel, enormes dificultades para reactivar la vía diplomática, la guerra en Irak, precios altos del petróleo, militarización de los actores regionales, aumento del terrorismo, tensiones crecientes entre suníes y chiíes en la zona, regímenes más islamizados y antioccidentales, e instituciones regionales débiles.

Ante un panorama tan fatalista, sólo caben dos opciones: tirar la toalla o aprovechar las ventanas de oportunidad que quedan abiertas. En un año, con la carrera de las presidenciales estadounidenses de 2008 ya en marcha, será mucho más difícil.

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