La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

17 Noviembre 2006

En casa del herrero, cuchara de palo, de Albert Cuesta en Los Blogs de La Vanguardia

De como descubrí, en un reciente viaje a Madrid, que algunas cosas funcionan como se espera de ellas, y otras no lo hacen en absoluto
La semana pasada estuve en Madrid para visitar el SIMO, la que había sido principal feria del sector de la informática y las telecomunicaciones en España y cita anual imprescindible para todos quienes nos dedicamos a esto por aquí. Sin embargo, cualquier tiempo pasado fue mejor, y la edición de este año no ha sido más que un pálido reflejo de épocas anteriores. Pabellones vacíos y cerrados, buena parte de la superficie de exposición ocupada por organismos e instituciones públicas en lugar de empresas, grandes marcas ausentes... Ni siquiera el sector de la telefonía móvil, principal animador del SIMO en los últimos años, ha estado a la altura; ni un solo fabricante importante de terminales, las tres grandes operadoras móviles con estands más bien modestos, frente a los grandes despliegues de otras ocasiones, y tampoco se ha visto a las nuevas operadoras virtuales recién presentadas. Parece que las empresas de móviles prefieren optar por certámenes especializados, como el 3GSM World Congress, o incluso por organizar ellas mismas los encuentros con proveedores, clientes y colaboradores, en lugar de confiar en salones generalistas como el SIMO. Tal vez sea que Internet ha hecho entrar en crisis el modelo convencional de feria-exposición.

Pero no es del sector ferial español de lo que quería hablarles, sino de algunas experiencias vividas estos días, que me han demostrado lo mucho que hay del dicho al hecho cuando se trata de aplicar en la práctica las avanzadas tecnologías que tenemos a nuestra disposición en la actualidad.

Lo que no marcha

Los que viajamos a menudo por trabajo tenemos la costumbre de pedir el recibo de cualquier gasto, para no acabar asumiendo los costes personalmente en lugar de la empresa. Eso es justo lo que hice yo cuando llegué al recinto ferial directamente desde Barajas (no, hoy no les hablaré de la T4) y dejé mi maleta en el guardarropa que Ifema dispone a la entrada de todos los pabellones (por cierto, otros podrían imitar ese servicio). En cada mostrador hay un imponente terminal de punto de venta (TPV), con el que supuse realizarían el cobro. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que la cajera sacaba de debajo del mostrador un taco de cupones fotocopiados y grapados, y escribía a bolígrafo la fecha y el importe. Naturalmente, le pregunté por qué no usaba el TPV, y me respondió que "es sólo para los tiquets de aparcamiento". Se lo agradecí y me marché. La experiencia se repitió el último día de mi visita, en otro pabellón distinto, así que debe tratarse del procedimiento habitual. Algo sorprendente cuando estábamos rodeados de empresas promocionando las tecnologías empresariales más avanzadas.

Otro caso es el de la inscripción anticipada como periodista. Ifema, como cualquier institución ferial moderna, dispone de un servicio de prensa para apoyar a los informadores. En general es excelente, con casilleros para los comunicados de las firmas expositoras, espacio para escribir, ordenadores a disposición, puestos para conectar el portátil (y también, no se lo digan a nadie, barra libre de café y refrescos). Para poder acceder a la sala de prensa hay que acreditarse como periodista. Se supone que es posible hacerlo a través de la web de Ifema. Pero ésta engulle los datos de identificación introducidos en el formulario y no muestra confirmación alguna. Por eso uno, que es precavido, manda inmediatamente un correo-e al servicio de prensa para asegurarse la acreditación, y le responden que "tiene usted que inscribirse en el mostrador de recepción cuando llegue", demostrando documentalmente que se dedica a escribir. Entonces, ¿para qué nos hemos acreditado antes en la web? Qué diferencia con otros certámenes, como el citado 3GSM y otros más modestos, en los que los periodistas preinscritos encuentran a su llegada la tarjeta de acreditación ya preparada.

Hablando de la tarjeta de acreditación de Ifema, ésta es todo un ejemplo de lo que ocurre cuando dos departamentos no se hablan. Para moverse por el recinto ferial hay que introducir la identificación en unos lujosos tornos de acceso cada vez que se entra en algún pabellón. Lo malo es que, a diferencia de las tarjetas de expositor y visitante, de formato carnet y con pinza de sujección, la de periodista es mucho más alargada y se lleva en una funda colgada del cuello, como las fotos carcelarias de las películas de gangsters. Y resulta que los extremos del cordel elástico que sujeta la funda (ver foto) aumentan tanto el grosor que no es posible introducirla en las ranuras de los tornos de acceso, así que los periodistas tenemos que sacar cada vez nuestra tarjeta de la funda para poder entrar. Afortunadamente, la amable ordenanza a cargo de uno de los accesos nos sopló el truco: colgarnos la funda al cuello en posición vertical, introduciendo los dos extremos del cordel elástico por el mismo orificio. De este modo, podemos introducir el extremo opuesto de la tarjeta en la ranura del torno, sin sacarla de la funda. Eso sí, cuando llegamos a un estand, quien nos atiende tiene que girar la cabeza para poder leer quién somos.

Tampoco olvidemos las complicaciones de deambular por una una feria de informática llevando encima el ordenador portátil propio. Para los guardias de seguridad, uno se convierte automáticamente en sospechoso. Al entrar en el pabellón e-Life (una especie de gran cibercafé integrado este año en SIMO), uno tenía que declarar a la entrada si llevaba portátil. De ser así, había que informar de la marca, y dar el nombre y el DNI, datos que el guardia de seguridad anotaba (a mano, naturalmente) en una lista, para pegar a continuación una etiqueta de color verde en el maletín. Al abandonar el recinto, bastaba con devolver la etiqueta para poder salir. Lo curioso es que en ningún momento tuve que abrir el maletín para mostrar mi portátil, así que podría haber entrado sin él, declarando que llevaba uno, sustraerlo dentro y decir que era el mismo que aseguraba haber introducido al entrar. Todo una oportunidad desperdiciada para aplicar los sistemas de control de activos informáticos.

También hay cosas que funcionan

No me interpreten mal: estoy seguro de que cosas así ocurren en todas partes, pero experimentarlas todas en menos de 48 horas me pareció excesivo. Afortunadamente, también descubrí en Madrid un par de cosas que funcionaron mejor de lo esperado, y me reconciliaron con la tecnología en general.

La primera fue la conexión a Internet de mi hotel. Estos días llevo un teléfono 3G que supuestamente podría usar como módem para conectarme en cualquier lugar con cobertura de móvil. Por desgracia, todavía no he conseguido configurar el portátil para que se entienda con el teléfono a través de Bluetooth, así que todavía dependo de las posibilidades de conexión de los lugares donde voy. Antes de salir del hotel, necesitaba enviar y recibir unos mensajes y actualizar uno de mis blogs, así que decidí probar el 'nuevo servicio de Internet' que me ofrecía una tarjeta promocional en la mesilla de noche, a razón de 2 euros por 2 horas. Llamé a recepción, suponiendo que se trataría de un sistema WiFi y me indicarían los códigos de acceso, pero me dijeron que tenía que recoger previamente 'el ratón'. ¿Qué ratón, pensé yo? Intrigado, me presenté en recepción, para descubrir que el supuesto ratón era en realidad un adaptador PLC de conexión a través de la red eléctrica y que, con el cable de red conectado, sí que se parece algo a un ratón. Lo mejor fue que sólo tuve que enchufarlo, conectar el cable al puerto de red de mi iBook, introducir los códigos del cupón que me habían entregado, y comenzar a navegar. No me tomé la molestia de comprobar la velocidad, pero era más que suficiente. Y funcionó a la primera, sin ninguna configuración, algo bastante insólito.

La otra sorpresa agradable fue un hallazgo que demuestra hasta qué punto pueden facilitarnos la vida las tecnologías móviles bien utilizadas. Precisamente en SIMO, el Consorcio de Transporte público de Madrid presentó su nuevo servicio 'Cómo ir', que permite consultar desde cualquier teléfono móvil, mandando un simple mensaje corto al 911060606, el trayecto recomendado en transporte público entre dos puntos cualesquiera de la ciudad, que pueden ser direcciones, lugares de interés o estaciones. El sistema responde, gratuita e instantáneamente con otro SMS indicando los pasos a seguir. Lo mejor es que se puede interrogar mediante lenguaje natural, por ejemplo 'Quiero ir en metro de Príncipe de Vergara 75 a la estación de Atocha' (el sistema responde 'Metro Nuñez de Balboa L5 a Gran Via > L1 a Atocha > DESTINO. T. aprox. 24 min'). No hace falta estar en Madrid para usarlo, así que les recomiendo que lo prueben. Se pondrán verdes de envidia. El único consuelo para los catalanes celosos es que parte de la tecnología utilizada es de una empresa de Lleida.

¿Tiene usted alguna experiencia de pequeños detalles que arruinan un importante despliegue tecnológico? Cuéntenosla en los comentarios.

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