El profeta del mercado libre, de Pablo Pardo en El Mundo
OBITUARIO DE MILTON FRIEDMAN
Ganador del Nobel de Economía en 1976, introdujo las recetas neoliberales en política
John Maynard Keynes, el mayor economista del siglo XX, observó que «los hombres prácticos, que se creen libres de cualquier influencia intelectual, son a menudo esclavos de algún economista difunto». En el caso de Milton Friedman, que falleció ayer en San Francisco a los 94 años, esa frase es errónea. En el último cuarto de siglo la economía mundial se ha convertido, en cierto sentido, en esclava intelectual de Friedman. Todas las noticias que hoy pueblan la sección de Economía de los diarios -desde las expectativas de inflación en EEUU hasta la liberalización del sector eléctrico en España, pasando por la política que debe adoptar el Ministerio de Economía con respecto a la burbuja inmobiliaria- están influidas por el padre del monetarismo. Es decir, por Milton Friedman.
Friedman nació en Nueva York, aunque estudió en las Universidades de Rutgers, en Nueva Jersey y Chicago. Su elección por Chicago era previsible. En los años 30, las grandes universidades estadounidenses limitaban el acceso de los judíos a sus aulas. Sólo Chicago rompió esa norma, y gracias a eso se convirtió en el centro académico más importante en ciencias sociales en Estados Unidos.
Así que Friedman desarrolló la mayor parte de su actividad docente e investigadora en Chicago, aunque se doctoró en Columbia, en su Nueva York natal, en 1946. Su influencia fue tal que dio incluso nombre a una corriente en Economía, la Escuela de Chicago, cuyos discípulos más famosos fueron un grupo de economistas chilenos, los llamados Chicago boys, que en los años setenta pusieron en práctica las teorías de Friedman en el Chile de Pinochet.
La aplicación por parte de Pinochet de algunas de las teorías de Friedman le ganó el rechazo de parte de la izquierda. Una animadversión acentuada cuando Ronald Reagan y Margaret Thatcher se declararon admiradores del economista de Chicago. Aunque la trayectoria política de Friedman es errática. En los años 40 trabajó en las Administraciones de Roosevelt y Truman sentando las bases del llamado New Deal, es decir, el incipiente Estado de Bienestar con el que Estados Unidos trató de escapar de la Gran Depresión desencadenada tras el crash de Wall Street de 1929.
Décadas después, el propio Friedman comentaría: «Me sorprendo cuando pienso todo lo keynesiano que yo era». De hecho, el economista era republicano -un partido político alejado del keynesianismo-, aunque siempre decía que «republicano con una r minúscula, y republicano por cuestiones de conveniencia». Se entiende que de conveniencia en materia económica, aunque Friedman fue asesor de Ronald Reagan, un político que puso en práctica algunas de sus ideas, como la reducción de la presión fiscal, pero violó con su expansión desmesurada del gasto público una de las reglas básicas de sus teorías económicas.
En realidad, Friedman era lo que en EEUU se llama un libertario, y en Europa calificaríamos como un ultraliberal. El eje de su pensamiento era que el Estado no debe jugar ningún papel en la economía, lo que le situaba en el mismo bando que al austriaco Friedrich von Hayeck, y en abierta confrontación con John Maynard Keynes, quien sostenía que, en el corto plazo, el Estado debe intervenir para corregir los desequilibrios (lo que pasara después no era de la competencia de Keynes, para quien «en el largo plazo todos estaremos muertos»).
Así, Keynes propuso una serie de intervenciones del Estado en la economía para solucionar la Gran Depresión causada por el crash del 29. Friedman, años después, rechazaría esas medidas -en cuya puesta en práctica él trabajó- y culparía de la Gran Depresión a la restrictiva política monetaria de la Reserva Federal, es decir, el banco central de Estados Unidos. Una vez más, su influencia es evidente en ese campo, sobre todo si se recuerda la rapidez con la que la Reserva Federal -dirigida por un admirador confeso de Friedman llamado Alan Greenspan- bajó los tipos de interés tras los crash de Wall Street de 1987, 1998 y 2000 para evitar recesiones.
Porque aumentar o reducir el flujo del dinero en circulación era la única intervención del Estado en la economía aceptable para Friedman. De ahí viene el nombre de su teoría, el monetarismo, ya que, según ella, lo único importante en la economía es el flujo del dinero. Y de ahí viene el irónico comentario de otro Nobel de Economía, Robert Solow: «A Milton Friedman todo le recuerda a la oferta de dinero. A mí, todo me recuerda al sexo. Pero trato de mantenerlo fuera de mis trabajos».
Para Friedman, al margen del control de la masa monetaria -y, a través de ella, de los precios- el Estado debía mantenerse al margen de la economía. Eso implicaba, por ejemplo, reducir la presión fiscal al máximo y liberalizar todos los sectores de la economía. Aunque eso no implica que Friedman se sintiera cercano al capital, una desconfianza que compartía con uno de sus padres intelectuales, Adam Smith. De hecho, en su conferencia Los impulsos suicidas en la comunidad empresarial el padre del monetarismo declaró que «con notables excepciones, los empresarios están a favor de la libre empresa salvo cuando les toca a ellos».
Milton Friedman, economista, nació en 1912 en Nueva York y falleció ayer en San Francisco.
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