LOS DÍAS VENCIDOS
La pena no basta
Es curioso constatar que los cimientos principales del llamado Estado del bienestar, es decir, la enseñanza pública y la asistencia sanitaria universal, constituyen hoy un pequeño territorio de enfrentamiento. Lo más noble es también lo más vulnerable. Los ciudadanos no van por el mundo agrediendo a policías abusones, no agarran por las puñetas a los jueces incompetentes ni insultan a los generales ni intentan envenenar a los inspectores de Hacienda. Todos ellos son funcionarios públicos, pero su propia autoridad les ha blindado ante el descontento --a veces legítimo-- de la gente. Por el contrario, es el contribuyente cabreado el que no duda en zarandear, abofetear o herir a maestros y a personal sanitario. No es, afortunadamente, una práctica común. Pero ¿qué tipo de sociedad mimada y consentida estamos construyendo para que se sea tan exigente en los derechos y tan negligente en los deberes?
El fiscal José María Mena ha decidido aumentar la pena a los agresores de maestros y sanitarios públicos. No es la mejor medida, pero cada uno hace lo que le compete. Y Mena ha reaccionado ante la alarma. El propio Mena, un hombre que no cree en la ejemplaridad de la pena de muerte, también debe dudar de la eficacia preventiva de ese incremento de penas. A sangre caliente, el agresor no detiene su ira ante la eventualidad de ir a la cárcel. La propuesta de Mena es correcta, pero dudo de que las víctimas potenciales se sientan más protegidas. Hasta ahora eran solo unos profesionales que se debían a sus alumnos o a sus pacientes, y a partir de ahora va a resultar que esos profesionales son, ni más ni menos, que una autoridad del Estado. En su trabajo, sanitarios y profesores cumplen un mandato constitucional. Agredirles es una ofensa a ellos como personas, y a lo que representan. De ahí el salto penal.
Pero la prevención no se consigue con un incremento de penas, sino con una labor difusa de reconocimiento del trabajo de esos profesionales. Un maestro, una enfermera, no son valiosos porque sean hoy más intocables que ayer. Su valor es el del sistema. Y el sistema que hoy pretende protegerles les ha dejado abandonados demasiadas veces. Y piensan: "Gracias, fiscal. Pero no es eso. O no es solo eso".
La ética del petróleo
Un tirano llega a España y las puertas del poder se le abren al tiempo que se le cierran las del Congreso. ¿Qué hace Obiang en casa de un Rodríguez Zapatero que hace unos días, en Estambul, clamaba por los derechos democráticos? El pragmatismo dice que en Guinea hay petróleo y que los motores de explosión no entienden de derechos humanos.
Añaden que Obiang no es el único tirano que ha pisado España y que, por desgracia para el mundo, no va a ser el último. Al fin y al cabo, los países democráticos continúan siendo minoría. Y nos surge la perplejidad de comprobar cómo las materias primas del subsuelo suelen florecer en la superficie con los espinos de los regímenes totalitarios. Gobernar es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo.
Dramaturgia
En plena noche se oyen gritos en la calle. Una pareja discute. Viciados por la tele, nos interesa más el diálogo de la obra que la fragilidad de la vida. A la mañana siguiente, un rastro de serrín cae sobre su sangre y nuestro silencio.

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