En 1956, el Partido Comunista de España dio un giro muy importante en su estrategia política: propuso la política de reconciliación nacional. Su significado era claro: había que olvidarse de los dos bandos de la Guerra Civil y pasar a una nueva fase en la que los orígenes - individuales o partidistas- pasaran a un segundo término: la España democrática debía ser la España de todos.
Que este cambio se formulara en el año 1956 no pudo ser casualidad: la denuncia de Jruschov de los crímenes del estalinismo y el consiguiente deshielo en la URSS (que poco después se volvió a congelar),la sublevación húngara y la entrada de las tropas soviéticas, la primera revuelta de estudiantes en Madrid cuyos principales líderes eran, en parte, hijos de españoles del bando vencedor. Todo esto sucedía hace exactamente cincuenta años. La reconciliación nacional no tuvo lugar hasta veinte años después, con la transición y el comienzo de la etapa constitucional.
Las ideas siempre penetran en las sociedades de manera lenta y difícil.
Nunca los cambios, si lo son de verdad, se han llevado a término en periodos cortos, aunque algunos ingenuos a veces se hagan súbitas ilusiones y después, al poco tiempo, se confiesen desencantados. Los que de verdad quieren cambiar las cosas deben plantearse objetivos a largo plazo, no son sprinters sino corredores de fondo. Antonio Gutiérrez Díez, el Guti,que ha muerto de repente hace unas semanas, fue uno de esos corredores de fondo y uno de los que mejor comprendieron y aplicaron la política de reconciliación nacional que había planteado en 1956 el partido que ya entonces encabezaba Santiago Carrillo.
Cuando en estas últimas semanas me he acordado con tristeza del Guti, las imágenes, ya algo lejanas, siempre han sido las de su activismo político clandestino en los años sesenta y setenta. Era una persona extremadamente puntual y ordenada, obstinada y tenaz, a la que no le gustaba perder el tiempo en las divagaciones a que tan inclinadas están las gentes del mundo intelectual; que siempre quería llegar a conclusiones prácticas, útiles para la acción política del momento siempre que encajaran en la estrategia fijada. Espectaculares por su discreción eran las desapariciones nocturnas. En aquellos tiempos algo peligrosos, salías con él a la calle tras una reunión y, sin darte cuenta, en fracciones de segundo, ya había desaparecido... Circulaba la leyenda de que se escapaba por las alcantarillas, al modo de Orson Welles en El tercer hombre.
En aquellos tiempos, la cara clandestina del PSUC era el Guti; la cara pública, el abogado Solé Barberà. En la retaguardia, sin que apenas nadie conociera su rostro pero al mando de todo, también circulaba por Barcelona Gregorio López Raimundo. Más oculto que el Guti pero menos que López Raimundo, estaba Miguel Núñez. Todos ellos han sido, algunos afortunadamente todavía son, corredores de fondo. El Guti a veces invocaba la suprema autoridad de "los compañeros de la dirección": algunos pensábamos que había allí muchos cerebros pensantes. Cuando todo afloró a la superficie, la realidad mostró que eran escasos, en ciertos ámbitos probablemente nos engañaba, pues la dirección era él, se hacía lo que él decía.
La filosofía de la reconciliación la aplicó el Guti, sobre todo, en la formación de la Assemblea de Catalunya, que se reunió por primera vez una larga mañana de domingo en la iglesia de Sant Agustí, en el Raval de Barcelona, al que entonces llamábamos barrio chino. Era el 7 de noviembre de 1971, precisamente, por casualidad, el día que podía conmemorarse el 54. º aniversario de la toma del Palacio de Invierno, el inicio de la revolución bolchevique en Rusia. Pero la asamblea era lo contrario de la revolución bolchevique; aquellos no eran un grupo de osados revolucionarios dispuestos a derribar inmediatamente el poder de Franco, de nuestro particular zar de entonces. Eran trescientas personas que representaban a muchísimas más, de orígenes ideológicos diversos, que no pretendían hacer la revolución, sino cambiar de régimen y alcanzar la democracia. El motor incansable de aquella asamblea, que continuó reuniéndose hasta plena transición, fue el Guti. Sin su labor reconciliadora iniciada unos años antes, la Assemblea de Catalunya no se hubiera llevado a cabo. Probablemente, ésa fue la gran obra de su vida.
En los años siguientes, el Guti siguió, como corredor de fondo que era, luchando por sus ideales socialistas de siempre. A ellos añadió, como derivadas, el europeísmo y el ecologismo. En julio pasado escribió un largo artículo para una publicación de Iniciativa que puede considerarse su última reflexión política de tipo general. Sin embargo, pocos días antes de su muerte, El País publicó otro artículo suyo, muy en línea con la filosofía de la reconciliación, en el que alertaba sobre algunos de los principales riesgos que corría la política catalana si seguía por la senda de los últimos años. Quizás los políticos del nuevo tripartito deberían leerlo.
La Medalla d´Or que la Generalitat le ha concedido le llega tarde, vergonzosamente tarde. A tantos se les ha condecorado sin merecimiento alguno, y a él, uno de los artífices de la llegada de la democracia, no se le había reconocido nada. Es la Catalunya oficial que tenemos. Se lo pregunté hace un año: "¿Verdad que no te han dado ni la Creu de Sant Jordi?". No le importaba nada ponerse medallas. Para él, lo verdaderamente importante era luchar por sus ideas; sin ellas, como decía la canción, hubiera sido un hombre perdido.

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