Con Guinea ocurre como con Cuba. Mejor la cooperación y el diálogo que darse la espalda. No tendría sentido que el perfil dictatorial de Fidel Castro y Teodoro Obiang, tan distintos, tan distantes, pero tan semejantes en su aversión a la libertad, fuera la causa de la incomunicación con países tan ligados a nuestra historia.
Aparte del Sahara Occidental, que es territorio pendiente de descolonización, Guinea Ecuatorial es el único país africano de habla hispana. Además tenemos allí una cierta presencia empresarial (Repsol YPF participa en la búsqueda de yacimientos petrolíferos), que se trata de aumentar y diversificar. A eso respondió ayer el animado encuentro de Obiang con un grupo de empresarios de sectores como la telefonía, el turismo, la energía, etc. Justo ahora que el Gobierno español mantiene una mirada muy activa sobre África, nuestros vecinos pobres, sería un contrasentido la exclusión de Guinea Ecuatorial en nombre de unos valores que, por desgracia, cotizan a la baja o sencillamente no cotizan en la muy pragmática bolsa de las relaciones internacionales.
El señor Obiang Ngema creció políticamente a la sombra de su tío, Macías, hasta que lo derribó mediante un golpe de Estado en 1979. Cinco minutos después ya sabíamos que era un tirano. Pero eso no fue óbice para que Adolfo Suárez, Calvo Sotelo, Felipe González y José María Aznar, le distinguieran con un trato similar al dispensado por Rodríguez Zapatero, con el que se reunió en Moncloa, como hizo Aznar hasta en seis ocasiones -tres fuera de España-, sin convertirse por eso en avalistas de un dictador. Lo que nunca hicieron los antecesores de Zapatero fue invitarle a visitar el Congreso de los Diputados, que es la casa de la democracia. Eso ha sido un error del Gobierno.
El deber de España es ayudar a Guinea en su proceso democratizador, glosada por el ministro Moratinos, así como mejorar el diálogo entre los dos países y preservar nuestros intereses en este rincón de África. Pero todo eso no nos obligaba a retratar al dictador en el templo de las libertades y hacerle firmar en el libro de honor del Congreso. Así que ocurrió lo que tenía que ocurrir, por la mala cabeza de quienes organizaron la visita. Un plante de diputados hizo imposible el paso de Obiang por el Congreso. Lógico.
Lo peor fueron las excusas. "Problemas de agenda", dijo la parte española. "Problemas internos españoles", dijo Obiang. El lenguaje diplomático volvió a ser el velo del pudor sobre la herida preventiva que sobre la sensibilidad de los diputados causó la mera posibilidad de que el tirano entrase en la casa de la democracia.
Dicho todo lo cual, confiemos todos en que el lenguaje político no haya restado firmeza a las apelaciones democráticas de Zapatero y Rajoy, en sus respectivos encuentros de ayer con el dictador guineano. Ambos dijeron a Obiang que en materia de libertades y respeto a los derechos humanos Guinea necesita mejorar.

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