El último episodio de Porca misèria,emitido el pasado jueves, me da que pensar. El protagonista, Pere Brunet, acaba de terminar el guión de la serie en la que trabaja y que representa un importante reto profesional. Estamos acostumbrados a que el cine nos muestre escritores que se pasean en deportivo, ligan en las discotecas y cenan en grandes restaurantes: todo menos escribir. En las novelas pasa exactamente lo contrario: los escritores son tipos huraños y malcarados. En Neopàtria de Hèctor Bofill, por ejemplo, se reúnen en una fiesta en el Putget y recitan en medio de una atmósfera mefítica. El protagonista de La gran rutina de Valentí Puig es editor y se pasa la vida entre autores que se consideran infravalorados y que hablan mal unos de otros. No digo que en la sociedad literaria no existan escritores iluminados, vanidosos y resentidos. Pero también los hay obsesionados con su trabajo hasta el punto de que pierden el mundo de vista, se embalan, se encuentran geniales y se lo dicen a sus novias, dudan y se encastillan para negar la evidencia. Porca misèria rescata a este personaje y lo presenta con naturalidad.

La segunda cosa que me llama la atención es la presencia de extraterrestres. Àlex ha desaparecido. Su amiga Natàlia, que recela de su nueva novia, casi llega a creer que ha sido abducido o raptado por una secta. Al final resulta que el chico se fue a una fiesta, se tomó un ácido y fue empalmando días y noches. La alusión a los extraterrestres revela una gran confianza en las propias posibilidades narrativas. Es lo que, salvando las distancias, conseguía también Sergi Pàmies en Sentimental,cuando conducía al protagonista hasta las puertas del cielo en una escalera mecánica o hacía aparecer en el televisor unas presencias del más allá.

Ante un relato que funciona hasta este punto el espectador experimenta el temor y la espera morbosa del fallo. Brunet, molesto porque los de la productora le han pasado el texto a un famoso guionista de la BBC que vive en la avenida del Tibidabo (y que le ha marcado un montón de cambios), se presenta en su casa y se lo echa en cara. El tipo le suelta un apólogo zen sobre el tronco y la mata flexible que Pere se traga anonadado. Al doblar la esquina aparece el verdadero guionista de la BBC, un tipo con cara de cínico, y nos damos cuenta de que el autor del apólogo era el jardinero. La escena gana mucho al descubrir que era impostada, paródica, y que más que reivindicar la autonomía del creador o la autoridad de los guionistas, pretendía mostrar la ingenuidad de Brunet.

Yo también pienso a veces que la narrativa catalana está perdiendo el tren, pero no por las razones que normalmente se esgrimen (falta de excelencia, de dimensión social o deserción del público culturalista) sino por el olvido (a veces desprecio) de la gramática narrativa, que afecta tanto a las obras que aspiran a los mayores entorchados como a las más populares. Olvido que se traduce en pérdida de humanidad (la predilección por la carcoma en detrimento de las escenas de la vida corriente que no son sólo épicas, sentimentales o grotescas), la poca capacidad para ganarse la confianza del público para, a continuación, jugar con sus expectativas; y la nula predisposición a reírse de uno mismo que revela una radical incomprensión de una de las reglas básicas de la comunicación: en el mundo de hoy los grandes discursos sólo resultan aceptables si se acompañan de su propia parodia.