La Coctelera

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15 Noviembre 2006

Metáforas del Estado y presupuestos, de José Luis Feito en Expansión

“Un individuo puede gastar dinero de cuatro maneras diferentes. Puede decidir por sí mismo cómo gastar su propio dinero, en cuyo caso velará por su economía e intentará sacar el mayor partido posible de sus desembolsos.

También puede gastar su dinero para satisfacer a otros, por ejemplo, comprar un regalo de cumpleaños para algún allegado, en cuyo caso quizá no preste la atención debida al objeto que compra, pero, en todo caso, será cuidadoso con lo que gasta. Por otra parte, puede recibir dinero de otros para gastárselo como le convenga y, entonces, seguro que será generoso consigo mismo.

Finalmente, puede recibir el dinero de otros para gastárselo en los demás, en cuyo caso no se preocupará mucho de cuánto gasta ni de no malgastarlo de una manera u otra. Este último es el caso del Estado.” Así se manifestaba Milton Friedman en una entrevista en la cadena de televisión norteamericana Fox News (reseñada en el Journal of Economic Perspectives, Fall 2004, vol. 18 n.o 4).

Otro notable pensador liberal norteamericano, William Graham Summers, en su famoso ensayo sobre El hombre olvidado, publicado en 1863, decía: “En cuanto A observa una situación que a su juicio es injusta porque hace sufrir a X, A se pone de acuerdo con B para aprobar una ley que arregle dicha situación y ayude a X.

Estas leyes sistemáticamente determinan lo que tiene que hacer C para ayudar a X, o, en el mejor de los casos, lo que A, B y C tienen que hacer por X. Yo propongo que nos fijemos en C, a quien denomino el hombre olvidado, en el que nunca se piensa. C es la víctima del reformista, del filántropo y especulador social, y espero demostrar que merece nuestra atención tanto por su carácter como por las múltiples cargas que pesan sobre él.”

Una interpretación económica cabal de la actividad del Estado exige obviamente analizar muchas más dimensiones de las consideradas en estos dos breves textos. Pero estas simples metáforas iluminan algunos aspectos esenciales de la actuación del Estado que conviene recordar en todo momento y, acaso, especialmente cuando las cuentas públicas gozan superficialmente de loable salud.

Como sugiere Friedman, siempre existen incentivos que tienden a impulsar determinadas partidas de gasto público más allá de lo que sería aconsejable según los principios de eficiencia y sostenibilidad del gasto que guían el comportamiento de los agentes privados.

Estos incentivos son especialmente poderosos cuando los ingresos públicos, el “dinero de los otros para gastárselo en los demás”, que diría Friedman, crecen con intensidad haciendo irresistible la tentación de crear nuevos programas de gasto o multiplicar algunos de los existentes sin restringir ninguno de ellos. Ciñéndonos al caso de España, vemos cómo el presupuesto para el año próximo contempla un aumento excepcional del gasto en ayuda al desarrollo, gasto éste que, como cualquier economista competente sabe, sirve para muchos fines excepto para ayudar al desarrollo de los países receptores de dichos fondos.

Igualmente, se presupuestan considerables aumentos de las pensiones mínimas y de los gastos sociales encaminados a erigir el denominado tercer pilar del Estado de Bienestar. Todo ello, al tiempo que se mantiene e incluso se acelera el, ya de por sí, vivo ritmo de crecimiento de las otras categorías de gasto.

Como indica Summers, las demandas de más gasto público ignoran que la financiación del mismo recaerá sobre los individuos de la sociedad. Actualizando su metáfora a un mundo donde el Estado es mucho mayor de lo que era en su tiempo, la expansión del gasto público la pagará no sólo la clase de individuos C sino también la de los individuos A, B y X, los que erróneamente piensan que se beneficiarán o beneficiarán a otros de los aumentos de gasto que propugnan por el importe íntegro de dichos aumentos.

Esto es así porque los incrementos de gastos se habrán de financiar antes o después mediante inflación o aumentos de impuestos que soportarán tanto los individuos de menor renta como los individuos más productivos. Incluso en el caso de que el aumento de impuestos recaiga en mayor medida sobre estos últimos, la consecuencia será un menor crecimiento de la producción y el empleo, que afectará con especial intensidad a los individuos de menos renta que supuestamente se iban a beneficiar del aumento del gasto público que originó la subida de impuestos.

Crecimiento del gasto

Pero se dirá, ¿acaso no es cierto que el crecimiento del gasto público en España respeta el techo de gasto de la Ley de Estabilidad Presupuestaria, coexiste con una reducción de algunos impuestos directos y con el equilibrio o, quizá, incluso la consecución de un superávit presupuestario del conjunto de las Administraciones Públicas? Dejando de lado que ha habido aumentos significativos de la inflación y algunos impuestos indirectos y tasas municipales, esto ha sido así en 2006 y quizá lo sea también en 2007. Pero se puede afirmar sin temor a equivocarse que no lo será en los años sucesivos.

Si el gasto del Estado se mantiene en el techo estipulado es porque están reduciéndose sustancialmente los pagos por intereses de la deuda pública. Sin embargo, los gastos no financieros del Estado, así como los gastos de la seguridad social, las autonomías y los ayuntamientos (cerca de un 80% del gasto público total) que no están sujetos a dicho techo están creciendo por encima del PIB nominal de la economía y, según las promesas políticas, seguirán haciéndolo en el futuro inmediato.

El fuerte crecimiento del gasto público total es consistente con el equilibrio, y quizá, incluso, con un ligero superávit del sector público, porque los ingresos públicos están creciendo aún más intensamente que los gastos. El ritmo de avance de los ingresos públicos depende esencialmente de la suma del crecimiento del PIB real y de la inflación media anual. Este ritmo de avance es extraordinariamente rápido en la actualidad porque nuestro crecimiento real supera el potencial de la economía y nuestra inflación supera su nivel de equilibrio.

Ahora bien, antes o después, los tipos de interés volverán a alcanzar niveles que harán subir el servicio de la deuda, el crecimiento real de la economía dejará de superar nuestro potencial y la inflación se acercará al objetivo del Banco Central Europeo (2%). En estas circunstancias, aflorará la inconsistencia latente entre la dinámica que alimenta nuestro gasto público y los niveles impositivos actuales.

Durante algún tiempo se negará dicha inconsistencia alegando que la situación económica justifica un déficit público de tal o cual envergadura. Pero pronto se hará evidente que el ritmo de crecimiento del gasto público inherente a las promesas de gastos sociales e infraestructuras no es financiable mediante aumentos transitorios de la deuda pública.

Entonces, en un momento coyunturalmente inoportuno, será políticamente difícil evitar recortar los gastos que no se deberían recortar o subir los impuestos que no se deberían subir. Entonces lamentaremos no haber tenido en cuenta los sencillos pero certeros mensajes de estas dos metáforas del Estado.

José Luis Feito. Miembro del Consejo Editorial de EXPANSIÓN y ‘Actualidad Económica’.

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