En 1908, tres años antes de que el convulso Imperio Jerifiano de Marruecos sea descuartizado y cayera en manos extranjeras, surgió algo realmente asombroso. Un increíble proyecto de constitución democrática fue enviado al nuevo sultán Mulay Hafid. El texto redactado por un grupo de intelectuales del norte de Marruecos y publicado por la revista tangerina Lissan Al Maghrib (la única a la vista) era un clamoroso alegato en favor de la democracia y de la libertad de opinión.

En la carta de presentación del proyecto se solicitaba "a Su Majestad no diferir para más tarde los beneficios que puede aportar para su pueblo una constitución y un Parlamento, garantizar la libertad de pensar y de actuar como todos los países civilizados, sean islámicos o cristianos". Para su época, este borrador era extraordinariamente innovador.

El artículo 14 de este - injustamente- olvidado proyecto manifestaba que "la libertad individual consiste para cada uno en hacer, decir y escribir lo que quiera", y el artículo 16 evocaba ya directamente el derecho de los marroquíes a la "libertad de expresión".

Así pues, tres años antes de que el vecino Portugal promulgara la primera constitución de su historia, cuatro años antes de que se impusiera a Marruecos un protectorado hispano francés (1912-1956) para civilizarlo,un grupo de desconocidos marroquíes exigía al soberano de una monarquía absoluta una constitución, un parlamento y el derecho a la libre opinión.

Para la pequeña historia, Mulay Hafid, tatarabuelo del actual Faraón de Rabat, respondió cortando algunas cabezas de disidentes y comprando la imprenta de Lissan El Maghrib,cerrando así una voz inaudita para su augusto oído. De los redactores del proyecto de constitución, ya no se supo nada más.

Me topé con ese texto al comienzo de los años noventa en una diminuta y polvorienta sala de la Biblioteca General y Archivos de Tetuán. Creo que me emocioné mucho al acariciar pausadamente con mis dedos el frágil y precioso pergamino que contenía esas suplicas ciudadanas a un sultán lejano e indiferente. Imaginé entonces a ese grupo de intelectuales, arropados en sus tradicionales atuendos (las americanas aún no habían aparecido en la zona) y ajetreados en la tarea de redacción, revisión y corrección del texto final, velando por que ningún artículo ofendiera al sultán, a Dios y a sus siervos. Para mí, fue un descubrimiento clave, la justificación histórica de que nosotros también, esos descamisados orientales,tuvimos gente y facultad para desarrollarnos en la misma cadencia que las naciones llamadas civilizadas y que por determinadas razones fracasamos en el intento.

Noventa años después de la publicación de ese efímero libelo reformista se fundó, en el Marruecos de Hassan II, la sin duda primera publicación independiente del país: Le Journal. La idea era crear un semanario que publicara temas que interesen al lector y no, como era costumbre, al Príncipe. No teníamos idea de lo que era el periodismo profesional a la salsa marroquí, pero de lo que estábamos seguros era de que la única manera de librarse de un pasado liberticida en materia de derechos humanos y de prensa era rompiendo, con más o menos ensañamiento, las prohibiciones y los tabúes que enquistaban a la sociedad marroquí.

Fue una aventura realmente exultante. Recuerdo que la primera vez que entrevistamos a Abraham Serfaty, un conocido marxista-leninista que vivía exiliado en Francia después de haber pasado diecisiete años en las mazmorras de Hassan, el buen hombre se puso de repente a reír asegurando, entre carcajadas, que todo lo que estaba soltando sobre sus preferencias por el modelo comunista, su republicanismo, y todo el mal que pensaba de Hassan II, no iba a ser publicado. Y cuando lo fue, Serfaty creyó durante meses que éramos unos izquierdistas encubiertos que querían fundar una república soviética en tierras de Alá. En esa época, publicar las creencias republicanas de alocados progresistas,como los llamaban algunos, era como agitar un pañuelo rojo delante de un toro bravo.

Pero hicimos más. Fuimos la primera publicación árabe en entrevistar aun primer ministro israelí (Benyamin Netanyahu), que me recibió en un despacho de un cuartel militar de Tel Aviv mirándome como si bajara de un ovni. "Estamos en la misma trinchera contra el islamismo", me lanzó un sonriente Netanyahu, cuyos servicios le habían seguramente informado de todo el bien que pensaban demí algunos barbudos. Le repliqué que yo era solamente un informador... en el sentido noble de la palabra, y repentinamente se puso, como Serfaty, a reír.

Sí, realmente fue una época apasionante.

Con mis temerarios compañeros de Le Journal y luego de otras publicaciones, labrábamos con el entusiasmo del pionero territorios vírgenes para la información. Hemos introducido la noción de informar sin censura ni autocensura en una sociedad acostumbrada a creer la propaganda del Estado, hemos impuesto el debate contradictorio, y reescrito, en parte, la Historia oficial. Una historia que hacía de anteriores gobernantes unos santísimos padres de la nación cuando en realidad habían sido casi todos traidores a la patria (una expresión que utilizan muy a menudo los actuales dirigentes para demonizar a sus adversarios), colaboradores del colonialismo y, en fin, grandes piratas que se hicieron con las riquezas del país sin el menor pudor. De vez en cuando introducíamos alguna frase que ponía los pelos en punta al sultán o a su entorno, explicando, por ejemplo, que existían países donde la soberanía la ejercía el pueblo y no el sátrapa de turno. Y alguna vez también hemos dado la palabra a algún independentista saharaui, una ocasión que el insolente aprovechó para proclamar su condición de no marroquí,algo que irritaba sobremanera al poder.

Por estas singularidades, hemos sido, obviamente, amenazados, insultados, hemos visto nuestras publicaciones saboteadas, secuestradas y finalmente prohibidas administrativamente por un vergonzoso decreto del primer ministro, Abderrahman Yusufi, que se hacia llamar Gran Militante por sus turiferarios. De los derechos humanos se entiende...

Luego vino otra época. Apareció un nuevo rey, un joven Mohamed VI cuyo hobby era conducir, solo, una moto acuática. Un Príncipe de los Creyentes,como lo recita la Constitución, descendiente del mismísimo Profeta Mahoma (según la propaganda oficial pero no según el Colegio de Genealogistas) que salta como un cabrito en el mar, es un espectáculo simpático, y hasta alentador para el futuro. Pero nuestras ilusiones fueron barridas por el viento de la realidad. Desde el manillar de su moto, el digno descendiente de Mulay Hafid, el de 1908, lanzó contra nosotros órdagos y hordas. Bigotudos agentes que se entrometen en tu vida profesional y privada, terribles campañas de difamación que te machacan durante meses, jueces serviles que cierran tus revistas para finalmente enviar tus huesos, y los de otros compañeros de infortunio, a parar a una celda de cárcel. Así es nuestra vida desde que comenzó el reinado del hombre que tanto Jacques Chirac, George W. Bush, José Luís Rodríguez Zapatero o Jordi Pujol alaban y aseguran que está llevando Marruecos a la democracia.

En fin, como lo dice el proverbio francés "tant qu´il y a de la vie, il y a de l´espoir" (si hay vida hay esperanza). Estoy seguro que no vamos a terminar como esos ilustres e ilustrados de 1908.

Ali Lmrabet es periodista marroquí. El 2005 fue condenado a diez años de inhabilitación para el ejercicio de periodista por haber declarado que los saharauis de Tinduf eran "refugiados" y no "secuestrados" por el Frente Polisario como sostiene la propaganda oficial marroquí. Ha publicado en Península el libro de crónicas periodísticas ´Mañana. A favor de la libertad de expresión en Marruecos´