Bill Gates ha ido a Oviedo, en la Biblioteca de cuya Universidad le han montado una especie de gala ‘bis’ de los Premios Príncipe de Asturias, puesto que su agenda le impidió recibir su Premio de Cooperación Internacional en la gala original.
Su paso por el Principado ha sido tan vertiginoso que ni tiempo de peinarse parece que tuvo, y así le vimos en el acto con su famoso flequillo en franca rebeldía.
Pero, despeinado y todo, tuvo una notable intervención ante el prócer epónimo del galardón otorgado (es decir, el Príncipe) y autoridades y representaciones varias que a escucharle acudieron.
Intervención que a mí personalmente, y si se permite el casticismo, me dejó de pasta de boniato. Porque resulta que el icono par excellence de la globalización ha estado en Oviedo criticándola, como si fuera un altermundialista cualquiera.
Dijo Gates que “el mundo ha globalizado su economía pero no ha globalizado la atención que ofrece al pueblo”. Criticó a los gobiernos de los países ricos “que no luchan contra enfermedades como la malaria o la tuberculosis porque sus países no las sufren”.
No escapó de sus críticas el sector privado por “no investigar y desarrollar remedios para tales enfermedades” por su falta de rentabilidad económica, y no dudó en señalar como culpables a las “fuerzas del mercado” por dar lugar a estas carencias.
Estas frases condensan en forma moderada algunos de los tópicos más extendidos que el movimiento antiglobalización suele expresar de manera más radical, a saber, que la globalización sólo produce beneficios económicos a unos pocos, que aumenta la situación de desprivilegio de la mayoría y, por tanto, conduce a un mundo cada vez más injusto y más desigual. Y es llamativo que Bill Gates sostenga estas posiciones cuando su propio comportamiento –felizmente– desmiente en buena parte sus temores y sus prejuicios. Veamos.
Progreso
Gates parece no entender bien el fenómeno del que es destacado protagonista. La globalización es una fuerza portadora del cambio económico y social que progresa a impulso de las fuerzas de los mercados y las sociedades civiles y, a menudo, contra las trabas que le imponen los gobiernos. En la agenda de estos últimos, tanto si son democráticos como si no, está en primer lugar más bien protegerse de la globalización que desarrollarla.
Tiene su lógica: la globalización produce ganadores y perdedores y estos últimos son, por definición, más activos en la petición de barreras de protección (aranceles, restricciones a la entrada de trabajadores foráneos, preferencias nacionales). Como –especialmente en los regímenes democráticos– estos perdedores son también clientes de los gobiernos y hacen más ruido que los ganadores, tienden a obtener tales protecciones.
Un Gobierno nacional se debe a lo que sus nacionales le piden: ellos pagan los impuestos de que se nutre y ellos le votan en las elecciones. Por supuesto, en el caso de los países ricos, también se involucra en causas como la Ayuda al Desarrollo, pero lo hace con cuidado y sólo en la medida en que hay un trade off favorable entre esa demanda y la atención a los nacionales en su clientela electoral.
En cambio, la globalización libera una inmensa energía social de carácter transnacional que, entre otras cosas, presiona a los gobiernos para que no pongan excesivos obstáculos a su despliegue. Sus principales agentes son las empresas, pero también hay agentes –individuales y colectivos– de otro tipo. La globalización crea también la filantropía globalizada.
Bill Gates es un ejemplo de las dos cosas. Como presidente de Microsoft, despliega una auténtica cruzada contra las trabas regulatorias que aquí y allá le impiden el desarrollo y comercialización de sus productos. Como individuo, a través de la Fundación Bill y Melinda Gates, se ha convertido en el número uno de la filantropía global, donando hasta ahora más de 10.500 millones de dólares para el desarrollo de programas contra el hambre y la enfermedad centrados primordialmente en África.
Dijo Gates también en Oviedo que “durante años pensó que su principal contribución social era desarrollar una empresa de éxito”. Tenía razón: sólo a partir de esa contribución puede Microsoft ayudar al desarrollo a través de la tecnología, y Bill Gates contribuir a erradicar la malaria a través de los programas de investigación y acción que su fundación desarrolla.
El mayor filántropo de la era moderna, Andrew Carnegie, que acuñó la famosa frase de que “el hombre que muere rico, muere desgraciado”, es hoy mucho más conocido por su actividad filantrópica que por su éxito empresarial.
Sin embargo, el éxito de Carnegie Steel, que fue vendida a JP Morgan a principios del siglo XX para crear US Steel, es lo que permitió a Andrew Carnegie donar 400 millones de dólares de aquella época a su Fundación. Pero Carnegie fue un filántropo local, que instituyó al crear su Fundación en 1911 que la misma dedicara a la inmensa mayoría de sus programas a objetivos educativos y culturales para los norteamericanos.
Tal vez dentro de setenta años, Bill Gates sea más reconocido por su papel de primer filántropo globalizado que por el de fundador de Microsoft.
Para entonces, es seguro que ya se habrá entendido que la globalización no crea pobreza y desigualdad, sino que disminuye tanto la primera como la segunda (entre países que la abrazan), como demuestran los estudios empíricos de Xavier Sala i Martí o de Surjit S. Bhalla, entre muchos otros (ver las excelentes síntesis de Martin Wolf y de Guillermo de la Dehesa en Why globalization works, Yale University Press, Londres, 2004, y Globalización, desigualdad y pobreza, Alianza Editorial, Madrid, 2003, respectivamente).
Para entonces, ya no se pretenderá que los gobiernos nacionales sean responsables de la erradicación de las enfermedades tropicales, sino que se entenderá que es una responsabilidad compartida por los agentes de la globalización gobernada. Para entonces, lo más probable es que no estemos hablando de malaria, tifus o tuberculosis, que estarán, globalmente, erradicadas.
Gracias, entre otros, a gente como Bill Gates o Warren Buffet y al entorno creado por la globalización, aunque Gates no se haya dado cuenta.
José Ignacio Wert. Presidente de Inspire Consultores

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