Decir que aquí todos somos iguales ante la ley y que de eso se deriva que las diferencias etnoculturales no existen, equivale a confundir la realidad económica y cultural con la legislación. Si uno afirma que no existen indígenas, "mayas", ladinos, "mestizos" y criollos puros, esto no equivale a decir que los indígenas, los ladinos y los criollos no existen, sólo porque la ley (que no se cumple) afirme (falsamente) que todos somos iguales ante ella. Como se sabe, siempre hay algunos que son "más iguales que otros", como decía Orwell.

El debate intelectual en los países multiculturales gira en torno a la crítica a las posturas esencialistas que alegan pureza etnocultural, cuando la norma de la interculturalidad (es decir de la relación entre culturas) es la hibridación y el mestizaje entre las mismas, y no su separación químicamente pura. Claro que esta interculturalidad es violenta porque tiene orígenes coloniales y se basa en criterios interdiscriminadores. De modo que el hecho de que todos (indios, ladinos, criollos) seamos mestizos culturales y biológicos, de ninguna manera borra las diferencias entre unos mestizos y otros. De aquí el esfuerzo intelectual por teorizar nuestros mestizajes de cara a la simplificación errónea de que nos dividimos en dos polos: indígenas y ladinos o "mayas" y mestizos, como si los "mayas" y los indígenas no fueran mestizos (sin ser ladinos).

Pero el exiguo criterio analítico oligárquico borra de un plumazo todo este problema (que primero es real y después teórico) aduciendo que aquí todos somos iguales ante la ley, que por tanto no existen diferencias, y que los indígenas, los ladinos y los criollos son el resultado de calenturas intelectuales sin consecuencias. Sustituir lo real por la legislación no sólo acusa un simplismo tosco que confunde la simpleza (no la simplicidad) con la claridad explicativa, sino que escamotea un problema social, económico y cultural de cuya solución teórica y práctica depende el despegue de países como el nuestro.

El que un guatemalteco de clase media piense que la problemática interétnica de su país se soluciona apelando al escuálido argumento de que aquí todos somos iguales ante la ley, refleja tristemente el estado educativo y cultural de la ciudadanía, lo cual resulta particularmente alarmante si se trata de alguien que quizá sea un profesional técnico (las carreras técnicas no educan para entender la sociedad y por eso ciertos administradores de empresas creen que pueden ser ministros de cultura y educación), ya que eso indica la inmensa dificultad que supone solucionar nuestro problema intercultural con una ciudadanía a la que hay educar en cuestiones tan elementales. Pero aunque nos desaliente, así es. Y, como dicen los cubanos, hay que arar con los bueyes que hay.

La confusión entre el razonamiento lógico-formal y el análisis de la dialéctica de la sociedad y las culturas, es demasiado frecuente en nuestro medio gracias a la educación neoliberal, cuyos mentores no comprenden que el ámbito de la lógica formal se agota en la corrección lingüística de la formulación de razonamientos, y que no puede aplicarse al movimiento de lo social por la misma razón que imposibilita medir la cantidad de agua en una piscina con un telescopio de astrónomo. Para entender lo social y económico hace falta aplicarles una lógica que responda a las leyes que rigen su desarrollo dialéctico, y comprender que lo formal se supedita siempre a lo concreto. De esta confusión nace el ridículo razonamiento siguiente: Si todos somos iguales ante la ley, ergo: las diferencias sociales, de clase, étnicas, culturales, sexuales y demás, no existen. Lo que equivale a decir: Como los vietnamitas son amarillos y los plátanos también, los gringos mataron plátanos en Vietnam. Vaya simpleza mental. Con este anti-intelectualismo comodón no queda sino vivir la vida loca y dejar de pensar.

Por suerte, la realidad siempre se impone a quienes la analizan y a quienes la falsean. Habrá que arrear con todos.