Ser pobre no es lo que era, de Javier Lorenzo en El Mundo de Madrid
AQUI NO HAY PLAYA
En Madrid hay alrededor (imposible saberlo con exactitud) de 3.000 personas sin techo. Aproximadamente, el 10% de la cifra que Cáritas ha dado para toda España. En una ciudad en la que cada iglesia sigue teniendo sus pobres, es curioso verificar lo que se asegura en esta campaña; esto es, que el perfil de nuestros clochards y nuestros mendigos en general ha cambiado notablemente. ¿Cuántas formas hay de vivir en la indigencia en Madrid? Sería una exageración decir que tantas como indigentes hay, pero sin duda hay mucha más variedad y hasta originalidad que hace unos años. Situarse a la entrada de los cines o tumbarse en una acera con un platillo ya no es suficiente en una sociedad cada vez más impasible y despiadada. Hasta los mendigos se ven obligados a especializarse para llamar la atención. Hay quien lo hace a las bravas. Se arrodilla en mitad de un vagón de metro y suelta una gimoteante letanía, confiando en que semejante abyección conmueva a los pasajeros. Es la variante psicológica de quien enseña los muñones a los viandantes. Afortunadamente, son los menos. Otros, en cambio, se han apuntado a una nueva corriente, no exenta de humor, y en lugar de exponer sus miserias en el cartón lo que hacen es escribir mensajes sorprendentes: «Para un Ferrari», «para un Mercedes», «para un chalé en la Costa Azul»... Hasta vi en la Gran Vía a un joven cuyo mensaje no dejaba de ser un despreocupado -y valeroso- arranque de sinceridad: «Para alcohol y drogas». Y no parecía irle mal.
El paisaje se complementa con los artistas. Gracias también al buen tiempo, en ninguna otra ciudad se ve tanta cantidad y oferta callejera alrededor de la cultura. En todas sus variantes: músicos (desde bandas hasta solistas de arpa o xilofón), poetas, pintores y dibujantes, estatuas vivientes, guiñoles, trapisondistas y malabaristas, amaestradores, cuentacuentos, artesanos de todo jaez... Muchos no son estrictamente mendigos, pero todos cabalgan a lomos de la solidaridad ajena. El más peculiar de entre ellos es, a mi entender, un cantante. Bajo, de frente despejada y cuello recio, se sitúa de pie a la entrada del Auditorio, y desde allí ameniza a quienes esperan con truculentas arias que acomete con variada fortuna. Cuando el público sale de la última función, les ofrece un postrero popurrí antes de recoger las ganancias y encaminarse con toda dignidad a la estación de Cruz del Rayo. Ni Caruso.
La gitanas rumanas con el niño en brazos ya no están de moda. La estampa trágica y medieval de los pícaros y los ciegos en las plazuelas ha cambiado por la del inmigrante roto y desahuciado en las avenidas. Y aunque ya no abunden los que exhiben sin pudor sus lacras, las heridas que a todos les han llevado hasta allí pueden vérseles igual a través de las pupilas. Las víctimas parecen ser otras, pero en el fondo siguen siendo las mismas. Y otro día hablaremos de las obras.
© Mundinteractivos, S.A.
