Espido Freire ha escrito un libro sobre los mileuristas, los jóvenes que, a pesar de estar formados y preparados, cobran sueldos cercanos a los mil euros y tienen serias dificultades para emanciparse. El profesor Jordi Pons Novell nos ha explicado que una parte considerable de los asalariados catalanes serían considerados mileuristas, ya que hasta un 49,7% debe arreglárselas con un salario anual inferior a dos veces el salario mínimo interprofesional, que el año pasado era de 7.182 euros anuales. Es un colectivo amplio, pero no todos a los que ponemos la etiqueta de mileurista son exactamente lo mismo.

Hay unos mileuristas que gozan de cierto glamour mediático como jóvenes, guapos y pobres,a los que se dedican reportajes en suplementos y revistas de moda. A estos no parece que les moleste mucho denominarse mileuristas, al contrario. Además, hablan como si fueran algo realmente nuevo en la historia. Hay otros mileuristas que no van disfrazados de tales y pasan inadvertidos a nuestro lado porque simplemente no van de nada, bastante tienen con intentar abrirse camino y prefieren moverse más que quejarse. Estos jóvenes saben que, antes que ellos, otras generaciones han sido mileuristas, aunque no se llamaban así ni estaban en boga. Habrá que recordar que, excepto los hijos de Tío Gilito, todos hemos sido mileuristas alguna vez. Lo raro es hacer de ello una clase social.

Pero el catálogo de mileuristas no se agota. Están muchos inmigrantes que, sean jóvenes o no tanto, encajan por sueldo en esta clasificación. Su situación es más dura, pues la mayoría de ellos no tiene una formación superior que les permita ascender varios pisos de golpe en el ascensor social, cosa que sí pueden hacer los mileuristas que tienen capacidad de organizarse, de hacerse visibles, de expresarse en los medios y de ejercer presión sobre los dirigentes políticos y económicos. Con todo, el mileurismo más cierto y preocupante, y del que menos se habla, es el de los ancianos solos (muchos de ellos son viudas), esos que hacen cola, casi diariamente, en la caja de ahorros para sacar unos pocos euros para comprar algo de comida, mirando cada céntimo. Para mí, los mileuristas de verdad son los viejos, porque los otros gozan de salud y de fuerza para progresar.

Dice Espido Freire que los mileuristas no viven mal del todo, pero necesitan aclarase con sus objetivos. Muchos ancianos sí viven muy mal y no tienen otra aspiración que ir tirando sin pasar demasiado frío. Para el veterano, la precariedad es una derrota, mientras que para el joven debería ser una invitación a la lucha. El drama de los viejos es que nadie los llama para salir en la portada de las revistas.