El comportamiento electoral no ha experimentado grandes variaciones desde el restablecimiento de la democracia. Como si las corrientes de fondo de la sociedad permaneciesen inalterables, y sólo las tensiones internas de los partidos y las vicisitudes surgidas de sus alianzas moviesen las aguas de superficie. El largo periodo felipista no hubiera sido posible sin la desaparición de la UCD. La escisión del PNV en 1986 convulsionó la política vasca. Y probablemente la trayectoria del pujolismo no hubiese resultado tan cómoda para los convergentes si antes de iniciarla el PSUC no se hubiera precipitado al caos. Junto a las convulsiones intrapartidarias, la conducta electoral ha premiado o despreciado las apuestas políticas y, en concreto, las alianzas establecidas por las diversas formaciones.

Sin ir más lejos, la campaña electoral en Catalunya y los acuerdos posteriores han evocado los sinsabores generados por dos acuerdos: el de ERC con CiU en la primera legislatura, que los herederos de Heribert Barrera colocaron en el lugar de lo que ha de evitarse, y el de Pujol con Aznar - tanto en su vertiente autonómica como española-, que los herederos del primero han acabado negando ante notario. A partir de aquí cabe preguntarse sobre los efectos que puede generar tanto en el comportamiento electoral como en el interior de cada formación la reedición corregida del tripartito. En suma, cabe preguntarse sobre la naturaleza de una alianza que en el 2003 fue justificada por sus protagonistas en torno a la necesidad del cambio y que ahora se presenta apegada a una unidad de izquierdas, pero que la ciudadanía bien podría percibir como un acuerdo de ayuda mutua entre el PSC, ERC e Iniciativa.

La formalización de la Entesa sugiere, además de la existencia de un compromiso programático, una coincidencia en cuanto a intereses de partido. El escrutinio del 1 de noviembre vino a demostrar que el fracasado entendimiento entre las fuerzas del tripartito no ha supuesto un trasvase significativo de votos entre ellos que pudiera desaconsejar su reedición para, en este caso, el más perjudicado electoralmente: el PSC. Por razones distintas, las tres formaciones comparten el mismo propósito de erosionar las bases electorales convergentes. Pero, bien si eso llega a producirse, bien porque no se produzca, es muy probable que la continuidad de la alianza y su automática extensión a todos los ámbitos de la vida institucional en Catalunya quede sujeta al beneficio relativo que en votos obtenga cada uno de los socios. A no ser que - hipótesis que no debería descartarse- acabe prolongándose en el tiempo porque los tres encuentren en su permanencia más ventajas que inconvenientes. Incluso a pesar de que el funicular de los votantes comience a funcionar entre ellos, generando la subida de alguno de los socios a costa de la bajada de otro.

Noes fácil que CiU y sus votantes sean capaces de soportar otros cuatro años fuera del Gobierno de la Generalitat como lo han hecho durante la legislatura presidida por Maragall. Mucho menos si el panorama municipal no experimenta variación alguna o se inclina a favor del tripartito. Pero incluso con la reserva de votos que en un futuro pudieran provenir del granero convergente, es razonable pensar que la tensión electoral aparecerá en algún momento de manera crítica en el seno del tripartito e incluso en el seno de cada uno de los socios de la Entesa. Yno sólo en forma de reajustes internos. Porque mientras ERC puede centrarse en su segundo intento por desbancar a los convergentes de la posición que ocupan en la representación del catalanismo nacionalista, no tardarán en oírse voces sugiriendo o propugnando directamente la convergencia orgánica entre Iniciativa y el PSC. Una perspectiva que Saura ha logrado eludir momentáneamente gracias a su éxito electoral.

Desde un punto de vista electoral, el gran desafío de la Entesa lo tiene el PSC. No es otro que lograr situarse por encima de CiU para legitimar su preeminencia a la hora de formar los sucesivos gobiernos de la Generalitat. Un empeño para el que no podría encontrar mejor cómplice que ERC. Pero que depende de su capacidad para manejar en su provecho el funicular impulsado por el leve pero continuo trasvase de votos. De lo contrario, la perpetuación de una alianza que orille a la primera fuerza parlamentaria se convertiría en un estímulo para la abstención. Y aunque ésta afectase más al partido orillado - CiU- podría inducir efectos imprevisibles en los resultados de cada socio de la Entesa.