Stefan Zweig, de Fulgencio Argüelles en La Voz de Asturias
Cuando uno encuentra en la lectura motivos para la admiración, la satisfacción y el asombro, siente necesidad de hacer a los demás partícipes de esos sentimientos. Es lo que me ocurre con Stefan Zweig, a quien quiero dedicar este artículo con la esperanza de conseguir para él, desde esta humilde tribuna, nuevos y agradecidos lectores.
Pocos escritores he leído en los últimos tiempos con la pericia narrativa de este austriaco nacido en Viena en el año 1881, cuando ya la literatura romántica se había instalado en toda Europa, y muerto en Basilea en 1942, mientras los infernales cañones de guerra atronaban los aires de su lugar de origen. Estamos ante un escritor elegante, preciso, repleto de originales recursos lingüísticos, arriesgado en ocasiones, seductor desde la primera línea narrativa de sus historias, conmovedor en sus argumentos, tenaz e inteligente en la información que va ofreciendo dosificadamente al lector, sorpresivo en la resolución, delicado en la exposición de los sentimientos y maestro en la descripción psicológica de sus personajes: analizados minuciosamente hasta la desnudez total.
En el último libro suyo que acabo de leer, Amok, como me había ocurrido con otros (Venticuatro horas en la vida de una mujer, Novela de ajedrez o La enbriaguez de la metamorfosis ) todas las historias me han sorprendido, me han conmovido y han despertado mi admiración por la forma en que han sido escritas, tres circunstancias esenciales, a mi modo de ver, para situar a un escritor en la nómina de los maestros de la Literatura Universal.
Una influyente Madame de Prie en la corte de Luís XV es desterrada a la soledad, apartada de la droga del poder y reducida a una vulgar rutina de provincias. "Anduvo errante de habitación en habitación: en todas acechaba el silencio acurrucado como un animal maligno cebado durante muchos años puesto que nadie había venido a turbarlo, y ella temía que le saltara encima". La soledad puede matar si uno tiene pánico de sí mismo. La historia universal no tolera intrusos y por más que se empeñó Madame de Prie no pudo entrar en ella.
Fulgencio Argüelles. Psicólogo y escritor.
