La Coctelera

Caffè Reggio

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13 Noviembre 2006

Sánchez Galán y Scottish Power: los españoles ricos sólo saben comprar en Harrods, de Jesús Cacho en El Confidencial

Ignacio Sánchez Galán se ha fijado también en Gran Bretaña a la hora de salir de fusiones. A los españoles con posibles siempre les ha encantado comprar en Harrods. La economía española sigue creciendo a ritmo envidiable, lo mismo que la capacidad de nuestras empresas para expandirse, en tanto que la política continúa instalada en el caos que inauguró la presidencia de Rodríguez Zapatero. Nada mejora en este aspecto, sino al revés, de modo que la amenaza de un mercado único hecho añicos sigue progresando sin prisa pero sin pausa, incertidumbre que empieza a introducir en los consejos de administración un elemento de análisis tan novedoso como brutal: para las propias empresas empieza a ser una necesidad estratégica instalarse en mercados de acreditada solvencia jurídica para reducir en lo posible el riesgo español.

En el país pobre de solemnidad que ha sido España hasta hace escasas décadas, la paradoja no puede ser más deslumbrante. Y es que ya no se trata, como años atrás, de minimizar en los balances el riesgo latinoamericano; ahora también hay que pensar en el riesgo español. Cada día nos parecemos más a aquella Italia puesta como ejemplo a evitar de una economía y unas empresas boyantes, capaces de vivir de espaldas al caos político de los sucesivos Gobiernos de la Democracia Cristiana. Italia, no obstante, nunca alentó en su seno la semilla de unos nacionalismos con el potencial disgregador que hoy exhiben los que pueblan la periferia española en el siglo XXI.

Ocurre, sin embargo, que las dos grandes operaciones de compra realizadas por empresas españolas en la UE se han llevado a cabo en Gran Bretaña, mientras otras de idéntico porte han fracasado en países como Francia o Italia. El asunto no es baladí. Gran Bretaña es una democracia liberal que cree de verdad en el mercado; un país que empieza por creerse que las leyes, sus propias leyes, están para ser cumplidas, lo mismo que los compromisos comerciales y los tratados internacionales. Un país serio, en suma, siempre preocupado por la hiperactividad legislativa de una UE que produce leyes y normas como churros sin intención de cumplirlas y hacerlas cumplir.

La situación del sector de las telecomunicaciones en el Reino Unido es sumamente explícita del grado de apertura de una economía que cree en la libre competencia, con cuatro grandes operadores -un inglés (Vodafone), un francés (Orange), un español (Telefónica-O2), y un alemán (T Movile), sin olvidar un quinto de Hong Kong, Hutchison (telefonía de tercera generación)-. Algo parecido ocurre con el sector eléctrico. Como una consecuencia lógica de esa apertura, ni Alierta ni Botín tuvieron que llamar al 10 de Downing Street, ni a la puerta del ministro de turno, ni siquiera a la del embajador español, a pedir permiso para comprar O2 o Abbey National. En Gran Bretaña, el Gobierno se dedica a gobernar, no a intermediar en operaciones mercantiles, caso de la OPA de Gas Natural sobre Endesa, o a hacer descarrilar la iniciativa de E.ON recurriendo a amigos tan entrañables como los Entrecanales. Sencillamente porque Gran Bretaña no es víctima de la corrupción galopante que, a todos los niveles, enseñorea la vida española.

Los intentos de empresas y bancos españoles por crecer en Italia han resultado, sin embargo, estériles. El BBVA fracasó en NBL, donde ya controlaba el 15% del capital, y tuvo que salir con el rabo entre las piernas, y al imponente Emilio Botín, en cuyo imperio nunca se pone el sol, acaban de birlarle ante sus propias narices el San Paolo, sin que la maquinaria del SCH, tan potente en dinero y letrados, encuentre una vía fácil para contraatacar. Más grave aún es lo ocurrido a Abertis con Autostrade. Isidro Fainé aun no se ha repuesto del susto. Claro que peor fue lo de Salvador Alemany, solventado en agosto gracias a los avances de la cirugía cardiovascular. El caso es que el pleno acuerdo de los respectivos Consejos está siendo boicoteado de forma sistemática por el Gobierno de Prodi. Veremos qué pasa en Francia con Sacyr, bloqueada en Eyffage a pesar de contar con el 30% del capital.

Lo mismo que los españoles decimos de Italia podrían decirlo –y de hecho lo dicen- los alemanes de España, a cuenta del vía crucis a que está siendo sometida E.ON en la OPA de Endesa, y a pesar de estar dispuesta a pagar casi 14 euros por acción más que su contrincante española. Algo hay de inquietante en el inconsciente colectivo de los latinos cuando, en el uso del lenguaje, llamamos empresas privadas a las que tienen como accionistas a cientos de miles de personas, mientras son públicas las que cuentan con el Estado como único accionista. Los anglosajones, en cambio, han adoptado un camino más luminoso: las empresas son, por lo general, públicas (public company, cotizadas en los mercados de valores), mientras que las pocas que quedan en manos del Estado son llamadas estatales (lo que el marqués de Suances denominaba nacionales, tipo Endesa).

Con este panorama, no es extraño que Sánchez Galán haya pensado de nuevo en Gran Bretaña, y en concreto en Scottish Power, a la hora de intentar escapar del cerco al que, el diseño político de las operaciones tejido por Moncloa con la complicidad & complacencia del gran capital patrio, intenta someterle. Veremos qué pasa, porque todas las opciones siguen abiertas en el sector eléctrico.

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