Esta semana ha entrado en vigor la nueva normativa de seguridad europea para el equipaje de mano. Las nuevas disposiciones no permiten llevar el neceser que habitualmente preparamos para salir de viaje si pretendemos utilizarlo durante la travesía. Sí que podemos facturarlo con el resto del equipaje. A partir de ahora, productos como el desodorante, el jabón, la pasta de dientes y la colonia han de ir - para poder llevarlos con nosotros- en una bolsa transparente con sistema de apertura y cierre y en envases que no han de exceder los 100 mililitros de capacidad.
Además los medicamentos y los alimentos de todo tipo con los que nos aprovisionamos para el vuelo también tendrán que ser revisados por los agentes de seguridad del aeropuerto. Esto, en la práctica, significa no sólo que hay que enseñarlos - ése es el menor de los males-, implica que puede darse el caso de que haya que demostrar su autenticidad.
Supongo que esta última norma está más dirigida a las cápsulas y pastillas de todo tipo que no a los bocadillos de jamón o las papillas de verduras; los cuales no se salvan de la inspección aunque estén envasados. Quizás es más sencillo de lo que parece, pero estos primeros días las colas son interminables y más de uno ha perdido el vuelo. Por si acaso, la mejor opción parece ser no llevar nada, puesto que la situación da por sí sola para que los conflictos se produzcan, crezcan y se reproduzcan solos.
Si el tema no fuera tan serio, daría risa, y aun así es inevitable que el escepticismo ante este tipo de medidas sea creciente. No sabemos si el objetivo que persiguen las autoridades con estas normas es asegurar la seguridad de los vuelos o, simplemente, conseguir mayor seguridad. La diferencia es importante y a nosotros se nos escapa, como simples pasajeros que somos, cuál es nuestra situación real al subir a un avión.
Sin duda alguna todas las medidas encaminadas a conseguir que no pase nada y lleguemos enteros a nuestro destino son encomiables, pero la duda está en si son realmente efectivas. Por desgracia, parece que los atentados - dada su propia naturaleza- son difíciles de evitar, mucho más con medidas de este tipo.
Los aeropuertos y en general el tráfico aéreo de pasajeros - uno de los grandes símbolos de nuestro progreso social- no pasan por uno de sus mejores momentos. De un lado, cada vez es más fácil volar - más oferta y a precios más asequibles-, del otro, cada vez es más difícil poder hacerlo en condiciones. Huelgas y equipajes por doquier - no sólo las ya tristes y famosas jornadas negras de El Prat, también las de Girona estos días pasados-.
Ahora las nuevas normas, nuevos problemas que incomodan a los pasajeros, otra vez largas colas e innumerables retrasos para embarcar.
Una vez más se pone de manifiesto una paradoja constante de la sociedad actual, la tecnología - sus avances- permiten más que nunca rapidez y seguridad, pero la desigualdad en la que se basa nuestra organización social y el enfrentamiento que genera - tanto a pequeña como a gran escala- entre distintos grupos no nos permiten disfrutar ni plenamente ni con comodidad de estos avances.
Quizás a base de ejemplos como éste, aquellos que piensan que el bienestar de una sociedad se mide sólo o principalmente a partir de su evolución tecnológica se den cuenta de que de poco sirve en este caso tener a nuestra disposición la posibilidad de trasladarnos en avión si el protocolo de acceso está cada vez más plagado de dificultades y la seguridad del vuelo sigue siendo una incógnita.

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