Al salir de clase puede quedarse con sus amigos o puede marchar a casa para sumirse un rato largo en esas historias de la tele en la que gente de la calle explica su vida al detalle. A veces, le acompaña algún amigo y se dedican a jugar con la consola último modelo. Los padres no están y el territorio ofrece grandes posibilidades: teléfono, ordenador, varios juguetes electrónicos y esa nevera enorme que permite el abordaje constante a la búsqueda de golosinas varias. Nunca piensa que debe abrir un libro o consultar algún apunte. De hecho, no acostumbra a llevar al colegio ningún material, acude con las manos en los bolsillos, No le interesa para nada. ¿Para qué perder el tiempo con las chorradas que manda el profe?

Viste ropa deportiva y su zona de dominio está en los alrededores del colegio y en el patio. Maneja el móvil con rapidez, le encanta enviar y recibir mensajes. Su presencia en las clases es irregular desde hace tiempo porque se aburre en ellas. ¿Por qué? Está convencido de que estudiar no sirve de nada y en casa nadie le ha dicho lo contrario. Cuanto más se aburre menos entiende de qué va todo eso y cuanto menos entiende lo que explica el profesor más se aburre. Ante el aburrimiento, unos días tiene ganas de meterse con los compañeros, otros se dedica a sabotear la clase con chistes en voz alta o preguntas estúpidas. No adivina ninguna relación entre lo que se transmite dentro del aula y la vida, su vida. Va de gracioso, Va de controlar mucho. Se hizo famoso el día que se plantó muy agresivo ante la profesora de inglés y, después de insultarla, se largó pegando un portazo. Con la profesora de ciencias no llega tan lejos, intuye que no le será tan fácil.

Se pasa muchas horas en un bar cercano al instituto, dormitando o hablando de coches, de videojuegos o de chicas con otros huidos del aula. También se le puede ver en una plaza cercana, admirando motocicletas aparcadas o tomando el sol en unos parterres, o metiéndose con aquellos que van a clase. Pinchar las ruedas de los automóviles de los profesores es su tentación máxima, pero sólo lo hizo una vez, con el de lengua, por haber llamado a su padre para quejarse. Suerte que su padre no acudió al centro, del mismo modo que nunca le pregunta qué hace en clase ni qué notas saca. Su padre va a su bola. Su madre sólo le repite que no se meta en líos, pero le deja hacer. La única persona que le pregunta por los estudios es la abuela, que ve de vez en cuando.

El peor día en el instituto fue cuando le obligaron a leer en voz alta y el profesor le corregía todo, sin darle un respiro. Piensa que lo hacía para ridiculizarle. Aquello era un asco, se juró que nunca más volvería a obedecer algo que no le apeteciera. Sólo los pelotas lo hacen, pero él pasa del rollo y no deja que le rayen. Dentro de un tiempo, cuando cumpla los 16, se buscará un trabajillo y no volverá por aquí. Está harto de que los profesores le obliguen, por ejemplo, a callar cuando en su casa dice lo que quiere en todo momento y no pasa nada.

Esa chica que tanto le gustaba antes es una pringada que no se salta ni una clase y, además, quiere ser profesora. Vaya empleo tonto, piensa. Él quiere ser como su mejor amigo, el que acabó el instituto hace un año y ahora se pasea en moto todas las tardes, con pasta en los bolsillos y muchas ganas de fiesta. Lo único bueno de ir a clase es cuando se dedica a observar los tangas de las compañeras mientras el profesor trata de que alguien le escuche.