En seis días, los tres partidos de la izquierda catalana se han puesto de acuerdo para formar Gobierno y para llevar a José Montilla a la presidencia de la Generalitat. La operación no ha sido fácil. El propio Pasqual Maragall intentó evitar que Carod entrase en el Gobierno tripartito. Incluso el presidente del PSOE y presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, llamó a Montilla previniendo contra un tripartido y apoyando la sociovergencia. Finalmente, el PSC, ERC e ICV-EUiA han cerrado el paso hacia la Generalitat por segunda vez desde 1980 a CiU, vencedora en escaños y en diputados de las elecciones que se celebraron el pasado 1 de noviembre. Ésta es una reconstrucción de los seis días en que se fraguó el pacto.

MIÉRCOLES 1 DE NOVIEMBRE / CiU, esperanzada

Mas: "No os preocupéis por las cosas raras que sucederán"

Apenas una veintena de botellas de cava circularon por la sede del Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC) la noche de las elecciones. El aspecto del local hacía honor al día de autos: Todos los Santos. Había poco que celebrar en cuanto a resultados: un retroceso del 23% y 240.000 votos menos que en 2003. El presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, exhibía un semblante especialmente grave. Pero el presidenciable José Montilla compareció ante los medios de comunicación con una tímida sonrisa que, en su caso, constituía un derroche de expresividad. El primer secretario del PSC, cuyas intenciones de reeditar el tripartito conocía desde semanas antes el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, volvió a llamar a La Moncloa para reiterarlo. Montilla, además, telefoneó a Artur Mas (CiU), Josep Lluís Carod-Rovira (ERC), Josep Piqué (PP) y Joan Saura (ICV-EUiA). El registro de cada una de esas conversaciones se movió entre la cortesía y la complicidad, porque ya desde esa misma noche el aparato del PSC aceleraba, con completa autonomía respecto al PSOE, su estrategia de negociación con un objetivo: hacer presidente a Montilla. Había, pues, que cerrar el paso a la Generalitat a la federación ganadora, CiU, con 48 diputados -11 más que los socialistas- y 160.000 votos por delante del PSC.

Así que, mientras los socialistas, con disciplina calvinista, se retiraban a velar las armas para el día siguiente, los convergentes más comprometidos con la campaña -unos 300- celebraban una fiesta a puerta cerrada en el barcelonés salón Astoria, enclavado en un edificio más propio de la izquierda. La obra arquitectónica de Germán Rodríguez-Arias, arquitecto de Pablo Neruda en Isla Negra, se considera un icono del GATCPAC, grupo innovador que brilló durante el fugaz periodo republicano. Allí, entre brindis por el triunfo, un Artur Mas seguro de llegar a la presidencia de la Generalitat confesaba a sus fieles: "No os preocupéis ante gestos y cosas raras que sucederán en los próximos días". En los cuarteles generales de CiU se confiaba en que el PSOE impediría que Montilla se lanzase a la carrera para presidir el Gobierno catalán. A la vista de las urnas, resultaba impensable para la mutua de intereses prácticos CiU-PSOE, expresada en la foto del pacto estatutario Mas-Zapatero, que el cordobés que lidera el socialismo catalán se atreviera a desafiar al gran partido hermano. Eso pensaba el centro derecha nacionalista, seducido por los guiños de un PSOE deseoso de convertirlo en su aliado. Y así parecía inferirse de signos como el sacrificio de Pasqual Maragall, arrojado al cenote sagrado del socialismo español.

JUEVES 2 DE NOVIEMBRE / Montilla da el paso

El disgusto de Rubalcaba y el desencanto de CiU

El PSC madruga para apuntalar su cruzada y convertir el día de los Fieles Difuntos en fiesta de resurrección. El socialista Alfredo Pérez Rubalcaba, gran valedor del pacto PSOE-CiU en Madrid, no oculta su contrariedad a varios políticos catalanes sobre los resultados y la previsible reedición del tripartito. La apuesta del PSC es arriesgada. Mientras la ejecutiva socialista catalana ha dado "plenos poderes" a Montilla y respalda como opción prioritaria el tripartito, José Luis Rodríguez Zapatero se ve obligado ese mismo día a cortar de raíz en la ejecutiva del PSOE el debate sobre las alianzas de "los compañeros catalanes".

El secretario general del PSOE pide un voto de confianza para Montilla, que ya ha iniciado contactos con Joan Saura, líder de Iniciativa Verds-Esquerra Unida (ICV-EUiA), formación que había apostado desde el principio de la campaña por un Gobierno catalanista de izquierdas. Esa noche ambos cenan en un restaurante barcelonés. Y Montilla expone claramente lo que quiere: "No estoy por la sociovergencia, pero tampoco por un Gobierno tripartito a cualquier precio; quiero un tripartito con autoridad". Saura, con vistas a mejorar posiciones en un futuro Gobierno, le recuerda su fidelidad a la izquierda y los buenos resultados que su formación ha cosechado. Crece el optimismo en la izquierda y el desencanto en el centro-derecha. Esa misma tarde, CiU ya conocía qué pensaba Esquerra. El portavoz convergente, Felip Puig, se reúne con el secretario general de Esquerra, Joan Puigcercós. El encuentro se produce en un ambiente de secretismo propio de la guerra fría, como si se tratase de una reunión en la neutral Suiza, entre las planas mayores del espionaje soviético y norteamericano. La dirección de CiU advierte a Puig: "Si te sorprenden, no sabemos absolutamente nada de esta reunión". El encuentro resulta tan esclarecedor como decepcionante para CiU. "Mira Felip, vamos a apoyar un gobierno de izquierdas", asegura Puigcercós durante la conversación. Las luces de alarma se encienden en una CiU que, 24 horas antes, acariciaba un futuro de globos y confeti. "Incluso en clave española teníamos un soplo de esperanza; esperábamos un gesto de Zapatero", aseguran diversos dirigentes de la federación. Ese día se habrían producido llamadas de CiU a la sede del PSOE en Madrid. La cúpula convergente lo niega, pero los socialistas catalanes dicen tener la prueba del nueve al haber recibido numerosas llamadas de "los compañeros socialistas de Madrid".

VIERNES 3 DE NOVIEMBRE/ Temor al tripartito

Maragall a Carod: "No deberías estar en el Gobierno"

Montilla se acostó tarde, pero la política manda madrugar. El vehículo Passat negro del PSC lo deposita a la hora del desayuno frente a un hotel del Ensanche barcelonés, donde casi al mismo tiempo de otro Passat -éste azul metalizado y perteneciente al Parlament- acaba de apearse Josep Lluís Carod-Rovira. Es el primer encuentro poselectoral entre ambos políticos, aunque no la primera conversación. Montilla reitera los mismos argumentos que ha empleado ante Saura.

El líder del PSC y el independentista tantean el terreno para cotejar el grado de voluntad negociadora. Tras más de una hora de conversación, Carod-Rovira se traslada al Palau de la Generalitat, donde lo recibe el presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall. "No deberías estar en el Gobierno; más vale que te orientes hacia la presidencia del Parlament", intenta, inútilmente, persuadirle Maragall. La complejidad del día en que se debe aquilatar el papel de Carod se ve animada por las declaraciones de los tradicionales críticos del PSC: Juan Carlos Rodríguez Ibarra y José Bono. Los socialistas catalanes ya están acostumbrados. Pero les hacen mella las manifestaciones del presidente del PSOE y de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, previniendo contra un tripartito y abonando la racionalidad de la sociovergencia. Montilla toma el teléfono: "Manolo, ¿no te das cuenta de que CiU es la derecha en Cataluña? ¿Te ves tú pactando con Javier Arenas [líder andaluz del PP] para formar Gobierno?".

Los socialistas catalanes son conscientes de que el líder republicano se ha convertido en la bestia negra de una parte de la opinión pública española y de que algunas de sus opiniones son munición política en manos del PP y sus medios afines para erosionar a Zapatero. Por ello tratan de reglamentar y acotar al máximo su presencia en el Gobierno catalán.

Con todo, lo aparentemente más relevante de la jornada está por llegar: es el no oficial de los socialistas catalanes a CiU. El encuentro tiene lugar en el céntrico hotel Claris, que dispone de una notable colección de arte egipcio. Montilla, hierático, reitera su postura: "Prefiero la oposición". Mas, que durante la campaña había abonado públicamente la sociovergencia sólo en caso de una "emergencia nacional", ve que ha perdido la partida de las alianzas. Ahora sabe lo que Montilla quiere y también lo que piensa hacer Puigcercós. La única esperanza de CiU es que triunfe la oferta de hacer a Carod su primer ministro.

SÁBADO 4 DE NOVIEMBRE / ERC se decide

"Cena de pacificación" entre Carod y Puigcercós

Esquerra, y especialmente Carod, se deleita en la dulce hora de dejarse querer y aprovechar las ofertas de ambos negociadores: convergentes y socialistas. Pero los de Puigcercós quieren cerrar cuanto antes el pacto con la izquierda. "Desde la campaña y, especialmente, desde el DVD publicitario de CiU, nuestras relaciones habían vuelto a deteriorarse", medita en voz alta un dirigente de ERC.

Los republicanos tienen el alma dividida: Carod es partidario de negociar con el PSC y lograr un Gobierno de izquierdas, aunque manteniendo la línea de contacto con CiU para sacar el máximo rédito posible, mientras que el secretario general republicano, Joan Puigcercós, apuesta por un nuevo tripartito ya. Mas, aseguran en CiU, no ofrece poco en la reunión que mantiene con Carod: un tercio de carteras del Gobierno, además del cargo de consejero primero para el presidente de ERC. Pero los republicanos recelan; temen la ruptura del eventual pacto al cabo de unos meses y un Gobierno de CiU en minoría con apoyos externos, con todas las bendiciones del PSOE y la resignación de un PSC moneda de cambio, ya en la oposición.

"Durante la campaña nos han dicho de todo, incluso que somos como una plaga de langosta para Cataluña; ¡cómo podemos pactar con ellos!", espeta un alto dirigente republicano del sector de Puigcercós -que controla la ejecutiva de ERC- en uno de los múltiples contactos que celebra la cúpula de Esquerra a lo largo del día.

Mientras los independentistas fijan posición, el consejero de Economía, Antoni Castells, un peso pesado del partido, acude junto a otros dos compañeros de formación, el viceprimer secretario Miquel Iceta y el secretario de Organización José Zaragoza, a reunirse con el triunvirato negociador de ERC, integrado por el jefe de campaña, Xavier Vendrell, y dos dirigentes de la formación, Jaume Oliveres y Ernest Benach, presidente del Parlament y hombre de total confianza de Carod. Los socialistas tímidamente insinúan que Carod no puede ser primer consejero -lo que incluye tareas de coordinación del Gobierno, a modo de primer ministro-, pero que están dispuestos y resignados a que el líder republicano ocupe un puesto en el nuevo Gabinete. Hay voluntad de acuerdo, pero todo está muy abierto.

Algunas voces piden que Carod tenga la portavocía y sea primer consejero. Pero el sector de Esquerra cercano a Puigcercós no ve con malos ojos la propuesta de que Carod obtenga "una consejería pelada", como afirma uno de los dirigentes de este sector. Y es que el airado litigio entre Carod y Puigcercós ha vivido en las últimas semanas varios densos episodios. Uno de ellos era la profecía no cumplida de que en ERC se registraría el relevo de Carod por Puigcercós. Es decir, que estallaría una suerte de noche de San Bartolomé entre hugonotes y católicos si Esquerra quedaba por debajo de los 20 diputados en los comicios. Como obtuvo 21, la crisis quedó aplazada, si bien latente.

Así que, durante todo el día, Esquerra, polifacética, pugna por ponerse de acuerdo y dilucidar qué camino tomar entre las tentaciones de Mas o la sobriedad espartana de Montilla. Los republicanos acumulan sobre sus espaldas la experiencia histórica de haber sido fagocitados por CiU en los ochenta y luego tener que renacer de las cenizas.

Así que, ese sábado por la noche, Carod y Puigcercós celebran lo que fuentes del partido denominan "cena de pacificación" en un restaurante barcelonés: ERC, dejando de lado rencillas y personalismos, se decanta por un Gobierno de izquierdas.

DOMINGO 5 DE NOVIEMBRE / Llega el pacto

Saura: "¡Me llamáis ahora que tenéis el acuerdo listo!"

Día de restaurantes y reuniones en pisos de muchos metros cuadrados y con servicio en el Ensanche barcelonés. El acuerdo PSC-ERC empieza a cocerse de mañana, como el sofrito de un estofado casero de domingo. Pero en la vivienda de la avenida Diagonal, zona de negocios, en que se reúnen Carod y Montilla, sólo hay comida fría.

Los líderes se dan cita en una sala; en otra, los dos triunviratos negociadores respectivos -ERC y PSC- intentan cerrar acuerdos. Primero hay que ver cómo pactar las discrepancias y que los debates no trasciendan; también hay que reforzar la autoridad del presidente. La vicepresidencia que los socialistas ofrecen a Carod carece de muchas de las competencias de que antaño disponía el consejero primero. Pero Carod pugna por ser único vicepresidente, sin ese acompañamiento de socialistas y ecosocialistas que el PSC sugiera.

Aflora la tensión al filo del mediodía. Las negociaciones penden de un hilo. El cargo de portavoz del Gobierno catalán concita discrepancia. Joan Puigcercós se incorpora a las sesiones. Asumirá la cartera de Gobernación. Montilla tiene tan claro como Puigcercós que quienes mandan en los partidos deben estar en el Gobierno.

La parálisis se reconduce. Se fragua un principio de acuerdo. Sobre las cuatro de la tarde, los negociadores se disponen a almorzar. Iceta pide sopa, más allá del despersonalizado catering que lo desazona. Lo consigue. Concluye el almuerzo. Deciden llamar al líder de Iniciativa, Joan Saura, que, acompañado por los dirigentes de su partido Francesc Baltasar y Jordi Guillot, llega a los pocos minutos. Botellas de cava y vasos de güisqui pueblan la mesa. El republicano Vendrell presiente una tormenta y retira algunas botellas de cava para que la mesa del salón comedor no dé la impresión de bodegón rococó. "¡Vosotros os sentáis a negociar, y me llamáis ahora que tenéis el acuerdo listo!", espeta el dirigente ecosocialista a los representantes de PSC y ERC. Saura revive las cuitas del rico Epulón y el mendigo Lázaro, la parábola de Jesús a los fariseos. "Soy el único que ha subido en número de votos, vosotros habéis bajado", agrega. Montilla ofrece la cartera de Justicia a Saura: "No me conformo con una consejería de pacotilla", afirma el líder de Iniciativa. "Bueno, ya lo arreglaremos", pastelea Montilla.

Iniciativa pide inútilmente una vicepresidencia, pero ahora hay que prepararse para la puesta de largo. Esquerra desea celebrar un acto público notificando su intención de constituir un Gobierno de izquierdas. Carod toma la palabra a las 20.30 en la sede de su partido y da lectura al texto cuyas líneas generales conocen los aliados. Carod anuncia públicamente que habrá Gobierno d'entesa.

Pero aún quedan flecos. El restaurante La Provença acoge esa noche a Montilla y Saura, y el socialista le lanza el envite de Interior. "Que tengan una consejería de las que no son para figurar, sino para tomar decisiones impopulares", interpreta un dirigente del PSC. Saura pide la noche de margen para pensarlo.

LUNES, 6 DE NOVIEMBRE / Reunión en Moncloa

Tensión final entre Montilla y Zapatero

Los partidos se han conjurado para no dar detalles del Gobierno ni de sus integrantes, más allá de los líderes. Puigcercós se reúne con los ex consejeros de su partido y busca evitar sufrimientos innecesarios. Les espeta, de entrada, que ninguno de ellos repetirá, que se hagan a la idea. "Así no están nerviosos y si lo están, pues no pasa nada", decodifica un dirigente republicano. Los socios del nuevo tripartito se aprestan a cuidar hasta el último detalle de la puesta en escena del Gobierno que han bautizado como d'Entesa Nacional.

Montilla, Carod y Saura -quien acepta finalmente Interior- cierran los flecos esa misma mañana en el hotel Numancia, un NH situado en el barrio mesocrático de Les Corts. La ejecutiva de ERC -con un voto en contra- y la de ICV dan luz verde al acuerdo.

Las cosas andan peor en la permanente de la ejecutiva del PSOE. Álvaro Cuesta, responsable de Política Municipal, y Alfonso Perales, de Política Autonómica, expresan su preocupación por el pacto con Esquerra. La "proximidad de las elecciones municipales" es el primer motivo. Montilla realiza un viaje tranquilizador a Madrid, donde le recibe José Luis Rodríguez Zapatero. La entrevista transcurre en La Moncloa un clima de amistad, pero también de dureza y tensión. Hay discrepancias, no es un secreto, y la fuerza de los hechos obliga a respetar la decisión tomada por los socialistas catalanes. El primer secretario del PSC desgrana los detalles del acuerdo al que fuera su jefe de Gobierno e intenta tranquilizarlo. Esos días ha reiterado una y otra vez: "Si no queremos que en las próximas generales el PSC obtenga 21 diputados en Cataluña, más vale que nos esforcemos para que el nuevo tripartito funcione bien".

Y para ello nada mejor que vigilar, de entrada, las formas, motivo por el que los socios del tripartito han acudido a dos consultoras de imagen. Hay que aparecer como un gobierno unido. Y para ello, en la mesa negociadora que ese mismo lunes se reúne en el Parlamento de Cataluña se entremezclarán los negociadores de las distintas formaciones. No es libre albedrío, sino puro cálculo.

Así, el ecumenismo que tantas veces ha fracasado en la Iglesia católica parece que va a hacer fortuna en la izquierda catalana. Montilla trata de hacer apostolado de esa unidad disciplinada en Madrid. Y ello provoca que la ejecutiva del PSC comience con retraso y acabe pasada la medianoche. Los socialistas catalanes, aunque cansados, dormirán contentos. Han conseguido su objetivo: José Montilla será el próximo presidente de la Generalitat.