El piloto Sete Gibernau se ha retirado y, en el momento de anunciarlo oficialmente ante los medios, ha dicho el gran secreto: "Seguir ya no me hace feliz, y menos por dinero. Yo desde pequeño he tenido un sueño: ser feliz". Lesiones y complicaciones técnicas le han llevado a tomar esta decisión. El motociclismo ha sido la manera de alcanzar la felicidad para Gibernau, no un objetivo en sí mismo. Decir este secreto no es algo habitual. Sólo los deportistas o los artistas lo confiesan con rotundidad. Es aquello de "cuando salto al campo y juego soy feliz" o "cuando toco la guitarra es el momento de mayor felicidad". Para la mayoría es casi obligado poner obstáculos y pantallas por delante de un concepto difícil de manejar. Hay que evitar el acto impúdico, no caer en el ridículo, no dejarse tentar por la mistificación. Hoy en día, está más en boga que le contemos nuestra vida sexual con pelos y señales al primer desconocido que vemos que cometamos la insensatez de revelar aquello que, de verdad, nos hace felices. Decir lo que nos da felicidad es enseñar lo más frágil, lo más vulnerable. La misma palabra felicidad tiene una textura poco apta para según qué viajes. A veces, hacemos trampa y confesamos una pequeña felicidad para que nos dejen tranquilos: "Mira, a mí me encanta pescar". Ya está, hemos sorteado el acoso y mantenemos a buen resguardo nuestro secreto.

En cambio, los políticos sí manejan la felicidad con bastante soltura. Es porque hablan siempre de ella al por mayor y eso es otra cosa. Algo que, sin duda, levanta sospechas, dado que, en nombre de la felicidad, se pueden cometer los crímenes más atroces con la mejor de las coartadas. Cuando en Catalunya nos metimos en la reforma del Estatut, no faltó quien propuso que, a imitación de alguna Constitución célebre, la felicidad figurara en el texto. Por suerte, finalmente, hubo contención. Será que el catalán, como buen individualista, sabe que hay materias que es mejor que no dependan del gobernante de turno.

Gibernau quería ser feliz y lo ha sido con la motocicleta durante quince temporadas. Antes de que la infelicidad le pille a toda máquina se para y dice adiós. A esto se le llama ser inteligente. Los deportistas y los artistas transmiten su felicidad al público, y ello les obliga a la sinceridad de cristal, en el espectáculo no valen componendas con la sombra. Hace unos días, por ejemplo, tuve la suerte de escuchar al trío de Ignasi Terraza ofreciendo los temas de su magnífico álbum In a sentimental groove.Decir que hubo felicidad en aquella velada sería cierto pero no sería lo bastante preciso. Es más informativo consignar que salimos mucho mejor de como habíamos entrado.