El pasado martes, 7 de noviembre, el diario Le Monde anunciaba en primera página la muerte de Bernard Frank: "Ecrivain irrévérencieux, feulletoniste prolifique, ami de Sartre et de Sagan , Bernard Frank est mort le 3 novembre", decía el diario. En la página 35, Emilie Grangeray firmaba la necrológica del escritor. Tres largas columnas - media página- encabezadas por una foto de Frank, con su inconfundible cara de pillo, que debía remontarse a los años sesenta principios de los setenta. En la necrológica se decía que Frank había muerto de un infarto la noche del viernes, 3 de noviembre, mientras cenaba en un restaurante de París en compañía de un amigo. Lo que la necrológica no decía es en qué restaurante ocurrió esa desgracia, y qué plato le habían servido a Frank cuando su nariz dio con él, causándole una muerte que deseo fuese súbita y poco dolorosa. Y es que, tratándose de Frank, el restaurante y lo que había en el plato no deja de tener su importancia, pues Frank, entre muchas otras cosas, ha sido el último gran cronista de los restaurantes de París y una persona muy exigente en lo que se refiere a la cocina y, de manera especial, en cuestión de vinos.

Bernard Frank había nacido en Neuilly-sur-Seine - el Pedralbes de París- el 11 de octubre de 1929, es decir, que ambos éramos hijos de la misma ciudad y del mismo barrio, sólo que Frank era ocho años y unos meses mayor que yo. La primera vez que leí algo suyo fue en las páginas del semanario Arts,a mediados de los cincuenta - un semanario en el que yo escribiría unos pocos años después, sin firmar, como negro de un famoso crítico teatral-, y desde entonces no lo he perdido de vista, y semana tras semana he ido recortando sus crónicas, las publicase donde las publicase - últimamente en Le Nouvel Observateur-,y las tengo guardadas en un montón de carpetas. Muchas de esas crónicas han sido luego recogidas y publicadas en media docena de libros que tengo en mi biblioteca junto a las dos novelas, algún ensayo y alguna que otra monografía que escribió Frank, pero jamás me he deshecho de ellas. Son como mis viejos cromos del Barça o como las fotografías de las chicas de Hollywood de las que me enamoré siendo todavía una criatura.

Hará cosa de diez años, publiqué una crónica en el diario El País sobre Bernard Frank que se abría con el siguiente párrafo: "Un ejemplar de En soixantaine (Julliard, París, 1996), el último libro de Bernard Frank, estuvo expuesto un par de meses en la librería Laie. Cuando regresé de Sevilla, el lunes de Pascua, ya no estaba: alguien lo había comprado ¿Quién? Si la persona que lo adquirió se da a conocer, sepa que será obsequiada con una botella de champán francés. Bernard Frank es mi ídolo". La persona en cuestión no tardó en darse a conocer: era mi buen amigo el escritor mallorquín Biel Mesquida (me lo he pasado muy bien leyendo su último libro, Els detalls del món , publicado por Empúries) y yo mismo viajé a Mallorca para entregarle la prometida botella.

Curiosamente, ninguno de los libros que había publicado Frank en Francia entre 1953 y 1996 había sido traducido al castellano o al catalán. Y, diez años después, la cosa sigue igual. Se pueden contar con los dedos de la mano las personas que aquí se han leído, en francés, los libros de Frank, y juraría que aquel ejemplar de En soixantaine era el único libro de Frank que había visitado una librería barcelonesa. Entre mis amigos barceloneses, solo conozco a tres lectores de Frank: Lluís Bassets, que fue mi director de El País de Catalunya y que lo descubrió cuando era corresponsal de aquel diario en París; el novelista y crítico teatral Marcos Ordóñez, a quien yo se lo descubrí; y el editor Jorge Herralde. Con Herralde habíamos comentado en alguna que otra ocasión la posibilidad de traducir y publicar algo de Frank. La última vez fue el pasado 30 de octubre. Coincidí con él en la presentación de una novela de Melania G. Mazzucco, Ella, tan amada - una buena novela, publicada por Anagrama-, en el Instituto Italiano, y le dije a Jorge que tenía previsto ir a París a entrevistar a Frank para este diario y que me encantaría el poder anunciarle que, por fin, íbamos a publicarle algo aquí, en castellano. Eso era el lunes, 30 de octubre, y cuatro días más tarde Frank fallecía víctima de un infarto. ¿Seré gafe? Me hubiese hecho mucha ilusión poderle dar a Frank una noticia semejante, pero por encima de todo me hubiese encantado entrevistarle para La Vanguardia y de paso conocerle personalmente, porque, por extraño que pueda parecer, yo no he tomado jamás una copa con mi ídolo, al contrario de lo que me ha ocurrido con cientos de escritores franceses y de otras nacionalidades, de muchos de los cuales ni siquiera recuerdo su nombre.

Frank era hijo de una familia judía - el padre trabajaba en la banca- y no fue lo que se dice un alumno modelo (lo expulsaron del lycée Pasteur por mala conducta). Se matriculó en Derecho y en la École de Langues Orientales para dar una cierta tranquilidad a su padre, pero no se hizo con ningún diploma. Lo que le atraía al joven Frank en aquel París de la inmediata posguerra eran las películas norteamericanas que se estrenaban en los grandes cines de los Campos Eliseos, los guateques (es decir, las chicas), las partidas de bridge y de póker, las copas, los descapotables ingleses, los fines de semana en la costa, y los libros, montañas de libros, y de revistas y periódicos. Con 22 años, se presentó en el domicilio de Jean-Paul Sartre, en la calle Bonaparte, con un manuscrito bajo el brazo (Géographie universelle),y el papa del existencialismo, tras leérselo, le dijo que cuando él tenía su edad era la mitad de sabio que el joven Frank, y le ofreció la crónica literaria de Les Temps Modernes,donde mi paisano debutó con una crónica ultrajantemente inteligente sobre el grupito que él bautizó como los húsares, capitaneados por el escritor Roger Nimier, cuatro años mayor que él, a los que tildó nada menos que de fascistas.

La crónica semanal de Frank era ante todo literaria, pero también escribía sobre películas (y en especial sobre las actrices: estuvo un tiempo encoñado con Kim Novak; se veían en Londres y hasta creo que Frank llegó a hacerle proposiciones), de restaurantes, de bares, de vinos (tenía una sección gastronómica en una revista femenina). Y de sus amistades, empezando por su querida Françoise Sagan, que lo acogió en sus innumerables guaridas. También hablaba de sus dos hijas y de sus gatos, en especial de Pantoufle, un gato que tenía una retirada al actor Jean Marais, cuando Marais interpretó el personaje de la Bestia en la película de Cocteau. Pantoufle protagonizó una crónica estupenda cuando se cayó de un quinto piso y tuvo que ser reparado por el doctor Niénat, el mismo veterinario que se ocupaba de los gatos de Céline. Cuando Frank escribía sobre libros, gustaba de comparar a Mérimée con un "château classé", con un "cinquième grand cru", y de Rimbaud decía que si no se hubiese ido a hacer el zuavo en Abisinia, tal vez nos habría regalado con su interesantísima opinión sobre los acuerdos de Munich en Le Figaro o en L´Humanité."Quelle horreur!", decía Frank.

Escribía sus crónicas, miles y miles de crónicas, para no tener que trabajar. Las escribía a lápiz o con un boli en una libreta escolar, luego arrancaba las páginas y las mandaba por fax a los respectivos diarios y revistas. Hacía gala de su "réputation de futilité", pero se cabreaba cuando se silenciaban las contadas excepciones a esa agradable forma de vida, como cuando con Sagan firmó el Manifiesto de los 121, apoyando la insumisión frente a la guerra de Argelia.

Para mi, las crónicas de Frank han sido una gran lección y al mismo tiempo una gran compañía. Al día siguiente de conocer la noticia de su muerte, me fui a la tienda de vinos l´Excellence (Josep Bertand, 15), a por una buena botella de Saint-Estèphe, un vino de Burdeos, del Médoc, por el que Frank sentía cierta debilidad. Encontré un cinquième cru,un Château Cos-Labory, que me bebí aquella misma noche acompañado de un queso de Brie. A la memoria de mi paisano y querido colega, al que ya jamás podré entrevistar. Mis lectores sabrán perdonarme que no le hable de nuevo Govern, de la nueva ordenanza urbana para las bicicletas, de la inauguración de la temporada del Teatre Nacional, ni de mis últimas peripecias como sheriff del Bauma. Hoy, mi crónica se la debía a Bernard Frank, un personaje del que seguramente no habían oído hablar, cuya muerte no ha sido noticia en ninguno de nuestros medios de comunicación. Ni Octavi Martí, en El País,ni Oscar Caballero, en La Vanguardia,se han referido a ella. El joven Littell, con su flamante Goncourt, y la muerte de JJSS, se la han zampado.