Abrazos sin compromiso, de Joana Bonet en La Vanguardia
EL RUNRÚN
Uno de los vídeos más famosos de YouTube se llama free hugs one man-empezó hace dos años a repartir abrazos sin venir a cuento en la Pitt Mall Street de Sydney. Por aquel entonces se hallaba en horas bajas: sus padres se acababan de divorciar, él había roto con su novia, sus amigos estaban lejos, la abuela enferma. Pero a diferencia del resto de los mortales, que suelen gestionar estos procesos cortándose el pelo, enganchándose a la teletienda o acudiendo al psicólogo, Mann decidió que cada jueves por la tarde saldría a la calle con un cartel anunciando abrazos gratis.Quince minutos tan sólo tardó en lograr la primera adepta, una anciana sin complejos, y fueron más los que aplaudieron la idea que quienes lo trataron como a un perturbado mental. "¿Por qué lo haces?", le preguntó Simon Moore - líder del grupo musical Sick Puppies que ha puesto música al invento-: "Porque me gusta dejar sonriendo a la gente cuando se separan de mí", le respondió. El programa de la ABC Good morning America se hizo eco de esta cruzada fraternal; de ahí, a la globalización del abrazo gratuito. En Corea, Canadá, Suiza, Italia, Alemania, Rusia o Tel Aviv numerosos seguidores de Mann insisten en derrochar afecto por las calles, eso sí, nada de citas, nombres, ni números de teléfono. En internet se habla de ello como de un movimiento universal.
He visto a los activistas de abrazos libres en la Rambla de Barcelona y en la estación madrileña de Príncipe Pío. No sé si en un abrazo se consumen tantas calorías como en un beso húmedo, pero es curioso observar las evoluciones de la gente, y el aire de ligereza que expresa en este trance. Algunos encajan los cuerpos con una inicial timidez que se va diluyendo con el choque de pechos y vientres. Los hay que cierran los ojos, quienes se ríen o los que parecen de verdad emocionados. Los seguidores de Mann son especialistas en rodear nucas y hombros, en dejarse palmotear las dorsales y acariciar las escápulas. Los hay que se abrazan calladamente, paralizados, mientras que otros se mueven como si bailaran la conga del jalisco. Hay individuos que llevan el asunto al extremo y se suben encima del otro, a horcajadas, celebrando el momento de regresión infantil; también se aprecian manos deseosas de reconfortar la espalda ajena, que frotan dulcemente los omoplatos.
En la película Volver,de Pedro Almodóvar, sus protagonistas se dan besos sonoros, que lejos de rozar la mejilla casi la horadan. Besos de puchero humeante y brasero, de los de antes. Hoy, son menos quienes estampan los labios en la mejilla, mientras en ciertos círculos ya es una norma besar el aire o seguir la costumbre anglosajona del apretón de manos ante el cual no es necesario invadir el círculo que, según las teorías de la comunicación no verbal, trazamos de forma invisible demarcando la zona íntima - de hasta 50 cm de distancia- y la zona personal - de hasta 1,25m-. La zona social, la que media con el electricista o con el guardia urbano, llega hasta los tres metros y también se respeta entre vecinos o compañeros de trabajo. Es un indicio más de la disminución de la sociabilidad de nuestra época, más propicia a los lazos que no comprometen que a los vínculos sólidos. Como los abrazos a desconocidos, sin otro intercambio que el de un poco de calor humano para regresar de nuevo a la soledad de una pantalla.
