El martes pasado asistí a una velada poética, organizada por el empresario más insólito de Asturias (y me temo que de España). Juan Gutiérrez, que así se llama el hiperestésico hombre de negocios, nos citó a unas cuarenta personas en los salones de su casa de La Manjoya, para una audición de poesía llevada a cabo por el rapsoda Miguel Angel Caballero, un declamador de la vieja escuela de recitadores, que allá por los años cincuenta y sesenta llenaban los salones de actos de institutos y colegios, llevando a los tiernos bachilleres la voz de poetas como Campoamor, Núñez de Arce, Rubén Darío, los hermanos Quintero, los modernistas más moderados -Amado Nervo, por ejemplo- de la América frondosa y alejandrina, o los posteriores vates del imperio, como José María Pemán, y otras glorias de la civilización poética imperial y católica.

Aquellos rapsodas, al margen de todos los excesos líricos que perpetraban en nuestras ilusiones adolescentes, cumplían un papel de agitación cultural, que a muchos nos llevó a seguir otros rumbos de lectura menos complacientes y más comprometidos con la realidad. Miguel Angel Caballero, habitual de las tertulias ovetenses de artistas y literatos sin obra (la tertulia de Cecchini en la calle Mon, la de La Quintana, en la calle la Luna) era ya entonces un cultivador de la nueva poesía española que, con su calidez y proximidad literaria iba descuajando el hielo de una censura gubernativa que mantenía a los poetas del 27 hibernados en la prohibición. Los recitales siempre tenían como protagonistas a los Vallejo, Neruda, Alberti, Lorca, Garfias, Rejano, Otero, Celaya, y otros conspiradores de la palabra, y solían acabar, con suerte, en la delegación del ministerio de Cultura, o, con menos fortuna, en las dependencias de Coronel Yagüe, donde un eficiente Claudio Ramos actuaba de crítico literario, con los instrumentos teóricos del Padre Ladrón de Guevara y otros próceres de la contrailustración nacional. El rapsoda Caballero no defraudó las expectativas de un público, cercano en su conjunto a la tercera edad, que pudo volver a sentir los versos de Machado, de Hernández, de Celaya, de Angel González (recitado, por cierto, por el generoso anfitrión que nos acogía, con sobriedad y matización de tono muy notable), versos protegidos y amplificados sonoramente por los acordes de la guitarra clásica de un excelente ejecutante, de apellido Plá, que compartió el éxito del recital. Como el empresario Juan Gutiérrez es hombre de ideas e iniciativas tan largas como su celebrada munificencia, añadió a la intervención del rapsoda Caballero, otras dos intervenciones de poetas afortunadamente vivos y presentes en el acto: Jaime Herrero y Pelayo Fueyo. El primero, leyó tres poemas inéditos, mantenidos en la clandestinidad de su taller doméstico, desde las lejanas fechas de los últimos cincuenta y primeros sesenta, hasta la fecha. El segundo, otros dos poemas, de amor y soledades, que cerraron la insólita sesión.

Y como no solo de poesía vive el hombre, Juan Gutiérrez invitó, después de la lectura, a un jamón de Teruel, pinchado por uno de los especialistas más perspicaces de aquella gélida comarca jamonera, gloria de la industria porcina española. Nueve kilos de lonchas morenas, veteadas por un blanquísimo tocino que no ocultaba, sin embargo, hebras sonrosadas por la curación. Jamón a discreción, pan de horno artesano de una contundencia conventual, y un vino albariño, elaborado con amor en las tierras soleadas de Carballino y Samos. Total: a las dos horas, los sensibles degustadores de poesía dieron cuenta precisa de los tesoros culinarios ofrecidos por nuestro mecenas, a quien Dios otorgue larga vida para solaz y satisfacción de las bellas letras. Un improvisado concierto de jazz, en el club 53 de Pedro Masaveu, cerró los espontáneos fastos culturales de la larga velada, que cada cual hizo concluir de la forma que mejor dispuso. Yo, cuando estaba escuchando el recital poético, sentado en la mesa de billar que Juan ha plantado en el salón, recordé aquellas reuniones ilustradas de los caballeritos de Azkoitia, allá por las últimas décadas del siglo XVIII, cuando se reunían para hablar de los nuevos temas económicos, sociales y culturales, tan caros a los ilustrados españoles, que incluían pequeñas representaciones teatrales y lecturas traducidas de los pensadores franceses más en boga, y por un momento pensé que estaba en una ciudad centroeuropea. La verdad es que dejarme llevar por aquella idea gratificante, me llenó de nostalgia, al pensar lo feliz que transcurrirían nuestras vidas si hubiera muchos personajes como Juan Gutiérrez, siempre pendiente de hacerlas más amables.

El futuro de estas veladas está abierto y ya Juan está pensando en hacer la segunda edición, enriquecida con nuevas aportaciones y novedades de todo tipo. Y como Juan es una persona abierta a la amistad, para poder acudir a estas reuniones sólo hacer faltan dos cosas: que a uno le guste la poesía y la literatura en general, y que el jamón no forme parte de las contraindicaciones que los años van exigiendo en nuestras dilatadas existencias.

Otro Oviedo es posible en medio de los gritos y las broncas cotidianas. Posible y necesario.

Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de la Universidad de Oviedo.