Los peligros de la precaución, de Henry I. Miller y Gregory Conko en La Vanguardia
DEBATE. Seguridad de los alimentos
El principio de precaución, en su formulación más habitual, sostiene que los gobiernos deben aplicar normativas para prevenir o limitar aquellas actividades que planteen un supuesto riesgo para la salud humana o el medio ambiente, aun con pruebas científicas ambiguas sobre la importancia real de estos peligros.
Abanderando el principio de precaución (que no es sino un concepto desacertado para abordar riesgos potenciales), los activistas han convencido a los gobiernos para asediar a la industria química y, más recientemente, a las industrias agrícola y alimentaria. Pero el acercamiento preventivo elude que, aunque las tecnologías introducen riesgos nuevos, su uso reduce muchos otros. Algunos ejemplos son las transfusiones de sangre, las resonancias magnéticas y los airbags.
Quizá el empleo más notorio de este principio de precaución haya sido la obstrucción de los cultivos y alimentos transgénicos durante las últimas dos décadas. A principios de los noventa, muchos países de Europa occidental, y la misma Comisión Europea, establecieron unas estrictas normas para el control y la comercialización de estos cultivos. Sin embargo, en el año 1999 la Comisión Europea invocó explícitamente el principio de precaución al detener la aprobación de nuevas variedades transgénicas.
Numerosas instituciones científicas, desde la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos hasta la Royal Society británica, pasando por la Organización Mundial de la Salud, han llegado a conclusiones de gran coherencia: las técnicas de modificación genética no son sino un perfeccionamiento de otras anteriores y que eran mucho menos precisas. Añadir ahora genes a plantas o microorganismos no los hace menos seguros. Los alimentos modificados genéticamente y los modificados de forma convencional se asocian a los mismos riesgos, y la regulación se debe basar en el riesgo planteado por cada producto, con independencia de las técnicas empleadas en su desarrollo.
En otras palabras, la tecnología de mejora genética y su empleo generan menor incertidumbre. Pero en la mayor parte del mundo, las plantas y alimentos transgénicos están sujetos a unos extraordinarios controles de riesgo previos a su comercialización, sin importar el nivel de este presunto riesgo, mientras que las plantas con características genéticas similares, desarrolladas con técnicas menos precisas, quedan libres de tales requisitos.
Además, los reguladores raramente tienen en cuenta las posibilidades de reducción de riesgos que ofrece la tecnología de los organismos modificados genéticamente. Por ejemplo, el algodón y el maíz Bt han sido obtenidos mediante la introducción de un gen tomado de una bacteria natural del suelo que produce una proteína tóxica para ciertos insectos, pero no para el hombre ni para otros mamíferos. Estas variedades de maíz no solamente evitan las plagas - una ventaja para los agricultores-, sino que el grano que producen tiene menos probabilidad de contener fusarium, un hongo tóxico que los insectos suelen transmitir a las plantas. A menor presencia del hongo, menor incidencia de la toxina fumonisina, conocida por causar enfermedades mortales en caballos y cerdos, y cáncer de esófago o espina bífida en seres humanos. Así, no solamente es más barato producir maíz transgénico, sino que las cosechas ofrecen mayor calidad y ventajas adicionales para la salud pública. Además, al reducir la necesidad de tratamiento con pesticidas químicos, obtenemos beneficios medioambientales, así como laborales.
En resumen, mientras no comencemos a tratar la tecnología de modificación genética de forma justa y racional, los agricultores, los consumidores y la sociedad en general seguirán sin poder beneficiarse de su extraordinario potencial.
HENRY I. MILLER, miembro de la junta de gobierno de la Hoover Institution, Universidad de Stanford GREGORY CONKO, director de Seguridad Alimentaria en el Competitive Enterprise Institute de Washington.
