Los muertos de Zapatero, de Federico Quevedo en El Confidencial
Yo puedo comprender que alguien con menos de dos dedos de frente, dejándose llevar por la adrenalina del momento, diga una estupidez de esas de las que luego se tiene que estar arrepintiendo hasta la saciedad. Pero a mí me da que lo peor de que Zapatero afirmara, en plena Cumbre de Montevideo, que el cambio climático ha causado más muertes que el terrorismo no es que lo dijera. No. Lo peor es que se lo cree. Puestos a afirmar estupideces como esa, el cáncer también ha causado más muertos que el terrorismo, e igualmente los accidentes de tráfico, o el hambre y la miseria... Pero ni las del cambio climático, ni las del cáncer, ni las del tráfico, ni las del hambre o la miseria son muertes buscadas expresamente por el ser humano, salvo en rarísimas ocasiones. Pero las del terrorismo, sí. Eso es lo que hace del terrorismo una de las peores lacras de nuestro tiempo. Por eso, y porque en España tenemos una experiencia dolorosísima con el terrorismo, causa mayor congoja escuchar de labios del presidente de nuestro Gobierno semejante patochada, que no sé muy bien si es que la noche antes se había tragado la película de terror de Al Gore, o había mantenido algún encuentro en la cima del éxtasis con Rosario Murillo, la mujer de Daniel Ortega, y compartieron ambos una sesión de santería y amor por la humanidad de esas tan al gusto de la esposa del nuevo líder populista-revolucionario venido a engrosar las filas del patetismo sacrosanto latinoamericano.
Ya me he ido por las ramas. Perdónenme el inciso, porque hace ya tiempo que les alerté de que en Nicaragua se podía producir otro de los avances peligrosísimos del populismo barato y con olor a pachuli que Castro y su secuaz venezolano, Hugo Chávez, se empeñan en extender por toda Latinoamérica para dejar en herencia al mundo occidental un problema de los de aquí te espero el día que el sátrapa cubano se vaya, por fin, al otro barrio. No me dará ninguna pena. Como no me la dará que De Juana Chaos se pudra en la cárcel y la huelga de hambre se lo lleve también por delante... ¡Ya podría haberla hecho hace años, antes de matar a 25 seres inocentes, víctimas de su odio y de su sinrazón! En eso, al menos, coincido con Pepe Bono. Ese es el problema: a Zapatero le preocupa más lo que pueda ocurrirle al canalla de De Juana Chaos que insultar la memoria de las víctimas de ETA. Su desgracia es que ha equivocado sus muertos. Los muertos que a él le conmueven, son los muertos del destino inevitable, esos que remueven nuestras conciencias de mundo civilizado cada vez que la televisión nos muestra la desolación de un tsunami, de un terremoto o de un huracán. Pero los muertos de la libertad, los muertos que dan su vida por la nuestra, los muertos de la barbarie y el fanatismo, los muertos que son nuestros muertos y sobre cuyas tumbas hemos levantado el edificio de nuestra democracia, esos muertos no le interesan, ni le conmueven, sino que esos muertos le molestan.
Incluso aceptando la no probada teoría de que el cambio climático responde a la acción devastadora del ser humano, y no al lento final de un ciclo climático y al igualmente premioso inicio de otro, como ya ha ocurrido otras tantas veces sobre la faz de la tierra en los muchos millones de años en que esta existe, no es posible comparar los efectos sobre la vida humana de las acciones devastadoras de la naturaleza, con las muertes causadas por la propia mano del hombre levantada sobre su semejante. Y mucho menos cuando esa muerte se produce en defensa de una idea fanática, cuando el asesino empuña su arma motivado por el odio hacia quien no piensa como él quiere que piense, cuando se mata en nombre de una mentira, de una farsa, de un fundamentalismo seudo-político que hace cundir el pánico en los cerebros, reanima a los demagogos e invierte el orden de las responsabilidades. Hay muertos que nos hacen sentir un poco más humanos, pero los muertos de los que Zapatero no quiere saber ni su nombre, ni su condición, ni la causa de su muerte, son los que nos han dado la libertad y a los que debemos honrar a lo largo de nuestra vida. Son las víctimas de De Juana Chaos, de Txapote, de Iñaki Bilbao, de Belén González Peñalba, de Parot, de Josu Ternera, de Otegi, de... De tantos nombres de terroristas por los que ahora suplica, presiona, Zapatero a los jueces: “¡Déjenlos en libertad, para que su libertad alimente mi codicia de poder!”. Sus muertos son los muertos del olvido.
Miren, lo peor de este proceso de negociación política con la pandilla de canallas no es ni la autodeterminación, ni la cesión de Navarra, ni la posibilidad de que el País Vasco acabe en manos de una mafia asesina disfrazada de izquierda revolucionaria y bolchevique. Lo terriblemente inmoral de este proceso de negociación política con los asesinos es que se está celebrando sobre la tumba de los más de mil muertos de ETA, a los que se ha enviado, directamente, al infierno del olvido, la humillación y la indignidad. Los muertos de Zapatero no son las víctimas de los huracanes y los tsunamis, porque esos son los muertos de la humanidad, víctimas del destino... Los muertos de Zapatero son los que cayeron bajo las balas de la pistola del etarra De Juana Chaos, el mismo a quien Zapatero parece ahora adorar por su conversión a la paz, con palabras que escupen sobre la memoria de sus víctimas. Los muertos de Zapatero son lo que de verdad deberían estar removiendo su conciencia, porque esos no son comparables a los muertos del Katrina, pero sí a las víctimas del genocidio nazi, de los campos de concentración y de exterminio. “El hombre es un lobo para el hombre”, dijo una vez Thomas Hobbes, pero peor que quien empuña el arma contra su semejante, es quien vuelve la vista para no ver hasta donde puede llegar la crueldad del fanático.
“El cambio climático ha causado más muertes que el terrorismo”. ¿Quién pudo pensar que alguna vez escucharíamos semejantes palabras de boca del presidente de nuestro Gobierno? Yo no, desde luego. Nunca creí que la ausencia de ética que es el denominador común que define a este Gobierno y su presidente pudiera llegar hasta ese extremo, pero tampoco creí nunca que un presidente del Gobierno pudiera enfrentarse a los jueces y situarse del lado de los asesinos. Algo terrible y oscuro debe encontrarse detrás de tanta ignominia, una razón nada prosaica que esconda alguna clase de verdad insondable que se nos quiera mantener oculta. De lo contrario, no entiendo que el presidente del Gobierno insista en la humillación de sus muertos, en pisotear su memoria, en ensuciar su dignidad y en hurtarles la justicia. Quizás la explicación sea que Zapatero, en lugar de ponerle una vela a Dios y otra al diablo, que es lo que suele hacer todo político que no quiera arriesgarse y anteponga el pragmatismo a los principios, ha inclinado la balanza poniendo las dos velas del mismo lado: el del diablo.
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