Esta semana celebramos el aniversario de la caída del Muro de Berlín, que es lo mismo que celebrar en Madrid el fin de la movida ya que las dos cosas sucedieron al mismo tiempo. Hay muchos muros, pero sólo hubo un Muro. Cuando cayó, nos dijeron que habían caído todos los muros en la Historia y en nuestras vidas. Cayó el Muro de Berlín y en Madrid quedaba sólo una Muralla en la que todos los veranos celebrábamos fastuosos conciertos. Dicen que a la Movida la mató el hastío, pero lo cierto es que a la movida la mató el Muro. La caída del Muro. Esa caída que nos ha privado de los fondos estructurales o sea que toda la pasta que venía para Madrid de repente se fue al Este que estaba más cerca y hacía más frío. Nos privó sobre todo de ver a Almodóvar en la Plaza Roja, decidiendo si sabía todo sobre la madre del Politburó.

Alaska habría quedado muy bien en un aniversario de la Revolución de octubre. La revolución se hizo en octubre, pero el Muro cayó en noviembre. Todos los días es el aniversario de algo. Incluso todos los minutos. Pero recordamos los aniversarios que nos recuerdan el presente. Los únicos que importan porque, como dice Vanessa Montfort, el presente es el pasado más un día. El día de hoy, añado yo. El día donde los muros se levantan otra vez por doquier. En la Historia: en el Sáhara o en Palestina. Y en nuestras vidas: la hipoteca es un muro de billetes que nos separa de una Tierra Prometida que ya no esperamos alcanzar: el día que acabemos de pagar el piso se nos habrán quitado las ganas. Pero el Muro de moda en noviembre y en Madrid es el Muro de las Ovejas. Han detenido a unas ovejas en la Casa de Campo por indocumentadas. Las habrán confundido con inmigrantes, por eso de que son como ovejas. Van todos juntos adonde les dicen y también van indocumentados.

Los privilegios de la Mesta eran el orgullo de Castilla igual que Madrid era el orgullo de Castilla. Madrid, el lugar donde todos pagamos nuestra hipoteca y algunos se acuerdan junto a la Muralla de las fiestas que hicimos el día que cayó el Muro de Berlín. Nos prometieron que se había acabado la Historia. Pero la Historia no se crea ni se destruye, sólo se transforma. O sea que no se acaba. Se levantan más muros. Los malos se convierten en buenos, que se convierten en malos. La Historia se reescribe siempre. Las ovejas no pueden cruzar las obras de la M-30. Porque la Mesta se las tuvo que ver con los Reyes Católicos, pero no tuvo el placer de conocer a Gallardón. Las ovejas se cabrean con esto de los muros invisibles que son los peores. Ven que se acerca San Martín. Y están contentas de ser ovejas, porque la suerte de los primos cerdos es peor. O a lo mejor, no. Siempre ganan los malos. ¿Siempre?

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