La llegada del euro provocó un cambio en la denominación de aquellos establecimientos que se han convertido en el máximo exponente de una sociedad de usar y tirar. Unificados bajo el denominador común de vender artículos a muy bajo precio, aquellos modernos bazares del chollo ofrecían soñar ante la posibilidad de consumir todo un universo de artículos sin desfondar el bolsillo, pues su seña de identidad era precisamente su límite: no rebasar aquellas míticas 100 pesetas.

Muy pocos años han pasado desde entonces y, aunque este tipo de tiendas subsisten bajo otras denominaciones, todos los ciudadanos de a pie fuimos testigos –involuntarios, atónitos y de primera mano- de cómo bajo ese inmenso abanico de parabienes, loores y alharacas que prometía el nuevo eldorado del euro, se agazapaba también una indescriptible pérdida de poder adquisitivo. Nuestros monederos no tardaron en añorar las vetustas pesetas, sobre todo cuando, por arte de birli birloque, sufrimos un redondeo al alza de casi el doble al ver cómo el precio de las pequeñas cosas cotidianas como un café, un diario, etc.; pasaba automáticamente de rondar las 100 pesetas a 1 euro, en una suerte de extraña e improvisada equivalencia digna de grandes prestidigitadores. En cambio, los salarios no crecieron bajo el mismo mágico efecto, lo que en breve plazo ha provocado que muchas personas estén casi al borde de la asfixia de tanto apretar su maltrecho cinturón. Otros, como si el día a día fuera un concurso de supervivencia, han visto mermar su haber hasta un límite cercano a la pobreza franciscana.

La sensación para muchos –y no descubro nada nuevo- es que cada día cuesta más vivir y llegar a fin de mes. Quizá algo de profeta tenía el célebre Arguiñano años ha, ya que, mientras hacía sus pizpiretas acrobacias entre fogones, rezaba por lo bajini frases como aquél mítico "cuidado con el euro, que éstos nos ponen a pedir". Al margen de la economía, hace ya tiempo que siento que vivimos en una sociedad de "Todo a 100" donde todo parece irreal, ingrávido y en la que a veces, el sueño de la sinrazón produce monstruos. Todo es posible y cobra sentido según la frecuencia del dial que se sintonice, pero cada vez todo es más superficial porque nadie tiene tiempo de profundizar en nada. Muchos alimentos saben a plástico porque igual están hechos de plexiglás (figure o no en su etiqueta de denominación de origen). Los sueldos y los sueños merman como cuando lavas un tejido delicado a más temperatura de la debida. La vivienda se antoja como una mezcla de yugo y quimera inalcanzable. Los esquemas de vida han quedado obsoletos y nadie parece tener tiempo ni ganas para construir unos nuevos que respondan a las inquietudes del ser. Y claro, todo eso repercute en muchas facetas.

Ante una vida que cada vez tiene más sabor a sucedáneo de vida, surgen inimaginables repertorios, retazos de una vida de "Todo a 100" que no pocas veces cristaliza en un catálogo de miserias dignas del Pasaje del Terror. Hace unos días, leía en los diarios como a la puerta de un instituto se vendían, por el módico precio de 100€, los vídeos de una paliza que unas adolescentes habían propinado a una de sus compañeras. No recuerdo qué me inquieto más, si la paliza en sí o su venta al por menor, para deleite de una macabra audiencia. Sé que siempre ha habido peleas en las escuelas e institutos, pero me pregunto hasta qué punto puede pensarse que construimos algo parecido a una sociedad, cuando además del problema de la violencia, topamos con un morbo voyeurista de temprana edad, mezclado con un espíritu empresarial precoz que descubre una oportunidad de oro en la comercialización amateur de las miserias ajenas.

Vicente Verdú se pregunta "¿Por qué un número creciente de alumnos maltrata a sus profesores y a sus compañeros, a los bedeles y a los mendigos? La respuesta común lleva a admitir la existencia de una violencia omnímoda que flota hoy, fatalmente, sobre la sociedad. Nuestra época es mala y peor que la etapa anterior. Quien afirme otra cosa se arriesga a ser mal entendido. Lo políticamente correcto no es hablar de una generación nueva sino de la degeneración." No sé si es una perspectiva muy radical, pero hechos como los descritos hacen sentir que tiene razón. Me gustaría pensar que, como dice Salvador Pániker, lo que ocurre es que "no entendemos gran cosa de lo que sucede y de lo que nos sucede. Porque, en teoría, para entender algo de verdad, habría que entenderlo previamente todo… El caso es que, a pesar de los pesares, no estamos enteramente desprovistos de recursos -recursos para sobrevivir en un ámbito de relativismo nihilista- y, aunque parezca extraño, vivir no es imposible. Ojala sea cierto y vivir sea posible, aunque fuera en una sociedad de "Todo a 100".