La Coctelera

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11 Noviembre 2006

'A la gana, pierde', de Carlos Sentís en La Vanguardia

En el juego de damas existe una modalidad propia para expertos. Los dos contendientes se esfuerzan en perder la partida, lo cual no es fácil porque por costumbre, o por instinto, equivocan las jugadas. Repiten las usadas para ganar, cuando tienen que hacer lo contrario: perderlas. Creo que en el juego de naipes existe algo parecido.

En todo caso, este juego invertido parece practicarse en la política catalana con redoblado éxito. En el 2003 las elecciones a la presidencia de la Generalitat, como es sabido, las ganó Artur Mas de Convergència. Se produjo el llamado pacto del Tinell, según el cual el que tenía la llave de inclinarse en favor de unos u otros - Carod-Rovira- se entregó a los socialistas. Vimos entonces que el presidente resultó ser quien había perdido las elecciones.

Ahora, después de tres años de conturbado tripartito - expulsión de Carod y luego de ERC- con la caída del propio president tras distintos avatares, parecía irrepetible otro tripartito.

Lo parecía, pero también se podía observar, pese al fracaso, que varios dirigentes de izquierda propugnaban la reanudación del tripartito. Entre ellos y con una constancia nítida, Joan Saura de ICV. Tampoco se desentendían de ello ciertos socialistas, como el mismo Pasqual Maragall. Lo temían los de CiU, cuyo objetivo era hacerse con suficientes diputados para evitar la suma heterogénea del tripartito. De ahí la campaña electoral de CiU dedicada a atacar al tripartito, aunque pareciera inadecuada por tratarse de un pasado.

El resultado de las urnas es bien sabido: una victoria, esta vez más contundente, de CiU en todos los terrenos - incluso en las demarcaciones territoriales- pero no suficiente para contar con lo que podríamos llamar una mayoría absoluta. Esta rotunda victoria, pero insuficiente sin alguna coalición, no es un logro de sus adversarios. Todos ellos, y el PSC con Montilla a la cabeza, perdieron votos, salvo Saura, con relación a los comicios anteriores. Si a CiU le faltaron votos para sobrepasar la suma del tripartito, fue debido a la abstención y votos en blanco, tan numerosos. Es sabido que el propósito de muchos de los que se abstuvieron era castigar a la clase política por sus trapicheos.

Con su abstención cometieron el error que ya señaló el gran político que fue Napoleón, quien dijo: "Les absents ont toujours tort". Es decir, "los ausentes siempre yerran". Si no tenían un candidato claro, podían haber votado al que les molestara menos. Votar por el mal menor siempre ha sido una buena política puesto que el no votar es, en realidad, dar pábulo a lo que se quiere evitar. En efecto, ha sido así. Con las urnas apenas cerradas ya empezaron los correveidiles y secreteos, que era lo que los abstencionistas querían evitar. Tanto ha habido de más de lo mismo, que en muy pocas horas se puso en pie el tripartito bis, que algunos han titulado "tripartito exprés". Ya casi a clavo pasado los perdedores Montilla y Carod oyeron, sin ni siquiera negociar, las ofertas de coalición de Artur Mas. Pero hicieron oídos sordos porque, en realidad, habían tomado de antemano su decisión. Así pues, los abstencionistas y votos en blanco, que querían castigar, no han hecho más que propulsar. En democracia hay que votar si se quiere estar en ella.

En toda democracia consolidada se cumplen unos rituales según los cuales el vencedor de unos comicios es llamado por el presidente de la república, si la hay, o por el presidente de la cámara, para que solo y sin prisas intente formar gobierno con los diputados a la vista. Sólo si esta primera ceremonia fracasa, se llama al segundo para encargarle, a su turno, formar gobierno. Algunas raras veces y en países de democracias no ejemplares se produce la suma de los perdedores para anular al vencedor. Últimamente creo que sólo ha ocurrido algo similar en un país balcánico.

Lo que ya ha pasado dos veces en Catalunya debería evitarse a toda costa. Se podría incluir en la ley Electoral, preparada para la presente legislatura, una disposición que salvaguardara la presidencia para el primero de la lista vencedora. Lo he escrito más de una vez y no sólo yo, porque, de otra manera, puede ocurrir, como en la actualidad, que el elector que ha querido votar a un presidente se encuentre con que, aun ganando, preside otro señor, aunque éste haya perdido. Eso no se entiende y no es rara la consternación percibida en la sociedad civil catalana por la instalación de un tripartito, y de ahí las caceroladas registradas. Es por una razón de justicia, de orden y de sentido común, que el votante quiere que su papeleta no sirva para el juego de a la gana, pierde.

¿Y ahora qué? Aunque CiU, dentro de unas semanas, convocara un acto público para explicar su posición, Artur Mas ya ha hablado por radio y televisión con toda serenidad. Dijo que CiU no es partidaria de caceroladas y otras manifestaciones callejeras. Su posición será la de actuar como oposición constructiva, es decir, apoyando solamente las cuestiones que favorezcan a Catalunya. Dijo que Convergència "convergirá" más que nunca y será la casa grande del catalanismo. Algo parecido al pal de paller del que hablaba Jordi Pujol en sus comienzos.

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