Entró en la agencia de viajes para comprar un billete de ida y vuelta a la Posteridad. La vendedora fue a consultarlo con el gerente. Mientras aguardaba, el futuro viajero hacía conjeturas: ¿cómo sería ese territorio tan citado en tantos textos? ¿Cuál sería su moneda? ¿Era un país cálido, frío, o mitad y mitad? ¿En qué idioma hablarían sus nacionales, los posteriores o posterioridanos?

Volvió la empleada y dijo que, lamentablemente, no habían encontrado en el ordenador ninguna fecha de regreso. Si el futuro viajero deseaba embarcarse hacia la Posteridad debería arriesgarse y adquirir el billete de vuelta una vez que se encontrara allí.Aceptó la transacción y salió con el pasaje en la mano. No le habían dicho nada acerca de la documentación necesaria, visados, y tampoco de la necesidad de vacunarse. Pidió folletos, pero en la agencia no los tenían.

Le quedaban 24 horas para embarcar, y durante todo ese tiempo no dejó de preguntarse sobre el país de destino. Era muy extraño que no hubiese folletos ni guías de viaje que lo explicaran, y eso que tanta gente había partido hacia allí y a tantos otros se lo tenían prometido como futuro lugar de residencia, casi todos seres humanos que habían sido muy notables en su tiempo: grandes artistas, pensadores insignes, próceres de todo pelaje, filántropos, y también dictadores diversos ensalzados por unos y denostados por otros. Trató de anticiparse al fárrago de emociones que experimentaría al cruzarse en la Posteridad con todos esos personajes históricos.

Embarcó puntualmente, y, para su sorpresa, se encontró con que era el único pasajero en el avión, que despegó puntualmente.De inmediato le acometió un pesado sopor que no tardó en convertirse en sueño. Al despertar no supo cuánto había durado el viaje, sólo oyó las frases, desde los altavoces, que decían esperar que hubiera tenido un grato vuelo y agradecían su presencia a bordo. Nada de esperamos verlo con nosotros en su vuelo de regreso ni palabras semejantes.

Descendió por la escalinata sin ver a los auxiliares de a bordo.Se encogió de hombros y empezó a caminar hacia la zona de equipajes, pero no alcanzaba ver más allá de unos pocos centímetros de sus narices: todo era una niebla espesa y absolutamente blanca. Bueno, qué importa, ahora a prepararse para los encuentros con gente especial: Napoleón, el canciller Bismark, Luis Pasteur, María Félix, Julio César, Francisco Franco, Jesús Gil. Se regocijó pensando en todo lo que tendría para contar a su regreso a la preposteridad.

Sin embargo, después de caminar muchísimas horas en medio de la niebla, no logró ver ningún posterioridano. Sólo versiones de sí mismo. Ahí estaba él, cuando tenía 30 años menos y tenía el convencimiento de que se comería el mundo y jamás pensaba en la Posteridad. Él mismo, de nuevo, cuando era un niño travieso.Lo miraba a la cara y le guiñaba un ojo gamberro. Se sintió desilusionado: «La posteridad ya no es lo que era», se dijo.

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