CANELA FINA
Antes, mucho antes, de que el zapaterismo atizara a los actores vociferantes contra la guerra de Irak sin otro propósito que el provecho electoral, yo había dedicado reiteradas canelas finas a denunciar el error de esa contienda y sus consecuencias. Me reconfortó comprobar que, al poco tiempo, Juan Pablo II, desde la sabiduría vaticana, adoptaba una posición inequívoca contra una guerra que se dibujaba ya en un horizonte tenebroso y fúnebre.
Hice en siete ocasiones la guerra de Vietnam: seis como enviado especial del ABC verdadero y una al frente de un equipo de Televisión Española, cuyo productor fue Javier Pérez Pellón. Aprendí entonces que, con los límites que tiene una nación democrática, la guerra se puede ganar, la guerrilla terrorista, no. Estados Unidos venció espectacularmente en sólo cuatro semanas al Irak de Sadam Husein. Está perdiendo la guerrilla. Arnold Toynbee, el gran filósofo de la Historia, escribió en 1974, poco antes de morir, que nos enfrentábamos a una III Guerra Mundial, no convencional: la del terrorismo y la inmigración. En una contienda ejército contra ejército, los antiguos aliados tienen despejada la victoria. Pero, a través de una guerrilla terrorista, las naciones débiles pueden hacer frente con éxito a los gigantes poderosos. Un personaje destacado de la CIA me dijo hace dos años: «Los límites democráticos de EEUU nos impiden ganar la guerrilla. Tras la victoria en Irak sólo había una fórmula: la ocupación a sangre y fuego. Como eso no lo puede hacer un país democrático, vigilado por la opinión internacional, ahí están las consecuencias».
El goteo de muertos y de desastres provocados por la guerrilla tenían que horadar de forma inevitable a la opinión pública norteamericana con repercusión electoral. Bush está saboreando ahora los malos tragos que sorbieron sus antecesores en Vietnam. Se encuentra atrapado en un callejón sin salida. A lo más que puede aspirar, él o su sucesor demócrata, es a salir de la guerra salvando la cara y la dignidad nacional, cosa que no ocurrió en Vietnam. Estuve, estoy y estaré no sólo contra la guerra de Irak sino contra todas las guerras. Es una cuestión de principios. Desde que viví, como corresponsal de guerra, la del Congo en 1964 no creo que exista justificación alguna para la atrocidad militar.
Eso no quiere decir que no entienda lo que ha hecho Bush. No sé si el vaquero hubiera desenfundado su revólver en todo caso. Pero fue Sharon el que le condujo al borde del abismo, diciéndole: «Pulverizamos, en su día, las instalaciones nucleares de Irak. Ahora Sadam dispone de skuds precisos que, con cargas de destrucción masiva, pueden destruir Israel para gloria de un caudillo enloquecido que quiere ser el rais de todos los árabes. Y bien: o atacas tú o ataco yo. Si ataco yo se levantará la mitad del mundo islámico pero si atacas tú, la mayoría de los países árabes permanecerán agazapados».
El poderoso lobby judío en EEUU hizo el resto. Bush, al margen de sus posiciones personales, se vio impelido a la aventura iraquí. Ahí están las consecuencias. Y lo que es más grave: Estados Unidos puede enfrentarse a corto plazo con una situación muy similar en Irán. Y a ver qué hace.
Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.
© Mundinteractivos, S.A.

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