Lo peor ha sucedido. Jau. La ministra Salgado, azote de gordos y fumadores, ha sido eliminada en la segunda ronda de votaciones como posible directora general de la OMS. Eso significa que Salgado se queda, que esta adalid impertérrita de la aspirina, el agua de Lanjarón y el brócoli, va a volver a fustigarnos con su persecución inflexible de vicios y fumeques. Como si no hubiéramos padecido bastante a esta Savonarola pulmonar, esta Eva Nasarre de la política que no sólo nos ha puesto a todos a hacer flexiones mentales bajo el sonsonete del antitabaquismo acérrimo (recién importado de los odiados USA, junto a la hamburguesa y el ketchup) sino que ha colocado, como en los mejores tiempos del estalinismo, un microchip en nuestros bronquios, un Pepito Grillo que nos repite a todas horas: «No fumes, coño. No fumes».

Por suerte, a pesar de esta invasión del ejército yanqui, en Madrid aún hacemos señales de humo. Desde la Plaza de Castilla hasta el Paseo del Prado, donde se yergue el mamotreto nazi del Ministerio de Sanidad como un Fort Apache plantado en medio de Monument Valley; y desde el Faro de Moncloa hasta el Puente de Vallecas, el humo de cigarrillos y puros convive junto al bendito monóxido de carbono de motos, autobuses y coches. Los madrileños nos resistimos a la colonización global del Hombre Blanco; somos las últimas tribus libres (arapahoes, chirikauas, apaches), los últimos que cazamos bisontes en las llanuras y masticamos chuletones rebosantes de colesterol y luego nos fumamos dos pipas. De la paz, mayormente. Incluso en bodas, bautizos y comuniones, bajo la mirada benévola de la Gran Jefe Aguirre. Madrid aún es territorio comanche, jau.

En espera de que nos exterminen a todos los indios del fumeque bajo las trompetas del Séptimo de Farmacéutica, es una gozada pasarse bajo las arcadas (nunca mejor dicho) estalinistas del Ministerio de Sanidad y hacerle un buen corte de mangas a la ministra, con un Cohiba, un Partagás o un H. Uppman humeando en la boca y ayudando a la fotosíntesis de los sufridos arbolitos del Paseo del Prado. Campeaba un cartel en la fachada del Ministerio que rezaba «Espacio libre de humos» y no sé si daba grima, risa o pena verlo sucio hasta los bordes de mierda de automóvil, de tóxicos negros, de letrina ciudadana. «Humo de coche, bueno; humo de puro, caca» dicen los enviados del general Custer siempre al lado de algún indio con lengua de serpiente, uno de esos traidores renegados que se ha pasado al enemigo y que en vez de fumar chupan caramelitos de menta, jau. Lo que necesita la Salgado es que, en una de sus cíclicas revisiones a los hospitales, se tropiece con el doctor House y le recete una cajetilla al día, como hizo una vez con un paciente asustado que le espetó: «Pero el tabaco es malo, doctor. Es una droga». Y House contestó: «¿Y los analgésicos no? ¿Y las farmacias qué son? ¿Bibliotecas?»

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