LA CATALUÑA POSELECTORAL / El análisis / SECRETOS Y MENTIRAS

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha intentado forzar una alianza entre CiU y el PSC, pero los resultados electorales han favorecido el tripartito.Los comisionados del PSOE decidieron apartarse de las negociaciones ante el pacto entre Montilla y Carod.

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se embarcó el jueves 2 de noviembre, al día siguiente de las elecciones catalanas, en el avión que le llevó hasta Montevideo (Uruguay) para participar en la XVI edición de la Cumbre Iberoamericana.No llegará a Madrid hasta esta mañana, después de que ayer fuera clausurado el encuentro de jefes de Estado y de Gobierno de América Latina. El breve intervalo que Zapatero ha estado fuera de España ha sido la ventana temporal que los socialistas catalanes han apurado para negociar la reedición del Gobierno tripartito pactado en diciembre de 2003 por el PSC, Esquerra Republicana e Iniciativa per Catalunya Verds-Esquerra Unida Alternativa (ICV-EUA).

La velocidad que la dirección del PSC ha imprimido a las negociaciones sólo tenía un objetivo: presentar el acuerdo ante el Gobierno y la dirección del PSOE como un hecho consumado para evitar presiones desde Madrid. Aunque públicamente Zapatero ha dado libertad de movimientos al primer secretario del PSC y candidato socialista, José Montilla, era vox populi que el presidente del Gobierno había apostado por una alianza poselectoral con Convergència i Unió (CiU). Hasta tal punto llega la desconfianza de Zapatero de la dirección del PSC que se marchó intranquilo a Uruguay y quiso designar a dos comisionados para que vigilaran la sede de los socialistas catalanes en la calle Nicaragua de Barcelona: el presidente de la Junta de Andalucía y del PSOE, Manuel Chaves, y el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, el encargado oficioso de negociar con los nacionalistas.

Chaves afirmó el sábado, en una demostración de perspectiva política, que no habría otro tripartito como el de 2003. Por ridícula que ahora suenen las declaraciones del presidente del PSOE, no dejan de evidenciar hasta qué punto el partido de Zapatero apostaba por la sociovergencia. De hecho, en el entorno del aún presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, están convencidos de que la decisión de impedir que se presentara a la reelección y su sustitución como candidato por Montilla fue fruto de los acuerdos sellados por Zapatero y por el presidente de CiU, Artur Mas, durante las negociaciones que mantuvieron en La Moncloa a finales de enero para desbloquear la aprobación del Estatut en el Congreso de los Diputados.

El presidente del Gobierno había apostado por la sociovergencia tras ver como una y otra vez el presidente del PP, Mariano Rajoy, utilizaba las sucesivas crisis por las que atravesó el tripartito catalán durante la pasada legislatura como arma para desgastar al Gobierno del PSOE. La coincidencia del periodo electoral catalán con lo que parece ser el inicio de la segunda fase del proceso de paz vasco decidió a Zapatero a sustituir el inestable apoyo parlamentario de Esquerra -que, a pesar de contar con la dirección de Joan Puigcercós, muy valorada por los socialistas, seguía siendo el partido de Josep Lluís Carod-Rovira, el líder que fue a negociar con ETA a Perpiñán y que pidió el boicot a Madrid 2012- en el Congreso de los Diputados por el de los hombres de CiU, que, bajo la dirección de Josep Antoni Duran Lleida, ofrecían una imagen mucho más seria y moderada.

De hecho, en la fase final de la tramitación del Estatut, los cantos de sirena del PSOE a CiU para que se incorporara al Gobierno central fueron incesantes. Sólo los atajó la condición previa puesta por los nacionalistas catalanes de que se celebraran elecciones en Cataluña antes de alcanzar pacto alguno. Zapatero tuvo que disculparse ante sus potenciales socios: la convocatoria de elecciones en Cataluña depende exclusivamente del presidente de la Generalitat, y el secretario general del PSOE no estaba en condiciones de garantizar a los de CiU que Maragall le hiciera caso.

Y, aún así, cuando, finalmente, Maragall anunció su intención de disolver el Parlament y convocar elecciones tras el referéndum del Estatut, el romance entre Zapatero y Mas tomó nuevos bríos sobre el acuerdo tácito de que los socialistas permitirían que gobernara Cataluña quien ganara las elecciones autonómicas. Pero CiU nunca se fio de Zapatero que, en los últimos tiempos, parece haberse granjeado una merecida fama de no cumplir la palabra dada. Por esa razón la obsesión de los nacionalistas era lograr superar los 50 diputados y conseguir que Esquerra se quedara por debajo de los 20. Algunos de los dirigentes de la federación intentaron convencer a Mas de la necesidad de restablecer las relaciones con Esquerra con tiempo suficiente para encarar una eventual negociación poselectoral.

El día 1, sin embargo, Mas se quedó en 48 escaños, mientras los republicanos aguantaban en 21. Los 37 escaños de Montilla no suponían alivio alguno en la calle Còrsega. El tripartito seguía sumando mayoría absoluta y la falta de visión demostrada por Zapatero, que apostaba por una derrota asumible de Montilla hasta que empezó a evidenciarse que el candidato socialista podía estrellarse y arrastrar con él al presidente del Gobierno, le obligaba a mostrarse más magnánimo con su gente de Barcelona. El ala conservadora de la federación apostó erróneamente por intentar un acuerdo con el PSC. Los esfuerzos de José Blanco y de Rubalcaba por convencer al PSC de que pactara con CiU fueron infructuosos. A mediodía de ayer, llamaron a Duran Lleida para notificarle que habían tirado la toalla. Cuando un Carod redivivo llamó a Mas para notificarle que rechazaba su generosa oferta, éste ya sabía que habría tripartito.

felix.martinez@elmundo.es

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