EN DIAGONAL

En el mundo del cine se dice que las segundas partes nunca son tan buenas como las primeras. Sería bueno que esta máxima no vaya con la nueva reedición del tripartito que se está ultimando a marchas forzadas, y que la secuela haga olvidar el original. Veremos. La realidad es que la inestabilidad del mapa político catalán se ha acentuado tras las elecciones. Los dos grandes partidos han resultado ser los más perjudicados. CiU ha fracasado al perder 95.914 votos y no rentabilizar la caótica administración que ha hecho el tripartito del Govern en los tres últimos años. A su vez, el PSC se ha superado a sí mismo y ha perdido 241.687 votos en relación con los pobres resultados que obtuvo Maragall en el 2003. La irrupción de Ciutadans es otra nota al margen que no va a contribuir precisamente a serenar la política catalana.

Ante este panorama, se ha especulado con fuerza con la posibilidad de plantear el famoso pacto de la sociovergencia, pero al final esto sólo parece interesar a CiU, para asegurarse la presidencia, y al PSOE, para evitar que la figura de Zapatero quede erosionada por el nuevo gobierno catalán. Se habla mucho de poderes fácticos, de intereses creados, pero no he escuchado a ninguna organización o patronal reclamando la sociovergencia desde el 1-N. Todo el mundo esconde la cabeza y no se busca problemas.

Habrá tripartito porque a los dos principales actores del pacto, PSC y ERC, es lo que más les conviene. Y punto. El PSC está haciendo lo que cualquier otro partido haría en sus mismas circunstancias para salvar la cara. Nadie debería sorprenderse ahora, después de que CiU se pasase toda la campaña advirtiendo que el tripartito gobernaría si sumaba sus votos. La apuesta del PSC le costará un gran desgaste con el PSOE y es una operación de alto riesgo. Los republicanos han hecho cuentas y han visto que su colaboración con el PSC no les ha supuesto una fuga de votos hacia CiU.

Conocidos socialistas dicen que la gran diferencia del nuevo tripartito frente al anterior es su presidente. "Ya verás a Montilla", dicen unos. "Montilla no es Maragall", remachan otros. Lo único cierto es que se sentará a negociar con cinco diputados menos ante una ERC e ICV más crecidas que en el 2003.

Su primer escollo se llama Carod-Rovira. La oferta de Mas para que sea su conseller primer en un hipotético gobierno de mayoría nacionalista lo blinda para tener este mismo cargo en el tripartito. ERC no ha sacado un resultado tan malo como para jubilar ya a Carod y éste quiere devolver la afrenta que sufrió al ser expulsado del Govern por las presiones del PSOE. Si Carod entra en el Govern, Montilla se habrá comido su primer gran sapo, al margen de lo que diga la literatura oficial de la calle Nicaragua.

El segundo gran escollo se llama Moncloa. Este nuevo gobierno tripartito no va a tener el plácet monclovita. Las negociaciones con el Gobierno para desarrollar el Estatut serán mucho más complicadas. Y si no, al tiempo.

Como el circo, el nuevo tripartito va a ser más difícil todavía. El cronista desea lo mejor al futuro Govern porque el prestigio de Catalunya anda ya muy tocado, pero, realmente, ¿cuánto durará la segunda parte?

Carod y Puigcercós, en el Govern El Govern que está ultimando Montilla puede ser de auténtico lujo en cuanto a los nombres. Otra cosa será su coordinación, que ya se irá viendo. No sólo Carod será vicepresidente, sino que Joan Puigcercós volverá a Catalunya con algún departamento de primera fila. Cada partido elegirá sus candidatos a consellers pero serán Montilla, Carod y Saura quienes decidirán la cartera. A Puigcercòs le podría tocar cualquier cosa, desde Governació hasta Interior.

Sin sitio para EUiA Ante el aumento de escaños de la federación que preside Joan Saura, los socios de Esquerra Unida han planteado que el tercer conseller que les tocaría en el reparto gubernamental fuera para ellos. Sin embargo, la dirección de Iniciativa prefiere quedarse con sólo dos departamentos, pero miraría de que ganasen mayor peso de competencias. Saura y Baltasar tienen todos los números.

El precedente de Bono En los días previos a las elecciones, muchas voces daban por hecha la sociovergencia porque creían que el PSC no podría soportar la presión del PSOE. Incluso en la noche electoral, la diferencia de once escaños a favor de CiU y la intervención de José Blanco alimentaron hipótesis en este sentido. Nada más lejos de la realidad. El PSOE no ha podido pararle los pies al PSC, de la misma forma que ni tan sólo pudo en su día convencer a José Bono de que tenía que ser alcalde de Madrid.