Las elecciones de cada día, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia
Hemos elegido. No vale decir "yo no he sido". Lo hacemos en cualquier caso, incluso cuando nuestra opción es otra o miramos supuestamente indiferentes en otra dirección. Elegimos también cuando creemos dejar de hacerlo. Elegimos entre todos y no sólo cada uno, cada una. Bien conocemos que al elegir sentimos tanto la satisfacción de realizarlo como la perplejidad sobre cuanto nos ha animado a preferir. Se nos ofrecieron diversas posibilidades y, en última instancia, tuvimos que ejercer la denominada tragedia de la decisión.El resultado es nuestro, aun cuando no siempre coincida con nuestra elección. Son tan conocidos como misteriosos sus caminos, tanto como la incertidumbre de lo que sentiremos tras hacerla. Considerar a alguien digno de crédito, encontrar verosímil y plausible lo que dice, darlo por conveniente, por convincente, siquiera como probable, es un reconocimiento que merece el agradecimiento de quien es elegido. Es el momento de que los elegidos den gracias a los electores.
Al darlas, las reciben, puesto que éstas sólo se tienen cuando se otorgan. Pero, a su vez, semejante regalo trae sus exigencias. Debe de ser inquietante ser elegido, sentir que de este modo se establece lo que, sin más precauciones, denominaremos un pacto sagrado con una comunidad, el que se instaura en las elecciones. Pueden hacerse otros análisis y consideraciones, pero quien no sienta este vínculo es indigno de la confianza depositada en él. Y sagrado dice algo diferente de religioso. Y es entonces cuando los electores damos gracias a los elegidos. Pero dar gracias no es despedirse hasta una nueva ocasión.
Hemos elegido, pero no nos despedimos. La elección no se ejerce de una vez por todas. Se consuma una y otra vez a través de la participación y de la corresponsabilidad. El pacto es un acuerdo, un espacio de paz, para procurar encaminarse juntos en determinada dirección. No es un simple trajín, un ir y venir de los elegidos a los ciudadanos, entre otras razones porque aquellos también lo son. Se es elegido, elegida, para procurar otros sentidos. Motivados, esto es movidos por ellos, por sus buenas razones, ofrecemos no sólo nuestra confianza, sino también nuestro esfuerzo. Si no se es capaz de sentir esta emoción en común, es decir, de estar conmovidos, que no es un mero estado de ánimo, si no estamos convencidos, que no es un mero estado lógico o mental, nunca se es convincente, aunque no baste estarlo para serlo.
Ser preferido por alguien, elegido, elegida por los demás implica una cierta transformación de la propia vida. Adquiere así otro alcance y ya no será suficiente con desenvolverse en el ámbito de las propias y sensatas razones, se requerirá un riesgo nuevo, el del desafío de contar de modo, incluso diría desmesurado, con los otros, el de ser otro que uno mismo, hasta cierto punto con extremidad, nunca con extremismo. Este pacto sagrado exige consagrarse a algo, dicho más sencillamente, dedicarse con plenitud a ello. No es que al resto no nos interesen los demás, es que quien es elegido ha de desplazarse incluso él del centro de su consideración y correr el riesgo de olvidarse de sí. Y, en cierto modo, no está mal que suceda con alguna mayor frecuencia. Ahora bien, sigue siendo necesario recordar las palabras de Sócrates a Alcibíades: "Si uno no sabe gobernarse a sí mismo, ¿cómo va a saber gobernar la ciudad?" Ser elegido inunda en ocasiones la propia vida y uno corre el riesgo de extraviarse en lo ajeno.
No debe ser fácil vivir con quien ha sido elegido, si en verdad es él o ella quien vive esa elección como una convocatoria a entregarse por algo otro. Pero ¿se siente esto así? ¿Qué sueñan quienes han sido y son elegidos? ¿Dónde radica su deseo y su placer? Algún día habremos de pensar de nuevo en toda su radicalidad lo que significa ser un responsable público, de lo público, un servidor, nada servil, de esa supuestamente silenciosa pero viva comunidad. Sin ello, todo pacto es puro intercambio, trapicheo interesado, nada interesante para muchos, tal vez para la mayoría. Es conveniente que el pacto no sea sólo entre los elegidos, que se reanude con la voluntad manifestada de los electores. Sin comunidad, la política se reduce simplemente a los caminos de lo negociable. Es hora de pactar proyectos y contenidos, de hacerlos y reconocerlos comunes, y de no reducirse a un mero reparto de funciones. Y de posiciones. El elegido muestra su sentido por su capacidad de decidir. Es elegido también por ello, para ello, en concreto, por tener la gracia del elegir, que es lo que dice literalmente la palabra elegante. Es tiempo de mostrar que los elegidos saben elegir. Y esta tarea cotidiana empieza por encontrar los senderos del buen gobierno.
Elegimos cada día formas de vivir, incluso pretendemos elegir la vida que vivimos. La fiesta de la gran decisión política no zanja esa persistente labor, pero es indispensable que tenga que ver con ella. No es indigno pretender incidir en nuestra propia suerte, y no limitarse a correrla, y organizarnos para articular un espacio participado de decisiones. Querer vivir mejor es sano. Es indigno entender eso de una manera zafia, rentable y rentista. La felicitación para los elegidos es la memoria de que, siendo realistas, no por ello dejamos de ser ambiciosos y exigentes. Y comprensivos. Los elegidos lo son para disponer de la posibilidad de elegir en cada ocasión, pero no por eso han de considerarse iluminados. Nuestras elecciones y las suyas han de convivir en un espacio común, de diferencias singulares, pero compartido. Son nuestros elegidos, los elegidos por nosotros. Y, qué le vamos a hacer, qué le van a hacer, también en determinados sentidos, para nosotros. Tenemos que ver con ellos.
