Productos transparentes, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia
La industria del nuevo terrorismo internacional genera, a su vez, nuevos negocios. Leo que las marcas de lujo crearán nuevos artículos transparentes de viaje si los clientes lo piden. Ya saben, dado que la nueva normativa de seguridad aérea de la UE restringe el equipaje de mano, desde mañana, habrá que incorporar a nuestra vida las bolsitas transparentes que dejan ver lo que llevamos encima, pequeños bodegones de intimidad para disfrute de extraños. La moda no entiende de terrores y se adapta a lo que sea. Si hay que aceptar resignadamente que burlar a los fanáticos reclama perder intimidad, al menos no dejemos de vivir rodeados de glamour y de objetos que nos hacen más agradable el entorno. "Antes muerto que sencillo" será el grito de guerra que entonaremos en los aeropuertos, y no sólo lo harán los pijos o los enamorados de lo fashion, sino todo hijo de vecino que no quiera amargarse más de lo necesario.
La transparencia convertida en negocio casa perfectamente con nuestra época, donde hemos convertido esta palabra en fetiche. Los políticos hablan de lograr más transparencia en las decisiones como paliativo frente al descrédito de los procesos democráticos, los directivos de las empresas también adornan con llamadas a la transparencia sus planes estratégicos y, en el mundo del arte, la transparencia que difumina la frontera entre la realidad y su representación constituye un asunto central de nuestros días. Además, nuestra sociedad, con sus formas de organizar el trabajo y el ocio, nos hace a todos transparentes en la medida que nos hace iguales, por ello cada intento de diferenciación es efímero y queda engullido dentro de la gran transparencia en la que nada sobresale. En realidad, como indican los códigos de barras omnipresentes, no es que seamos transparentes, es que somos líquidos, por usar la terminología del tan citado y poco leído Zygmunt Bauman. "El mercado no sobreviviría si los consumidores se aferraran a las cosas", escribe este sociólogo. Por ello, los productos transparentes tendrán éxito, ya que exageran al máximo en su misma forma este desapego consustancial que debemos tener a los objetos que nos ofrece la industria. Un bolso de lujo transparente es la nada reducida a marca total, lo contrario de ese "no logo"demagógico que proclamaba una de las más grandes e ilegibles vendedoras de rebeldía tramposa para uso de buenismo occidental.
Esperaremos al terrorista transparente (el que vive entre nosotros como un vecino más hasta que le accionan, a control remoto, la palanca de matarife) luciendo un bolsito de Louis Vuitton también transparente y repleto de cositas por supuesto transparentes.
