PRIMERA gran reflexión cuando hoy se cumplen cuatro días de las elecciones catalanas del pasado 1 de noviembre: los comicios ciertamente no lo resolvieron todo, pero desde aquella noche se encuentra a faltar altura de miras para resolver una situación compleja y difícil. Quizás la más preocupante desde el inicio de la transición y con una seria amenaza, que no debe ser minimizada, porque lo importante hoy no es su tamaño sino si es real o no, de confrontación social en el horizonte. ¿Cuesta tanto ver que más allá de los porcentajes obtenidos por unos y por otros lo que está en juego en los próximos años son los valores con los que Catalunya ha construido su cohesión social y que un nuevo discurso marcadamente populista, pero que encuentra su caldo de cultivo en un malestar larvado durante tiempo por determinadas políticas, se ha encaramado rampante a las instituciones? Esta jugada, de medio y largo alcance, necesita mirada larga y no vuelo rasante. Hay que mirar más allá y en todas direcciones porque si el mundo es global, cómo no lo será la política. Ayer ETA hablaba en un boletín interno por primera vez de romper la tregua si no había avances y fijaba como plazo límite el final de otoño. ¿Ha empezado la cuenta atrás? El Gobierno tiene un amplio apoyo de la sociedad española, pero la política, además de coraje, exige audacia.
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