LA NUEVA AGENDA

En las democracias occidentales, la fase decisiva de toda batalla electoral suele librarse por el centro político. Los ejemplos son interminables. Bill Clinton se ganó la Casa Blanca con la filosofía de los nuevos demócratas, una manera de decir al electorado que había moderado a su partido. Y Tony Blair hizo tres cuartos de lo mismo con el nuevo laborismo, en cuyo proceso de fabricación se desprendió del ala izquierda. Pero George W. Bush cambió las cosas hace dos años, cuando puso todos sus huevos electorales en la cesta de los más militantes.

Bush entró en la Casa Blanca al sumar más votos electorales (incluidos los discutidos de Florida), pero perdió en votos populares (medio millón de papeletas menos, aproximadamente, que Al Gore). Cuatro años después, sin embargo, la crónica electoral fue distinta. Bush logró una sustancial ventaja de 3,5 millones de votos populares sobre John Kerry. ¿A qué se debió su éxito? ¿A que el presidente, tres años después del 11 de septiembre, optó por el centro? Nada de eso. Bush hizo lo que Karl Rove, el organizador de sus campañas, dijo que hiciera.

Bush entró en la Casa Blanca presentándose como un presidente para unir, no para dividir. Hace dos años, sin embargo, Rove apostó por la división. El asesor presidencial se decantó por lo que consideró seguro: la base conservadora. Clinton hizo todo lo contrario, y le salió bien. Pero, después del 11 de septiembre y de la guerra de Iraq, Rove consideró que ya no había sitio para los indecisos, a los que considera blandengues, y cargó su artillería con la base religiosa y conservadora. Su estrategia, en un país dividido, se tradujo en una rebaja fiscal y en la identificación de la guerra de Iraq como parte de lo que denomina guerra contra el terrorismo.Y los dos mensajes calaron en el electorado o, para ser exactos, en el electorado de Bush.

El 7 de noviembre, los republicanos de Bush se juegan la mayoría que disfrutan en las dos cámaras del Congreso. ¿Apelan los republicanos al voto moderado para no sufrir un descalabro que haría historia? No parece que haya sido así durante la campaña. Desde que Bush fue reelegido, Estados Unidos ha continuado dividiéndose, especialmente por la guerra de Iraq, que no da tregua. En este escenario, los republicanos han decidido que la mejor manera de defender sus mayorías en la Cámara de Representantes y el Senado ha sido insistir en la estrategia de Rove, cuyas técnicas agresivas han sido detalladas con maestría por Mark Halperin y John Harris, autores de The way to win: taking the White House in 2008 (2006).

¿Por qué este empecinamiento en no buscar el centro, posibilidad que la mayoría de los políticos descarta cuando llega la hora de acudir a las urnas? Para los asesores de Bush, la cosa está clara como el agua. Quienes rodean al presidente parten de la base de que Estados Unidos es un país polarizado, por lo que la mejor manera de ganar es no tratar de atraerse al adversario, que ya está convencido de todo lo contrario, sino de asegurarse que los tuyos acudan a las urnas como un solo hombre/ mujer.

El éxito está garantizado, según los analistas republicanos, porque la tendencia política estadounidense está a su favor. Esta tendencia parece indicar que el campo de los conservadores va en aumento mientras que las filas de los liberales demócratas están menguando. Pero los republicanos han topado ahora con la guerra de Iraq, que ha puesto a prueba en esta campaña electoral, la última de Bush, la estrategia de Rove.

Las elecciones legislativas del próximo martes van a celebrarse cuando la guerra de Iraq se ha convertido en el centro del debate. Hay dos maneras de analizar, con este dato en la mano, las posibilidades de demócratas y republicanos. Para los primeros, el desgaste que supone para Bush el caos iraquí les concedería cierta ventaja, al menos si se hace caso a los sondeos, que no descartan que los demócratas pasen a controlar las dos cámaras. Pero los republicanos confían precisamente en que la seguridad nacional y la guerra contra el terrorismo terminen haciendo, como ocurrió en las elecciones presidenciales de hace dos años, que la balanza se incline una vez más de su lado.

La situación de los demócratas no ha sido cómoda en los últimos tres años. Halperin y Harris lo explican así: "Si los demócratas votaran en secreto en el Congreso, apoyarían de forma clara las posiciones que, al menos en teoría, uniría a su base: un calendario para la retirada de Iraq; una mayor presión fiscal sobre las grandes fortunas; una sanidad universal, y más derechos para los gais (...) Pero si lo hicieran así, serían objeto de una campaña negativa y del ataque de la Casa Blanca". Dicho de otra manera, los republicanos de Bush confían, como hace el PP de Rajoy con el PSOE de Zapatero, en que sus continuas acusaciones de traición terminarán consiguiendo que los demócratas no escapen ilesos. La cuestión el 7 de noviembre, pues, será saber si la estrategia de negar el centro político volverá a lograr que, en nombre de la seguridad, el error de la guerra de Iraq se vea recompensado electoralmente.