EN la calle en la que vivo, a las afueras de Madrid, un vecino ha pintado las puertas de su casa y su garaje en un hermoso verde inglés. En prevención de mayores males, propios y ajenos, el hacendoso vecino colocó, bien visible, un letrero bien expresivo: «Recién pintado». No lo podía haber hecho de peor manera. Dado que la desconfianza es uno de los ingredientes fundamentales del alma del español medio, incluso de los de las Autonomías de mayor postín, todos los dedazos del vecindario han dejado su huella en la superficie verde antes de que alcanzara su secado total. No es, claro está, una conspiración del barrio contra el vecino, sino la expresión natural de la desconfianza que produce un cartel afirmativo y rotundo. Sin la advertencia, el acabado de la obra hubiese resultado perfecto.
De modo similar al de mi vecino, la Agencia Internacional de la Energía -la AIE, un organismo de solvencia superior a la media de sus equivalentes-, a la vista de la situación energética mundial y consciente de la urgencia de encontrar fuentes «más baratas, más limpias y más seguras», prepara un pregón para, en respuesta a la pregunta que le formuló el G-8, avisar a la comunidad internacional: «Esto se acaba». En consecuencia, mientras en el mundo, de India a Finlandia o del Reino Unido a China, instalan nuevas centrales nucleares, nosotros nos limitamos a tocar el cartel para averiguar si todavía pinta.
No es que José Luis Rodríguez Zapatero se defina por la originalidad del diseño de su política; pero, seguramente, es en lo energético donde más se empecina en dar cabezazos contra el muro de la realidad. Aparte de sus intentos de secuestro de las grandes empresas del sector, su afán energético antinuclear es tan absurdo como creer que los molinillos de nuestros campos serán suficientes, por muchos que lleguen a ser, para atender las demandas industrial y ciudadana. Es lástima que la «progresía», tan escasa de argumentos y sustancia en el medio mundo que come caliente todos los días, se haya agarrado como una lapa al postulado antinuclear; pero dado que Francia, Reino Unido o los EE.UU. -nuestros principales fantasmas- tienden a la fusión nuclear como principal fuente energética, la desconfianza nacional cruza los dedos en la confianza de que los vientos nos serán propicios.
Mi vecino aprovechara este fin de semana para volver a pintar sus puertas y retirará el cartel de su fachada. Supongo que si hay alguien en el Gobierno, incluido Medio Ambiente, dispuesto a trabajar hoy y mañana a la búsqueda de una solución energética eficaz volverá a repasar los mamotretos de Río de Janeiro y Kioto en los que, como en cualquier bosquejo de acuerdo internacional, se precisa lo que no debe hacerse, pero en ningún caso lo que conviene hacer. La solución nuclear no es buena, pero es la mejor.

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