EL candidato de Ciudadanos de Cataluña se puso en pelotas para salir en los carteles y ha acabado arropado por 90.000 votos después de que todo el mundo le hiciese mucha fiesta a la ocurrencia, calcada por cierto de una campaña de Luciano Benetton. A la candidata del PP en Leganés, por el contrario, le ha caído encima una tormenta política por hacerse una foto... perfectamente vestida. Es que era un retrato de cuerpo entero, dicen los sociatas, presos de una envidiosa indignación que ya no se sabe si es machista, torpe o simplemente libidinosa, como la de esos viejos lascivos que acosan a la desnuda Susana en los cuadros de Rubens, Tintoretto o el Veronés. Los que se han retratado de verdad son ellos, claro. Y en la foto moral salen como unos sátiros rijosos, pueblerinos y mal encarados.

La corrección política es un fenómeno con ribetes de mucha hipocresía y puritanismo inverso. Si en vez del candidato de Ciudadanos en bolas se hubiese tratado de una ciudadana candidata, se habría formado la de Dios es Cristo, con todo el feminismo profesional rasgándose los vestidos de la Pasarela Gaudí. Pero el chico tenía buena planta y quedaba de lo más chic en la cartelería, como un anuncio de colonia. La portavoz de Leganés también tiene buena pinta, aunque se la tape con ropas de Zara, y esto al parecer es delito porque la política, según el canon dominante, es por lo visto un serio asunto cuya responsabilidad está reservada a las feas.

Quizá Guadalupe Bragado, que así se llama la candidata en cuestión, tenía que haberse hecho retocar la foto para sacarse papada, pintarse patas de gallo y marcarse un código de barras en el bigote. Acaso de esa guisa habría podido contar con la solidaridad «de género» de Matilde Fernández o Ruth Porta, dirigentes socialistas que acaso no se atrevan jamás a posar en un cartel de cuerpo entero (lo siento, yo no tengo necesidad de ser políticamente correcto). Y que habrían puesto el grito en el cielo, con razón, si el anatema contra una mujer que se atreve a tratar de arrebatarle un cargo a un hombre procediese de las filas del PP y fuese dirigido contra una sedicente candidata «de progreso.»

Porque, no nos engañemos, el problema de Guadalupe Bragado no consiste en ser guapa ni fea, ni en haberse hecho una foto de cuerpo entero, de media cara o de plano americano, sino en ser de derechas. O sea, una víctima propiciatoria para el doble rasero del feminismo doctrinario combinado con el rancio machismo de una izquierda que se cree a salvo de cualquier clase de equidad moral. No habría piedras bastantes en Leganés, ni adoquines en todo el levantado pavimento de Madrid, para lapidar al político de derechas que hubiese osado dirigir contra una adversaria el casposo argumento -belleza física, cortedad intelectual- de despechados viejos verdes con que los socialistas han atacado a una mujer que se atreve a desafiarles sin complejos.