En sus últimos meses como Primer Ministro, Tony Blair ha decidido hacer suya la bandera de quienes alertan contra el calentamiento del planeta. Apoyado en quien fue vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, y en economistas igual de concienciados ante la decadencia ambiental de la Tierra, Blair defiende las versiones más apocalípticas sobre los desastres que nos esperan a la vuelta de apenas 10 años. Todos ellos creen, como dice Gore, que una buena receta para evitar un cataclismo climático consiste en convencernos de que dejemos el coche en casa y nos duchemos con agua fría. Sólo con eso estaríamos presionando a los políticos para que estos a su vez tomen decisiones de mayor calado. Es decir, confían en la buena voluntad de los individuos como forma de obtener un fin que excede el ámbito de lo individual; la regeneración ecológica de la Tierra, ni más ni menos. Puede que su fórmula no sirva por sí sola para evitar que terminemos viviendo en una gran cloaca, pero al menos ayuda a remover conciencias. Sin embargo, habrá quienes crean que, con su ecologismo sobrevenido, Tony Blair ha recorrido el camino que existe entre el dirigente realista, pragmático y responsable que era cuando visitaba las Azores, y el ingenuo, quimérico e irresponsable que ahora cree en las bondades de la ciudadanía. Ha pasado de vivir en el mundo real, aquel en el que hay que invadir países para pacificarlos o torturar sospechosos para acabar con terroristas, a habitar un país de maravillas en el que los problemas más graves se afrontan con mero voluntarismo imberbe. A Alicia le están naciendo hermanas.
Nacho Monserrat. Periodista.

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