Después de las amenazadoras palabras del Gobierno británico sobre los terribles males que asolarán a la humanidad si seguimos ignorando el llamado cambio climático, se confirma un nuevo auge del Apocalipsis y un reforzado prestigio del horizonte catastrófico a gran escala. Según el informe que maneja el Gabinete de Blair, podrían surgir en un futuro no muy lejano 200 millones de refugiados climáticos a causa de sequías o inundaciones. Por otro lado, se ha divulgado también que los mares están perdiendo su capacidad para regenerarse y que podría darse la desaparición de gran número de especies marinas que hoy forman parte de la dieta de millones de seres humanos. Para acabar de animarnos, varias ONG están impulsando una campaña sobre estos asuntos mediante un eslogan que dará mucho que hablar: "Ante el cambio climático, no te quedes frío". Esta noche, para meterme más en situación, voy a revisar la película Waterworld,hay que ir preparándose.
Es bueno y deseable que los poderes públicos nos adviertan sobre los rumbos que puede tomar el planeta si mantenemos determinados modelos de crecimiento. Sobre esto no quisiera hacer bromas, pues nos jugamos el futuro. Pero quizás no sea necesario caer en el género apocalíptico ni en imágenes de la ciencia ficción o del cine de catástrofes al que tanto debe la educación sentimental y ética de las nuevas generaciones. ¿No habría otra forma de agitar las conciencias adormecidas de nuestra alma de consumidores que limitan su contribución a la sostenibilidad a la compra de productos bio, eco y similares? En todo caso, la apelación al gran cataclismo por parte de ciertos responsables políticos debe inscribirse dentro de una tendencia mucho más amplia, que se expresa mediante categorías paralelas al Apocalipsis: la conspiración universal, el Gobierno oculto de los poderosos, el fraude a gran escala, las tramas subterráneas que dirigen nuestras vidas, etcétera.
El gran éxito de una obra literaria como El código Da Vinci (y de todas sus incontables secuelas e imitaciones) responde a esta mentalidad infantilizante, poderosamente subyugada por las explicaciones alternativas, esotéricas, truculentas y conspiratorias frente al discurso racional y basado en el conocimiento de datos ciertos y procesos lógicos. Supongo que ahora será cada vez más habitual que todo experto y todo político que quiera ser tomado en serio incluya un poco de esta salsa en sus diagnósticos. Es el signo de los tiempos. Ya no sirve hablar del cambio climático con cifras aburridas, hay que pintar el cuadro del desastre con tonos sombríos y adjetivos de relato gore. Las trompetas del Apocalipsis son muy resultonas.

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