Todavía se barajan varias opciones para la formación del nuevo gobierno en Catalunya. No hay una sola llave. Como mínimo hay tres que pueden abrir y cerrar todas las puertas. No estamos en aquella noche electoral de 2003 cuando Carod-Rovira llenaba la pantalla con sus manos limpias, sudoroso y feliz, proclamando que tenía la llave de la gobernabilidad que se tradujo en un gobierno catalanista, progresista y de izquierdas.

Ahora hay más llaves. La más gruesa está en manos de Artur Mas, que puede exhibir una victoria electoral que incluso su más directo rival, el PSC, le reconoce. No es una llave maestra pero tiene una autoridad y una fuerza que le puede llevar a pactar con los republicanos y los socialistas.

Esta llave convergente está todavía en el cajón del cerrajero. Antes hay que probar otras. La primera que se está tentando es la del tripartito. Pero un tripartito que debería presentarse como el gobierno de Catalunya y no como la Venta de Arrebatacapas en la que cada uno actuara por su cuenta pensando más en los respectivos partidos de la coalición que en el país.

Un tripartito que generara confusión tendría una vida corta. Un pacto de gobierno significa ceder más que imponer. No sé si Esquerra ha aprendido la lección del fracaso del tripartito. Joan Saura y su deriva fundamentalista medioambiental tiene que pensar más en el conjunto del país que en sus inamovibles criterios ideológicos.

Si Montilla, desde su debilidad, tiene que presidir un gobierno sometido a las legítimas pero antojadizas posiciones de sus socios, es mejor que no insista en presidir el ejecutivo. Dispone de una llave alternativa que pasaría por la llamada sociovergencia.

Las llaves de un pacto nacionalista están en manos de Mas y de Carod. Pero son llaves oxidadas por la desconfianza mutua, por la cultura política contrapuesta, por introducir a Esquerra en un gobierno que chirriaría a la primera de cambio. No lo veo.

El síndrome de 1980 planea sobre las discusiones que hoy han ocupado el día de la ejecutiva de los socialistas catalanes. Jordi Pujol ofreció a Joan Raventós un pacto de gobierno que el PSC rechazó abriendo la posibilidad de que CiU pactara con Esquerra ofreciendo a Heribert Barrera la presidencia del Parlamento.

Los socialistas tenían la oportunidad de pactar con el PSUC y recabar el apoyo de ERC. Pero pensaron que el fenómeno Pujol era pasajero y que Catalunya era de izquierdas. El resultado fue que Pujol se mantuvo 23 años en el gobierno viendo pasar a líderes socialistas, desde Obiols a Nadal y Serra.

En la oposición hace frío siempre y en todas partes. El PSC, a pesar de su descalabro electoral, no tiene intención de pasar a la oposición. Buscará un pacto de izquierdas. Si no es posible, lo intentará con Artur Mas. En este sentido las llaves de Montilla son tan idóneas como las de Carod.

Para el PSC, lo más decisivo es demostrar con hechos que actúa estos días por cuenta propia y que no depende de lo que imponga Zapatero desde Madrid. La formación de un grupo propio en Madrid sería una señal clara de que viajan juntos pero no revueltos con el PSOE.

Una última llave vuelve a estar en manos de Artur Mas en la hipótesis de que ninguna de las anteriores pudiera abrir la puerta. Sería un gobierno en minoría con apoyo externo del PSC que podría facilitar la investidura y ser, a la vez, gobierno desde la distancia y oposición en el día a día.

No hay una llave maestra. Hay un juego de llaves que en estos momentos están forcejeando para abrir la puerta. Y tienen distintos dueños.

Una última cosa: si hay pacto de izquierdas tiene que producirse pronto y cerrarlo en una semana. Si no es así, la sociovergencia cabalgará rauda hacia la formación de una gran coalición.