¡Qué solos se quedan los vivos!, de Carlos Boyero en El Mundo
Me cuenta un amigo que esta noche La 2 pasa el documental Olvidados, de Iñaki Arteta, e imperdonablemente pongo displicente gesto de «¿y qué pasa?». Me informa de que supone el embrión de Trece entre mil y sigo sin saber de qué va la historia. Para que mi satisfecha ignorancia sienta finalmente rubor me pasa el DVD de Trece entre mil y me aconseja sin énfasis que lo vea. Lo hago como si fuera una obligación, actitud hacia la que siento alergia ancestral.
A los 10 minutos siento que me cuesta tragar saliva, que los ojos empiezan a humedecerse, que me asalta el odio y la piedad. La cita de Martin Luther King que cierra los atroces testimonios de esa gente devastada por la pérdida y el recuerdo («Lo peor del siglo XX no han sido los crímenes de los malvados, sino el silencio escandaloso ante ellos de las buenas personas») me pilla conmocionado, con un estado de ánimo que sólo puede desahogarse con el llanto.
Imagino que Bécquer tenía razón en el poema Cerraron sus ojos al afirmar: «!Dios mío, qué solos se quedan los muertos!», pero este escalofriante documental te convence de que tal vez sea aún mayor la soledad de los que les amaron y les sobrevivieron. Hablan las familias de gente que fue asesinada por la Bestia. También alguien que desearía estar muerto aunque el corazón no se le paró cuando le frieron a balazos. Era el chófer de un almirante que tuvo peor suerte que él. Los médicos aseguraron que se quedaría ciego y tonto. No fue así, su cuerpo y su cerebro son una ruina después de tanto tiempo y se pregunta que si a los caballos de carreras les matan cuando se han roto una pata, no entiende porqué no le dejan morir, ya que únicamente convive con el sufrimiento desde aquel maldito día. Se autodefine como «un trozo de carne con ojos».
Hablan los padres de críos inocentes que fueron destripados por la intolerable agresión al oprimido pueblo vasco que suponía visitar Hipercor, o vivir en una casa-cuartel, o haber sido engendrados por un policía o un guardia civil. Y consecuentemente esa gente destrozada no puede olvidar ni perdonar, aunque paradójicamente ninguna de las víctimas exija la sangre de sus verdugos, solo justicia y que cumplan sus sentencias. Es irrebatible el doloroso sentido de la lógica de uno de ellos: «Para que tú perdones, antes tienen que pedirte perdón, y conmigo no lo han hecho».
Y me parece sorprendente y admirable que la televisión estatal emita Olvidados en un momento tan poco conveniente para el Gobierno que está negociando la disolución del monstruo. TVE y Telemadrid exhibieron Asesinato en febrero en la noche de reflexión electoral, el 13 de marzo del 2004. Por sorpresa, casualmente, sin intención de manipular al votante. Digno de Goebbels.
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