Victoria amarga la de Artur Mas. Queda muy lejos de la facturación electoral de Pujol, no alcanza el umbral de los cincuenta escaños para justificar un gobierno en minoría y, a la vista de la aritmética de anoche, se tendrá que resignar a que sus rivales reediten el tripartito, o formar un frente nacionalista con el partido al que ha venido denostando (ERC).

Eso no supone que el ex ministro José Montilla, líder de los socialistas y probable sucesor de Maragall, haya quedado como para tirar cohetes, pues pierde en todas las comparaciones con su antecesor y retrocede como partido. Disminuye también el apoyo global al tripartito de la pasada Legislatura, cuya suma total pierde escaños. De los tres, sólo Iniciativa por Cataluña sube en escaños y salva así la eventual reedición del tripartito.

Por lo demás, se confirmó que las tumbas ganaron a las urnas. Como estaba previsto, en el día tradicionalmente dedicado a los difuntos, los cementerios tuvieron más éxito de público que los colegios electorales. Estaba cantado el pasotismo de la ciudadanía catalana. Poco más de la mitad del electorado acudió a votar, lo cual convierte el castigo a la clase política catalana en la gran noticia de las elecciones de ayer.

Tres pistas claras nos dan la medida del castigo. La primera, el propio índice de participación. La segunda, el irresistible ascenso de Ciutatans de Catalunya -el ciudadano desnudo-, que entra en el parlamento autonómico con tres escaños. Y la tercera, la capacidad de resistencia que ha mostrado el PP a pesar del acoso y el aislamiento del resto de la clase política e incluso de medios de comunicación teóricamente afines.

Mañana habrá que hacer una segunda lectura de los resultados con especial detenimiento en sus repercusiones sobre la política nacional. Tratándose de Cataluña, siempre hemos de cruzar las dos líneas de análisis, la nacional y la catalana propiamente dicha. A partir de un principio general según el cual la estabilidad política de Cataluña anticipa y determina la estabilidad política de España. Y al revés. Desde ese punto de vista, no es precisamente un escenario muy estable el alumbrado en las elecciones de ayer.

A Zapatero no le ha ido bien. A pesar de su implicación en la campaña, a pesar de que el Estatut fue su obra predilecta, a pesar de que decidió la muerte política de Maragall y apostó por Montilla, lo que resulta es que los catalanes, con su desistimiento en las urnas, han dejado clara su desmotivación respecto al Estatut y han prestado a Montilla un respaldo electoral inferior al que prestaron hace tres años a Maragall.