Destacando la importancia de las elecciones catalanas celebradas ayer, el ex presidente de la Generalitat Jordi Pujol tiró de libreto ante los periodistas al depositar su voto, asegurando que “Cataluña vive en todos los sentidos un momento especialmente decisivo e importante”, algo que, se supone, la ciudadanía debía tener en cuenta a la hora de ir a votar. Y estamos de acuerdo con la trascendencia del momento catalán, y naturalmente también del momento español en general, pero discrepamos radicalmente del sentido que Pujol y el nacionalismo quiere dar a ese “momento”.

Ayer cierta prensa de Madrid aseguraba en portada que “Cataluña decide hoy quién desarrollará el nuevo Estatuto”. Y esa es la madre del cordero. Digámoslo ya cuanto antes: lo que Cataluña necesita no es más Estatuto, que tenía de sobra con el viejo, ni más autogobierno, sino más democracia, toneladas de regeneración democrática, de buena calidad de vida democrática, más sociedad civil, menos corrupción, más separación entre lo público y lo privado, más tolerancia para quien no piensa en nacionalista y/o no habla en catalán, menos pensamiento único. En suma, más libertad.

Eso es lo que está en juego en Cataluña –y en España entera, para qué negarlo- en los últimos tiempos: la mejora sustancial de la pobre calidad de nuestra democracia. Y esa es la razón que explica el creciente desapego con el que los electores catalanes obsequian a una elite política empeñada en repartirse el poder a pachas en su balcánica circunscripción. Sabido es que “nacionalismo es hambre de poder atemperada por el autoengaño” que dijo George Orwell, autor precisamente del celebrado Homenaje a Cataluña. Los cinco señores que en la jornada de reflexión se sometieron a un patético posado fotográfico como cinco chicas de pasarela, llevan años practicando el monocultivo ideológico nacionalista. Cuatro de ellos, lo hacen convencidos de la cruz a la raya; el quinto, Piqué, atemorizado de que los amos del pensamiento único nacionalista le señalen con el dedo y le tachen de “españolista”.

En Cataluña no hay derechas ni izquierdas; en Cataluña sólo hay nacionalistas y no nacionalistas. Tal es la aberrante situación del “contra España vivimos mejor” en que se han instalado la elite política catalana, dispuesta a arramblar en beneficio propio con los jirones de la España Constitucional del 78, que ha propiciado el mayor periodo de paz y prosperidad de nuestra historia común. De modo que España es una realidad plurinacional, una nación de naciones, dicen los nacionalistas, en realidad lo dice ya todo quisque, que nadie osa discrepar de ese bastión esencial del pensamiento único, pero resulta que solo España es plural, solo España es diversa. Cataluña, por el contrario, es homogénea, monolítica, pétrea. Cataluña es una unidad de destino en lo nacional. Cataluña es nacionalista. En Cataluña no cabe la discrepancia. En la Cataluña nacionalista el discrepante calla o marcha fuera.

Ahora un nuevo Gobierno se dispone a aplicar otra vuelta de tuerca nacionalista, simplemente acudiendo a la lectura más torcida del texto del nuevo Estatuto y a costa de las libertades de quienes no piensan en nacionalista. Puede que el cocinero mayor de este guiso sea ese chico con pinta de atildado jefe de planta de El Corte Inglés que es Artur Mas, responsable intelectual de esa aberración que en términos democráticos supone la idea del carné por puntos para inmigrantes –en la peligrosa vertiente neofascista de la mayoría de los nacionalismos que ya denunció Hobsbawm-, o puede que se repita la experiencia del tripartito al mando de ese señor de Córdoba travestido de nacionalista enragé para ser admitido en la casa del Padre.

Cualquiera de las dos alternativas nos bombardeará a partir de ahora con la idea de que más autogobierno equivale a más progreso y bienestar, cuando a menudo suele significar sólo más corrupción, consecuencia natural y lógica de la existencia de menor grado de libertad para opinar, para pensar, para criticar, para discrepar.

Para ventura de quienes creemos en una sociedad abierta de corte liberal democrático, y para desgracia de la troupe nacionalista, cada vez son más los catalanes que se desenganchan de la ensoñación etnicista, de la historia contada como un cuento surgido de la niebla, sobre el que asentar las bases del poder presente y futuro. Ya fue significativo que el nuevo Estatuto fuera refrendado, en junio de este año, por sólo el 36% del electorado catalán, después de infinitas horas de radio y televisión, infinitos ríos de tinta, e infinita e interminable, atosigante propaganda nacionalista.

Con su habitual descaro, el ‘Movimiento’ nacionalista consideró tan magro resultado como un triunfo del pueblo catalán, haciendo de nuevo buena la identificación de quienes piensan en nacionalista con la totalidad de los catalanes. Porque quien no es nacionalista no cuenta. Ayer apenas votó el 57% del electorado, lo que constituye la participación más baja de todas las elecciones autonómicas. El dato confirma el divorcio existente entre amplias capas de la sociedad catalana y su enloquecida clase política. Razón que explica la irrupción en el mapa político catalán de Ciutadans, todo un acontecimiento a celebrar por quienes aspiran a respirar un poco de aire puro en la rambla barcelonesa.

Porque lo que Cataluña necesita –como España entera, hay que repetirlo hasta la saciedad-, no es más nacionalismo o más autogobierno, sino más democracia, más y mejor ejercicio de las libertades que distinguen a una sociedad moderna y abierta. ¿Ustedes creen que la elite nacionalista extraerá alguna conclusión de lo ocurrido? Imposible. Antes muerta que apeada del burro del 3%.