EL ESPECTADOR

Las elecciones no han resuelto el empate que paraliza la política catalana desde hace unos 8 años. Aunque lo ha corregido: han suspendido al PSC de Montilla, que recibe un notable correctivo. Le deja casi sin margen de maniobra. Maragall estaba atado de pies y manos pero tenía espacio para construir una autoridad moral (y lo desaprovechó). Montilla no sólo está maniatado: no tiene apenas autoridad. Puede, sí, hacerse amar por sus hipotéticos socios. Pero ellos no le temerán jamás. Está muy débil: sus apoyos en Madrid son nulos y su poder interno es de cristal. No hay que descartar su fuerza combativa: la agresividad del gato panza arriba. El PSC se sabe en puertas de la batalla definitiva. Si se somete a la lógica del presidente Zapatero, cierta idea del PSC entra en bancarrota. Saura, por su parte, tiene un juego muy escaso: ¿qué puede hacer al margen del estrechísimo juego que le resta a Montilla? ERC, envalentonada por su formidable resistencia, retiene la doble llave.

En esta llave reposa la esperanza de la izquierda. Pero esta esperanza puede ser un espejismo. No sólo porque ERC, con su militancia, es una caja de sorpresas, sino fundamentalmente por Zapatero, que situará a Montilla entre la espada y la pared. Josep Piqué, mientras tanto, contempla el paisaje después de la batalla con las manos vacías: el esfuerzo inútil produce melancolía. CiU ha vencido, pero no ha convencido con la claridad necesaria. Tiene las mejores cartas y cuenta con aliados objetivos en Madrid. Pero no tiene el juego fácil. Artur Mas y Duran Lleida podrán toda la carne en asador. Pero tienen que pasar sobre el cadáver del PSC, que entraría en fase muy crítica.

No se soluciona el problema de la abstención con una frase compungida de los líderes a modo de confesión pública de impotencia. La mitad de la población no vota: son tan indiferentes como tolerantes. No hacen, pero dejan hacer, mientras que la otra mitad vota con pasión y empuja a sus partidos contra viento y marea. Si Ciutadans saca cabeza es precisamente porque habla de identidad. Su presencia en el Parlament garantiza que en esta nueva legislatura recrudecerá el debate sobre la nación y su derivada lingüística. Los votantes que esperaban un tiempo de sosiego en la vida pública catalana tendrán que pintárselo al óleo.