La noticia de esta temporada política va a ser sin duda la irrupción de Ciudadanos (Ciutadans) de Cataluña en la vida política Española -considerar que su éxito es un fenómeno local sería una estupidez-, con el monumental respaldo que supone la obtención de tres escaños en la tierra en la que va en cabeza la actuación de los consejos audiovisuales inquisitoriales, en donde se han retirado licencias de radios discrepantes, y en donde se vive también conflicitivamente la feroz censura de prensa y la actuación agresiva de los camisas pardas de un nacionalismo especialmente violento e intolerante, que ataca a las personas, reivindicando la tolerancia como pretexto para desarrollar la agresividad fascistoide que forma parte del eterno adolescente, al que algunos poderes utilizan sin recato ni moral, para acogotar al contrincante político, igual que los utilizan los consejos de administración de las sociedades anónimas deportivas del fútbol, como fuerza de choque para sus quiebras y recalificaciones. La entrada en la política activa de una fuerza nueva, con aspecto virginal y aroma cívico a rebelión de personas honradas, aporta consuelo y satisfacción a las grandes masas de ciudadanos que está hartos del olor a podrido convertido en un destino fatal para las urnas.
El Partido Popular es una fuerza política que al igual que el PSOE, está cada vez más desnaturalizada por la erosión del tremendo localismo caciquil de su organización, adaptada de manera conformista a las locas pulsiones del mapa autonómico español. En el origen de la desgracia de los conservadores en Cataluña, está la tremenda pérdida de credibilidad antes sus electores, tras la defenestración de Alejo Vidal-Quadras por José María Aznar -una operación que ya viene de lejos, exigida en su momento por Jordi Pujol-, para situar en su lugar a un desconocido que no logró salir del anonimato, hasta que se envió allí deportado al "moderado" José Piqué. La traición de Aznar a Vidal-Quadras, contribuyó a reforzar la tendencia del PP a la marginalidad en la vida política catalana, y la presencia a la cabeza de sus listas del engominado ex trotsquista, que forjó su temple como político profesional en los negocios de Javier de la Rosa, no aportón nada para la recuperación de su papel, con lo que la pérdida de un escaño y un punto porcentual, en medio de una marejada de abstención del 43%, es un golpe que sólo se ve superado por el del ridículo José Montilla, que perdió cinco escaños y cuatro puntos, sobre el también defenestrado Pasqual Maragall. Jamás olvideramos los patéticos esfuerzos de este personajillo, acomplejado por su origen no catalán, contando tonterías como esa de que fue él, a los quince años, el que convenció a sus padres para emigrar a la tierra prometida, porque desde que cobró uso de razón, cayó en la cuenta de que lo suyo era hablar en la lengua de Ausiàs March.
Y es que revisando la prensa de hoy, sus artículos y editoriales, nos encontramos con la tremenda resistencia a reconocer la verdad, la derrota de las opciones de españolismo descafeinado que juegan en Cataluña el PP y el PSOE, un extraño papel, encabezado especialmente por un PSOE que no es el PSOE, sino el PSC. La historia de la formación del PSC supone un error histórico mayor aún si cabe que el jugado por el PP, pues detrás de sus aparentes éxitos hay un engaño total, dado que el PSOE, que siempre presumió de vertebrar la estructura política española en Cataluña, se quedó fuera de aquella comunidad, tras la fusión en 1978 del Partit dels Socialistes de Catalunya-Congrés, el Partit del Socialistes de Catalunya-Reagrupament y el propio PSOE, que hasta entonces operaba como tal con su Federación Catalana. De aquella operación, liderada por Joan Raventós, lider del PSC-C, salió la fusión entre el grupo de dirigentes, con Raventós a la cabeza que encabezaron la creación del catalanismo político, como son el ex presidente Raimón Obiols, el ex ministro de Felipe González, Narcís Serra o el ex presidente de la Generalidad catalana Pasqual Maragall.
Aquella fusión inicial de los socialistas catalanes, en tiempos de la Transición, fue un extraño fenómeno político, pues los "cerebros" del PSC-C aportaban al PSOE lo que se suponía que era la materia gris de lo que iba a ser su fuerza intelectual en la naciente sociedad democrática, mientras que el PSOE aportaba su mano de obra, su influencia contrastada en la base electoral inmigrante o de tradición no catalana, los célebres contingentes de andaluces, extremeños y murcianos que garantizaban el predominio socialista en las áreas metropolitanas en las que una masa de trabajadores organizados por la UGT darían al PSC-PSOE la capacidad de hegemonizar una política de izquierdas con base obrera y discurso catalanista. El pequeño problema era que el PSC nunca fue el PSOE, sino otra cosa diferente, a pesar de los esfuerzos de los dirigentes de ambos partidos por conseguir que en el resto de España nos creyésemos otra cosa diferente, un mito, una superchería: que el PSOE, que en Cataluña se llama PSC, tiene una gran presencia. Falsedad de falsedades, el PSC no es el PSOE, pero su doble juego está terminando también con su credibilidad dentro de la propia Cataluña.
Con el paso del tiempo, los grandes triunfadores de esa extraña politica de travestismo territorial han sido los movimientos realmente nacionalistas, y no los engendros mixturados, y si hay un dato realmente significativo en estas elecciones, que conviene tener en cuenta, como verdadera novedad, aparte del triunfo que supone la entrada en el parlamente catalán del grupo liderado por Albert Rivera, es la derrota del PSC en el área metropolitana de Barcelona y Barcelona provincia, en donde los nacionalistas de diverso pelaje que están detrás de la triunfadora Convergencia i Unió, la folklórica ERC y la emergente IC-EV -ya nadie se acuerda ahí de Izquierda Unida y mucho menos el PCE-PSUC- se adueñan irremisiblemente del escenario, dejando para el partido de Rivera, la emergencia de una nueva alternativa ciudadana que nos aporta la esperanza en el nacimiento de un movimiento político que podría mantenerse fuera de este esquema diabólico, que entre el españolismo travestido de unos, y el nacionalismo rampante de otros, llegó al terrible momento político en el que entró en escena el singular, el único, el inimitable José Luis Rodríguez Zapatero.
El gran derrotado de las elecciones catalanas no es Montilla, sino Zapatero. Conviene recordar que Zapatero llegó a la Moncloa, tras el traumático episodio del 11-M, con unas extrañas hipotecas de gobierno, condicionadas por las promesas de quien no aspiraba realmente a gobernar y se encontró pillado por compromisos de dudosa solvencia intelectual y de absoluta irresponsabilidad política, como el que el PSOE tenía con el PSC de Maragall y el propio Montilla -no podemos olvidar su papel como secretario general de los socialistas catalanes- de reabrir el proceso autonómico español, con la reforma del Estatuto de Autonomía catalán, que no sólo envenenó la legislatura de Zapatero, sino que envenenó también, hasta límites insufribles, la convivencia entre españoles, con episodios tan desagradables y groseros como el del boicot al cava o las agresiones de todo tipo, como las que tuvieron que soportar personajes como Albert Boadella o Arcadi Espada, a manos de unas bandas juveniles enardecidas por sus patronos políticos.
Ahora, los catalanes, cada vez más hartos de la incompetencia política española, se han abstenido en una importante proporción, y los que no, han votado nacionalista sin paliativos, dándole una impresionante patada en el culo a Zapatero, cuya apuesta por acorralar al PP con el Tripartito como gran invento, ha deteriorado la vida política catalana y española hasta límites inimaginables, que sin duda superan a todo lo conocido hasta ahora. Esperemos que de este desastroso corolario, salga un dato positivo, como es la consolidación de una fuerza ciudadana, con ese aroma virginal del que hablábamos al principio, que destila hoy por hoy Ciudadanos (Ciutadans) de Cataluña.

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